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La opinión de
Alex Morán

En defensa de los compactos de tres puertas

compactos de tres puertas

No demos la espalda al aspecto emocional.

Quizá tenga cierto apego por las causas perdidas, pero es que pasa el tiempo y cada vez desaparecen más segmentos del mundo del automóvil que tenían un atractivo importante, transformando el sector en algo cada vez más anodino. Los últimos en caer están siendo los compactos de tres puertas, pero desde aquí voy a romper una lanza a su favor.

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Esta desaparición no es una sensación sin fundamento, es un hecho: en los últimos meses hemos asistido a numerosos casos de fabricantes retirando este tipo de carrocería de la gama de sus modelos: Audi dio carpetazo al A3 a finales de 2017, Peugeot acaba de finiquitar el 208 y los actuales Seat León, Seat Ibiza, Volkswagen Polo y Ford Focus (entre otros muchos otros) ni siquiera se ofrecen en dicho formato.

Parece un segmento abocado a la extinción, algo que a los fabricantes les parece bien (menos variantes de carrocería supone ahorrar en costes de desarrollo) y que además está justificado por el propio mercado, que hace tiempo que le dio la espalda, consiguiendo cada vez unas cifras de ventas menores, al punto de que en algunos modelos son (eran) sencillamente testimoniales.

¿Tienen sentido los compactos de tres puertas?

Argumentos en su contra hay muchos: falta de practicidad, plazas posteriores más limitadas, los modelos de cinco puertas con un estilo dinámico tradicionalmente asociado a los de tres… suficientes como para que nuestro compañero Aaron Pérez (y gran parte de la industria) se haya llegado a preguntar si los compactos de tres puertas tienen sentido a día de hoy. Y esa pregunta, al menos la manera en la que se formula, es la clave.

Se busca el sentido, la lógica, la funcionalidad. Aspectos muy importantes a la hora de adquirir un coche pero, ¿no tenéis la sensación de que han dominado tanto el sector del automóvil que se han dejado de lado los aspectos más emocionales del coche? No voy a caer en el tópico de “los coches de hoy parecen lavadoras comparados con los de antes”, pero hay que admitir que, al menos en parte, tiene algo de razón.

Actualmente los principales argumentos de compra de un vehículo son diametralmente opuestos a los de hace una y dos décadas. Cúlpese a la crisis o no, si antiguamente (por mal que suene esto) se apelaba a la sensación de libertad, al caché que daba un vehículo o a lo rápido y potente que era; ahora lo primero que se publicita son las cifras de consumos y emisiones. Se buscan coches baratos, eficientes, que no gasten y sean baratos de mantener; lo que antes era tan habitual como tener dos coches en casa ahora es una utopía para la mayoría de la población, lo que obliga que el que se tenga sea versátil; y todo ello obra en claro detrimento de los compactos de tres puertas.

Defensa a pesar de todo

Y sin embargo, a pesar de ello, yo los defiendo. Soy consciente de sus muchas pegas, pero son el tipo de coche que alguien se compra porque le gusta, porque le atrae, quiere conducirlo y no necesita detenerse a pensar en motivos lógicos para hacerlo. La falta de puertas traseras complica el acceso, pero es que quien compre uno de estos coches lo más normal es que no le vaya a dar más que un uso puntual a la banqueta trasera. Además, aunque es loable como las marcas han sabido imprimir mayor dinamismo a los cinco puertas, las versiones de tres son más bonitas, permiten ofrecer unas proporciones más atléticas y la caída del techo suele rematar una zaga más atractivas.

De hecho, hasta las propias marcas son conscientes de esto último, algo que dejan más que claro e un detalle: ¿acaso creíais que es casualidad que la mayoría de los cinco puertas se esfuercen tanto por ocultar a simple vista las traseras?

Ya nos quitaron los cupés asequibles de finales de los 90, si acaso la única opción para el común de los mortales de ser dueño de un coche deportivo, no podemos permitirnos perder también los compactos de tres puertas.

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