El precio de la gasolina este verano hace temblar a muchos. Pero hay un sitio en el mundo donde llenar el depósito puede costar 200 euros: Hong Kong

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A pesar del alza en los precios de las estaciones de servicios de todo el mundo, la ciudad china de Hong Kong supera todos los récords.
El periodo estival suele ser sinónimo de desplazamientos masivos, viajes por carretera y un desembolso considerable en movilidad. Cada año, millones de conductores revisan con inquietud los paneles informativos de las estaciones de servicio, donde las oscilaciones de los mercados energéticos terminan repercutiendo de forma directa en el bolsillo del consumidor. Sin embargo, lo que en muchos países europeos o americanos se percibe como una factura abrumadora adquiere una dimensión totalmente distinta al observar el panorama global.
Mientras en diversas regiones las subidas de céntimos generan intensos debates económicos y sociales, existe una metrópoli donde el acto cotidiano de repostar combustible se ha transformado en un verdadero lujo al alcance de muy pocos: Hong Kong. Según los registros más recientes recopilados por la plataforma especializada GlobalPetrolPrices, la región administrativa especial de Hong Kong ostenta holgadamente el título del lugar con la gasolina más cara del planeta.
En esta densa ciudad asiática, el litro de combustible supera con frecuencia la barrera de los tres euros y medio en valores equivalentes, llegando a situarse por encima de los cuatro dólares estadounidenses por litro. Estas cifras resultan asombrosas cuando se comparan con el promedio mundial o con otros mercados desarrollados. Para ponerlo en perspectiva, llenar por completo el depósito de un vehículo de tamaño medio con capacidad para unos cincuenta o sesenta litros puede representar una factura que ronda o incluso supera holgadamente los doscientos euros.

Esta drástica diferencia tarifaria no es producto del azar ni responde únicamente a las fluctuaciones del precio del barril de petróleo crudo en los mercados internacionales. La explicación detrás de estos costes desorbitados reside en una combinación de factores estructurales, fiscales y geográficos propios de Hong Kong. En primer lugar, la fiscalidad juega un papel determinante.
Las autoridades locales aplican impuestos extraordinariamente elevados a los carburantes derivados del petróleo, una medida diseñada de manera consciente para desincentivar el uso del transporte privado. Al ser uno de los territorios con mayor densidad de población del planeta, el control del tráfico rodado y la reducción de las emisiones contaminantes son prioridades de gestión urbana insustituibles. A la carga impositiva se suma la elevada logística de importación y el coste del suelo. Hong Kong carece de refinerías propias y debe importar la totalidad de los combustibles que consume, lo que añade gastos de transporte y almacenamiento.
Asimismo, el precio de los terrenos en la metrópoli es de los más elevados del mundo, lo que encarece de manera sustancial la construcción, el mantenimiento y la operación de las estaciones de servicio. Las empresas distribuidoras repercuten estos desorbitados costes fijos directamente sobre el precio final al consumidor, reduciendo además la competencia en un mercado concentrado en unos pocos operadores globales.
El contraste resulta desolador al comparar la situación hongkonesa con la de otros países que también ocupan los puestos más altos de la clasificación mundial de precios. Naciones europeas caracterizadas por una fuerte presión fiscal sobre los carburantes, como Países Bajos, Dinamarca, Finlandia o Alemania, registran precios altos que hacen mella en las economías domésticas durante las vacaciones de verano, pero se mantienen muy por debajo de los registros de la región asiática. Incluso en comparación con otros centros financieros de alta capacidad adquisitiva como Singapur o Suiza, Hong Kong mantiene una brecha tarifaria considerable que la sitúa en una liga aparte.
Esta realidad económica ha transformado radicalmente los hábitos de movilidad de sus habitantes. Poseer y mantener un vehículo en este territorio no solo implica afrontar precios de compra e impuestos de matriculación elevados, sino también asimilar un coste por kilómetro recorrido que no tiene parangón en el resto del globo. Como consecuencia lógica, la inmensa mayoría de la población opta por hacer uso de la eficiente y extensísima red de transporte público de la ciudad, compuesta por líneas de metro de vanguardia, tranvías históricos y redes de autobuses de alta frecuencia.
El fenómeno de la gasolina en Hong Kong sirve como un recordatorio contundente de cómo las políticas locales, la geografía y la planificación urbana pueden distanciar drásticamente la realidad económica de una ciudad del resto del mundo. Mientras este verano muchos conductores expresan su preocupación ante el encarecimiento de sus vacaciones por el coste del combustible, la experiencia de Hong Kong demuestra que el límite superior del mercado energético aún se encuentra a una distancia considerable.

