Cuadruplica la tasa del alcohol en un control de alcoholemia de la Policía y le echa la culpa al gazpacho que se había tomado

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El suceso ocurrido en Sevilla pone de relieve la problemática de la conducción bajo el consumo de sustancias alcohólicas.

Un control rutinario de alcoholemia finalizó con una intervención policial tan insólita como inverosímil en las carreteras andaluzas. Los agentes de la Policía interceptaron a un conductor que circulaba realizando maniobras anómalas y que, tras ser sometido al etilómetro, arrojó un resultado extraordinariamente elevado, pues cuadruplicaba la tasa máxima de alcohol permitida por la ley para ponerse al volante. 

Sin embargo, lejos de reconocer el consumo de bebidas alcohólicas durante las horas previas, el implicado sorprendió a las autoridades al justificar el desorbitado positivo achacándolo íntegramente a la ingesta abundante de gazpacho tradicional que afirmaba haber tomado poco antes de arrancar el vehículo.

El suceso se desencadenó durante un operativo de verificación y seguridad vial desplegado por las fuerzas de seguridad en la red viaria donde la patrulla detectó la presencia de un vehículo cuyo manejo delataba una evidente falta de precisión y reflejos, lo que motivó su inmediata inmovilización en el arcén. Al aproximarse al habitáculo para requerir la documentación correspondiente, los agentes percibieron los síntomas corporales y sensoriales inequívocos de un estado de embriaguez profunda. 

Un agente realizando un control de alcoholemia a una conductora
Un agente realizando un control de alcoholemia a una conductoraEuropa Press

El procedimiento reglamentario no se hizo esperar y los policías instaron al individuo a realizar la prueba analítica mediante el etilómetro de precisión. No obstante, la sorpresa de los agentes no provino únicamente del indicador digital de la máquina, que marcaba una cifra cuatro veces superior al límite normativo general fijado en 0,25 miligramos por litro de aire espirado, sino de la inquebrantable explicación del infractor. 

Con total seriedad frente a los policías, el hombre sostuvo firmemente que no había probado ni una sola gota de cerveza, vino o licores de alta graduación. Según su testimonio particular, el elevado índice de alcohol en su organismo respondía en exclusiva a varias raciones de gazpacho frío elaboradas a base de tomate, pimiento, pepino, aceite de oliva. Junto a ello, el conductor justificó la reacción química por el toque de vinagre de Jerez que debía de haber fermentado de forma inusual en su estómago.

Como era de esperar, la excusa no convenció en absoluto a la dotación policial, que procedió a aplicar de inmediato el protocolo legal estipulado para estos casos severos de imprudencia al volante. De hecho, superar ampliamente el umbral de los 0,60 miligramos en aire espirado traslada la infracción del ámbito meramente administrativo al terreno del Código Penal. 

Por este motivo, los agentes instruyeron las correspondientes diligencias judiciales contra el conductor por la presunta comisión de un delito contra la seguridad vial, una tipificación penal que conlleva penas de prisión, multas económicas de cuantía relevante, trabajos en beneficio de la comunidad y la privación del derecho a conducir vehículos de motor durante un periodo prolongado.

El intento de responsabilizar a la gastronomía tradicional andaluza carece de cualquier fundamento científico o médico, según ratifican los expertos en toxicología. Aunque el vinagre empleado como aderezo alimentario contiene restos testimoniales de acidez acética procedentes de la fermentación del vino, las cantidades utilizadas en una receta de gazpacho estándar son absolutamente incapaces de alterar el resultado de un etilómetro oficial hasta niveles de intoxicación etílica. 

Es más, para alcanzar una tasa que cuadruplique el límite legal, el metabolismo humano requiere la absorción directa en sangre de volúmenes considerables de etanol concentrado, algo que solo se consigue mediante la ingesta continuada de bebidas alcohólicas.

Historias de excusas rocambolescas en los controles nocturnos forman parte del historial habitual de las fuerzas de seguridad, pero atribuir un positivo penal a una sopa fría representa un hito dentro del anecdotario policial. Finalmente, el vehículo fue inmovilizado y trasladado por el servicio de grúa al depósito municipal al no existir ningún acompañante en condiciones reglamentarias para hacerse cargo de la conducción.

Ahora, el implicado deberá comparecer ante la autoridad judicial en un juicio rápido donde la prueba pericial del etilómetro pesará sensiblemente más que su particular teoría gastronómica sobre la fermentación del gazpacho. Sin embargo, este incidente vuelve a poner de relieve los riesgos extremos derivados de ponerse al mando de un vehículo bajo los efectos del alcohol, una de las principales causas de siniestralidad en las carreteras.

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Alicia Pérez

Colaboradora

Colaboradora redacción motor Auto Bild España