Lo que yo le pido al nuevo Gobierno que salga de las elecciones del 28-A

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.
Ahora más que nunca es fundamental tiene que haber un entorno "amigable" para despejar la incertidumbre que sobrevuela sobre la industria del automóvil. Es mucho lo que nos jugamos como país
Uno de los grandes aciertos de los departamentos de marketing de las empresas es la creación del concepto de fidelización. A saber: para toda empresa que se precie lo importante es captar nuevos clientes y, a poder ser, incrementarlos año a año. Ahora bien, esto no es más que una cara de la moneda; la otra cara es que a los clientes que ya has ganado hay que retenerlos, mimarlos, premiarles por su fidelidad, precisamente porque estos son los buenos consumidores, los que si están satisfechos van a repetir y gastarse más dinero. En suma, si los buenos clientes, los que nos dan de comer, y muy bien, en los últimos tiempos, requieren atención, apoyo, mimo y, sobre todo, hay que ponerle las cosas fáciles para que siga confiando en nuestra empresa.
Parece un pensamiento de cajón, de sentido común, pero ya se sabe que el sentido común es el menos común de los sentidos. Y, lamentablemente, en España hace tiempo que el sentido, lo común y el sentido común en su conjunto parecen haberse difuminado como conceptos.
No me duelen prendas en reconocer que en lo que se refiere al sector del automóvil no puedo ser imparcial. Y no lo soy precisamente porque como responsable del área de Motor en Axel Springer España y, por encima de todo, amante del automóvil –“la máxima manifestación de libertad del ser humano”, como lo solía calificar Enzo Ferrari–, yo también formo parte de esta industria.
Una industria, que como a bien tuvo a recordar recientemente Luca de Meo, presidente de Seat y máximo representante del Grupo Volkswagen en España, "se trata de una industria que da empleo a 2 millones de personas y representa casi un 10% del PIB español". Sí, no es la primera vez que yo personalmente lo comento, y lo haré las veces que haga falta. Máxime en estos tiempos de saturación de mensajes, de infoxicación incesante.

Un tiempo, el actual, de absoluta incertidumbre, sobre todo en lo que se refiere al sector del automóvil, encadenando siete meses de caídas en cuenta a matriculaciones de vehículos nuevos se refiere, y sin perspectivas de que el horizonte de nubarrones que se cierne sobre la industria se despeje, a no ser que algo cambie, de que los políticos –los que se supone que velan por nuestros intereses y los de nuestro país– tomen decisiones con criterio y no al albur de las encuestas, de la supuesta voz de la calle o populismos de todo tipo, esos que parecen estar en posesión de la verdad –su verdad– aportando soluciones sencillas a problemas complejos.
Desde que la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, anunciara la muerte prematura –más bien eutanasia asistida– de los motores diésel, las cosas solo han ido a peor, y por mucho que quisiera enmendar la plana, el daño ya estaba hecho y el mensaje había calado como lo hace una aguja hipodérmica.
Y que quede claro que para nada soy escéptico con respecto a la electromovilidad que tanto le gusta al Gobierno español; lo único que no se puede comenzar la casa por el tejado, y para llegar al objetivo –loable y que yo apoyo sin fisuras– de frenar el calentamiento global y las emisiones de CO2 y otros agentes contaminantes, no se puede hacer una revolución, sino una evolución, una transición de la que en España tenemos experiencia –y muy buena– y que condujo entre otras cosas, además de contribuir a la paz social y mirar hacia adelante– a generar un entorno de estabilidad y propicio para atraer inversiones extranjeras y, cómo no, que marcas de automóviles apostaran por montar plantas de producción de coches y vehículos industriales –así como de la industria auxiliar– y que nos ha aupado a ser la octava potencia mundial del automóvil.
Ese entorno amigable para el sector del automóvil está resquebrajándose por mensajes irresponsables y medidas no meditadas ni tampoco consensuadas con los agentes intervinientes. Carlos Tavares, CEO del Grupo PSA, lo dejó meridianamente claro en el Salón de París 2018: "No vamos a estar donde no se quiera al automóvil". Aviso a navegantes.
Luca de Meo, rodeado de toda la plana mayor del Grupo Volkswagen en España –Francisco Pérez Botello, CEO de Volkswagen Group España Distribución; Emilio Sáenz, CEO de Volkswagen Navarra (fábrica de Landaben); Tomás Villén, CEO de Porsche Ibérica; Pedro Catena, CEO de Volkswagen Financial Services; Sebastián Figueroa, CEO de Scania Hispania; Daniel Agullo, CEO de Italdesign Giugiaro Barcelona; Marcus Gossen, CEO de MAN Truck & Bus Iberia; y Francisco Alba, CEO de Audi Tooling Barcelona– puso en valor las cifras del Grupo en España: el liderazgo en el sector de turismos, con 297.278 matriculaciones en 2018 –lo que representa un crecimiento del 11,7% con respecto a 2017– y en vehículos industriales, pues uno de cada cuatro camiones y uno de cada tres autobuses correspondió a las marcas MAN y Scania, ambas pertenecientes al consorcio. Y abundó en otros relevantes datos:
- exportaciones por valor de 11.211 millones de euros, lo que equivale al 3,9% del total de exportaciones de la economía española
- en 2018 destinó 1.300 millones a inversiones y gasto en I+D, lo que convierte al Grupo en el primer inversor industrial en España, con una cuota del 4,7% sobre el total nacional
- da empleo directo a 24.500 personas, y 182.000 empleos (1% del empleo en este país) directos e indirectos dependen del Grupo VW en España.

"Estamos asistiendo a la reinvención del automóvil y nuestros cuarteles generales están tomando las decisiones para la próxima década. Tenemos ante nosotros el reto de continuar con el milagro automovilístico español", insistió De Meo, haciendo hincapié en el "delicado" momento en que se halla el sector del automóvil en nuestro país.
Y a esta petición me sumo yo también. Por tanto, al Gobierno que salga de las elecciones del próximo 28-A le pido cordura, sensatez y un proyecto de país. Nos jugamos mucho. Todos.