No eres tú, ni las carreteras (más o menos). Los parabrisas se rompen más en verano y el culpable lo puedes imaginar

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Una investigación de Carglass revela las razones por las cuales las lunas delanteras son más propensas a chinazos en los meses de verano.
Durante los meses estivales, miles de conductores observan con sorpresa e impotencia cómo pequeñas marcas o chinazos en la luna delantera de sus automóviles se transforman repentinamente en grietas irreparables que atraviesan de lado a lado el cristal. Aunque a menudo se culpa al mal estado del firme o a la mala suerte tras un trayecto por carretera, la verdadera razón de este drástico incremento en las incidencias estivales se encuentra en el choque térmico provocado por el contraste de temperaturas entre el calor extremo exterior y el uso intensivo del aire acondicionado en el habitáculo del vehículo, según ha revelado un reciente estudio de Carglass.
La causa técnica fundamental detrás de esta fragilidad estival reside en las propiedades físicas de dilatación y contracción que experimentan los cristales del automóvil. Cuando un vehículo permanece estacionado directamente bajo la radiación solar en los días más calurosos del año, la carrocería y los vidrios absorben una ingente cantidad de energía. En estas circunstancias, la luna delantera puede alcanzar con facilidad temperaturas superiores a los 60 grados centígrados.
Este calentamiento extremo somete al parabrisas a una importante dilatación molecular, creando un estado de tensión interna donde el cristal se encuentra vulnerable ante cualquier alteración drástica de su entorno o ante el menor impacto superficial previo. El factor desencadenante de la rotura definitiva se produce casi invariablemente al subir al coche e intentar combatir de forma inmediata el bochorno del interior. En este momento, la mayoría de los automovilistas encienden el sistema de climatización al máximo de su potencia y orientan el flujo de aire helado directamente hacia el parabrisas con el objetivo de enfriar la cabina rápidamente.

La diferencia brusca de temperatura entre el cristal ardiente en su cara exterior y el chorro de aire gélido sobre su cara interna crea un choque térmico de gran magnitud. Las capas de vidrio laminado intentan contraerse bruscamente en la cara interior mientras la exterior permanece dilatada, lo que genera fuerzas contrapuestas que el material no puede amortiguar. Un parabrisas completamente intacto suele tener la elasticidad estructural suficiente para soportar cierto grado de variación térmica sin llegar a fracturarse.
Sin embargo, la inmensa mayoría de los coches en circulación acumulan pequeños chinazos imperceptibles o microrroturas fruto del golpe de gravilla suelta en la carretera. Aunque estas pequeñas muescas pueden pasar desapercibidas durante meses en temperaturas templadas, en verano actúan como el punto débil por el que se libera toda la tensión física acumulada. En el preciso momento en que el aire acondicionado impacta contra la luna sobrecalentada, las microfisuras concentran la presión del choque térmico y provocan una grieta que se propaga de forma instantánea a lo largo del cristal.
A esta situación se le añade la contribución indirecta de las carreteras estivales y los desplazamientos vacacionales. Durante el verano aumentan los desplazamientos por vías secundarias o tramos en obras donde es habitual la presencia de gravilla o asfalto suelto. Aunque el impacto inicial de una piedra a alta velocidad puede no romper el cristal de inmediato, la muesca resultante se convierte en una bomba de relojería en cuanto el vehículo se detiene bajo el sol o cuando la carrocería flexiona al sobrepasar baches o resaltos con el parabrisas debilitado por el calor.
Para evitar quedarse inmovilizado durante las vacaciones por una rotura evitable, los expertos en seguridad vial sugieren adoptar hábitos de climatización más progresivos e inteligentes. En lugar de activar el aire acondicionado a máxima potencia nada más arrancar, la primera acción recomendable consiste en abrir todas las ventanillas o puertas durante unos minutos para permitir que el aire caliente acumulado en el habitáculo escape de forma natural antes de poner en marcha la marcha.
Asimismo, al encender el sistema de refrigeración, se debe evitar seleccionar la temperatura mínima desde el primer instante y es fundamental no dirigir las salidas de aire de forma directa contra el parabrisas delantero. Graduar la temperatura del climatizador de manera paulatina permite que el cristal reduzca su temperatura gradualmente, minimizando el riesgo de un choque térmico fatal.
Por último, resulta imprescindible revisar el cristal antes de emprender un viaje largo y acudir al taller ante la presencia del más mínimo impacto; una reparación a tiempo de un chinazo apenas requiere unos minutos y evita la necesidad de sustituir la luna por completo tras sufrir los estragos del sol estival.

