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Práctico

Alcohol y conducción, muy mala combinación

Alcohol y conducción, muy mala combinación

Susana Viñuela

29/12/2011 - 13:39

Siempre nos han avisado de que el alcohol y la conducción no son un buen matrimonio. Algunas veces pensamos que no es para tanto, que con unas cervezas nuestra forma de llevar el coche no varía. Pero esto no es así y AUTOBILD.ES te demuestra con este reportaje lo peligroso que es ponerse al volante bajo efectos etílicos. La apreciación de las distancias, de la velocidad y del riesgo es errónea. Descúbrelo con estos cinco casos que te exponemos.

Lunes, siete de la tarde. Cansada después de toda una tarde en la escuela de conducción del RACC en Moraleja de Enmedio (Madrid), sólo pienso en dejar a Rebeca en su casa, y llegar a mi hogar, dulce hogar. Tomo la rotonda para salir del polígono, pero una luz roja pone freno a mis deseos. Lejos de tratarse de un semáforo, ante mis ojos aparece un guardia civil que me hace señales para que pare.

Por un momento pienso en explicarle al agente de la Benemérita la paradoja en la que me encuentro: que aunque la copiloto muestre claros síntomas de haber ingerido alcohol, yo no he bebido ni una gota; que el motivo de su embriaguez es un reportaje práctico; que este particular trabajo intenta demostrar las consecuencias que tiene la suma de alcohol y conducción; que para ello, hemos puesto a cuatro personas al volante tras la ingesta de bebidas etílicas –en un circuito cerrado y con todas las precauciones pertinentes-; que la misma Guardia Civil me ha prestado los etilómetros que llevo en el maletero, idénticos al que ahora él me planta frente a la cara, y que me han servido para certificar el grado de alcoholemia de estos 'conejillos de indias'; que una UVI móvil del Summa 112 ha estado en todo momento verificando el estado físico de los conductores; que yo, como redactora y organizadora, no he bebido ni una gota, y por eso voy al volante en carretera abierta, y que lo único que quiero ahora es dejar a Rebeca, una de las participantes, e irme a descansar a casa. Pero quiero terminar pronto. Así que soplo y consigo que el etilómetro (0,0 mg/l) me deje continuar a casa.

Segundas partes (a veces) sí son buenas

Mientras piso el acelerador, pienso en las horrendas consecuencias que habría tenido un resultado distinto. Lo menos grave hubiese sido una multa administrativa; pero, teniendo en cuenta la última reforma del Código Penal, un índice de alcoholemia superior a 1,2 mg/l de aire espirado podría haberme costado una pena de cárcel. Y esto no es lo peor. Porque como ya comprobó AUTOBILD.ES el año pasado, alcohol y conducción son un combinado más que peligroso. En aquella ocasión, cuatro redactores –entre ellos, una servidora- se prestaron a beber para después realizar una serie de pruebas en un circuito, para poder así conocer los efectos reales de la unión entre alcohol y carretera. Los resultados hablaron por sí solos, pero había un factor que se escapaba: los embriagados, en aquella ocasión, eran expertos conductores.

Así que AUTOBILD.ES ha querido ir un poco más allá y ver qué pasa si al volante se encuentra una persona que no se gana la vida trabajando con coches. La idea es simular una celebración navideña, en la que la alegría hace que el alcohol llene en más ocasiones de las debidas las copas. Y después, ver las consecuencias de ponerse al volante. Por la mañana, y sobrios, realizarán dos pruebas: aparcamiento y frenada de precisión. Tras la comida, una tercera prueba sorpresa los esperará. El alcohol produce euforia y locuacidad, pero también falta de coordinación, disminución del campo visual, pérdida de reflejos... Para comprobar esto último, estaba la prueba del factor sorpresa. ¿Qué pasaría?

Las pruebas

No hay una buena comilona que no comience por embutidos ibéricos y marisco, siga con buenas carnes y termine con dulces. Y nada mejor para regar estos manjares que unas cervezas, vino, algún chupito y copa para rematar la jugada. Con estos prolegómenos llegaron Carlos, Óscar, Rebeca y Susana a la escuela del RACC.

Cualquiera en su sano juicio podría ver que los cuatro están más contentos de lo normal. Cuando los miro, totalmente ajena a su mundo alegre y de color de rosa, no puedo evitar acordarme de lo vivido hace un año. Entonces era yo quien reía sin parar junto a mis tres compañeros de experimento, mientras Gabriel Jiménez organizaba a los allí presentes. Hoy soy yo quien se pone en la piel de Gabriel –quien hoy también me acompaña-. Como diría el filósofo, cómo cambia las cosas el color del cristal...

La primera prueba es la frenada de precisión. Tras la comilona, todos menos Carlos dan positivo. La palma se la lleva Rebeca: 0,61 mg/l. Tras unas cuantas risas, se sube al coche, y no defrauda: derriba el bloque de espumas amarillas y sobrepasa el punto de frenada 1,50 m. Sus compañeros de aventura ríen, aplauden y gritan: ha sido la primera en caer. Pero no la única. Uno a uno van subiendo al coche, y repitiendo la misma operación. El muro amarillo se ve destruido hasta en tres ocasiones. Sólo Carlos es capaz de frenar a tiempo. Eso sí, empeora su marca matinal en 10 centímetros. La incidencia del alcohol en la conducción de cada uno de ellos es clara...

El aparcamiento no se les da mucho mejor. Los resultados son asombrosos por malos: todos –a excepción de Carlos- tiran uno o varios conos, alguno se sube a la acera, otros se quedan a 1,5 m de la acera...

Pero lo peor está por llegar. La prueba del factor sorpresa no deja títere con cabeza, y todos –y aquí ni Carlos se salva- se llevan por delante el cono o un bloque de espuma que bien yo, bien Javier, el monitor del RACC, lanzamos frente al coche. ¿Y si hubiese sido un niño?

Entre risas y tambaleos, tres de los cuatro voluntarios proceden a prepararse una copa nada más terminar la tercera prueba. La única que se abstiene es Rebeca, quien ya había dado un grado de alcoholemia bastante alto a la vuelta de la comida. Mientras sus compañeros esperan los 45 minutos necesarios para que el alcohol haya incrementado su tasa de alcohol en sangre, Rebeca se pone de nuevo al volante.

Antes de subirse al coche, vuelve a soplar. Aunque no ha bebido nada desde la comida, su tasa de alcoholemia ha alcanzado su punto máximo: 0,72 mg/l. El personal del Summa 112 le realiza las pruebas de Romberg, que miden el equilibrio y la estabilidad. La joven conductora parece una muñequita de trapo que tropieza con cables invisibles. Aun así, se sube al vehículo y realiza las pruebas, con los resultados que cabía esperar: tira el bloque de espuma amarillo (frenada de precisión), no deja un cono vivo al aparcar y, por equivocación, pisa el acelerador en lugar del freno en la prueba del factor sorpresa.

En este tiempo, sus compañeros de aventura se han ido animando un poco más -si cabe-. Pasados los 45 minutos, uno a uno empiezan a soplar el etilómero, y a desfilar por la UVI móvil para que su personal certifique lo que es más que evidente: que están borrachetes. El etilómetro arroja unos datos: Carlos, 0,27 mg/l; Óscar, 0,54 mg/l; y Susana, 0,62 mg/l. La escena que vivimos confirma esta información. Mientras uno de ellos se ha hecho con la cinta métrica que se utiliza en la frenada de precisión y se está dedicando a medir las cabezas de los allí presentes, otro tiene auténticas dificultades para seguir una línea que, te lo aseguro, era recta. El tercero en discordia ríe con Rebeca, que ya se ha bajado del coche, y muestra en todo su esplendor algunos efectos del alcohol: falta de equilibrio y de coordinación, alegría, euforia...

Con la ayuda de Gabriel, consigo que se vayan subiendo al coche y pasando por las distintas pruebas. Los resultados asustan a cualquiera. Ninguno es capaz de parar el coche a tiempo en la frenada de precisión y todos derriban los bloques de espuma amarillos. Menos mal que la prueba del aparcamiento la realizamos con conos, porque, de otra manera, el coche tendría que haber ido directamente al taller de chapa y pintura.

Y la prueba del factor sorpresa, que ya fue desastrosa tras la comida, no mejoró nada en esta ocasión. Al menos, una cosa me tranquiliza: afirman ponerse al volante porque están en un circuito cerrado, donde el riesgo es casi nulo. En ningún caso hubieran conducido en carretera abierta. Ojalá todos pensaran igual...

 

Las pruebas realizadas

PRUEBA 1. FRENADA DE PRECISIÓN: Hay que pasar a 60 km/h por un punto y frenar lo más cerca posible del obstáculo, pero sin derribarlo. Esto equivaldría a una situación en la que has de pisar el freno a fondo para evitar atropellar a alguien, chocar contra algo...

PRUEBA 2. APARCAMIENTO: Si bien es cierto que no es una maniobra que ponga en peligro la vida de nadie, también lo es que, con las capacidades disminuidas por el alcohol, resulta más que difícil aparcar bien y sin hacerle ningún roce a la chapa

PRUEBA 3. EL FACTOR SORPRESA: Tienen que pasar a 60 km/h por un punto, a partir del cual, Javier, monitor del RACC, o yo podríamos empujar un cono –o un bloque de espuma- frente al coche, y el conductor tendría que frenar sin atropellarlo

Lo que dice la ley 

Conducir bajo los efectos del alcohol se considera una infracción muy grave, y se pena con una multa de entre 300 y 600 euros y suspensión del permiso de hasta tres meses, además de la consecuente pérdida de puntos (hasta seis). Puedes acabar en la cárcel si te niegas a someterte a las pruebas (de seis meses a un año) o si superas una tasa de 0,6 mg/l en aire espirado (1,2 g/l en sangre) (pena de 3 a 6 meses).

Aparcar: más difícil que en la autoescuela

La prueba del aparcamiento fue casi imposible para todos. En este paso a paso, puedes ver cómo Susana, que en el test de alcoholemia había dado 0,38 g/l, tira un cono y deja el coche a 1,5 metros de la acera

Frenada de precisión: de todo, menos precisa

Con las tasas de alcoholemia por las nubes, la frenada de precisión fue el primer verdugo de los cuatro participantes tras la ingesta de otra copa. Rebeca, que fue la única que no bebió más, se llevó por delante el bloque de espuma, y al parar el coche, suspiró: “Menos mal que estoy en un circuito cerrado”

Factor sorpresa: en carretera, puede pasar cualquier cosa

En  la prueba del factor sorpresa, ninguno se salvó. Hasta Carlos, que había dado 0,21 mg/l en aire espirado, falló. Él esperaba que se le apareciera un cono, pero lo que le lancé fue uno de los bloques de espuma amarillos. El cambio le pilló por sorpresa y su capacidad de reacción, disminuida por el alcohol, no fue suficiente.

Así fue la comida

La ingesta de alimentos calóricos fue grande, ya que la idea era simular una celebración navideña. Y para beber, de todo: empezaron con unas cañas, siguieron con unas botellas de Rioja durante la comida, y los licores se encargaron de regar los postres. Después del café, una copa de ron. Los únicos que no bebimos alcohol fuimos Gabriel, Mikel  -el fotógrafo- y yo, que nos encargábamos de conducir en carretera abierta.

 

Fotos: Mikel Prieto

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Susana Viñuela

Redactora

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