Celebramos el 25 aniversario del Lamborghini Murciélago conduciéndolo, y solo podemos decir una cosa: ojalá los superdeportivos de hoy en día fueran como los de antes

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Con motivo del 25.º aniversario del Lamborghini Murciélago, nos ponemos al volante del coche de nuestros sueños de juventud. Esta prueba es una declaración de amor muy personal
El niño rubio pega la nariz a la ventanilla lateral del Renault Laguna familiar e intenta explicarle a su padre, gesticulando como un loco, qué clase de ovni tienen al lado, parado en el semáforo. ¡Ese ovni de cuatro ruedas es un Lamborghini Murciélago amarillo! El niño rubio era yo. Y creo que no me equivoco demasiado si afirmo que ninguna otra marca de automóviles ha creado tantos coches de póster como Lamborghini. Para unos es el Miura; para otros, el Countach. Para mí, el Murciélago. El sucesor del Diablo se presentó en septiembre de 2001 en el Salón del Automóvil de Fráncfort y fue el primer modelo desarrollado bajo la dirección de Audi. Veinticinco años después de su debut, el Murciélago diseñado por Luc Donckerwolke no ha perdido ni un ápice de su fascinación. Todo lo contrario.
Con este coche de ensueño, dejo de lado cualquier atisbo de objetividad. Donckerwolke, actualmente responsable del diseño de Genesis, creó con el Murciélago una obra maestra y, a mi juicio, se erigió un monumento a sí mismo. Para mí, el Murciélago es uno de los coches más bonitos de todos los tiempos, si no el más bonito.
El Murciélago es atemporal
Nos encontramos en Sant'Agata Bolognese, donde Lamborghini ha puesto a nuestra disposición tres Murciélago. Recorro los coches con reverencia, admiro sus líneas depuradas y estudio las diferencias entre los distintos años de fabricación. Me cuesta asimilar que las primeras unidades tengan ya 25 años. El Murciélago, con sus 2,06 metros de anchura y apenas 1,14 metros de altura, parece haber llegado al mercado hace cinco años como mucho.
Su diseño es típicamente Lamborghini, pero posee una personalidad propia que lo hace atemporal. En comparación con sus sucesores, el Murciélago prescinde de aristas, nervaduras y alerones innecesarios, lo que le confiere incluso cierto aire de discreción. De acuerdo, hablar de discreción ante un Lamborghini pintado en un naranja chillón puede resultar desconcertante, pero basta con echar un vistazo al Revuelto o a ediciones especiales como el Fenomeno, cuyas formas son mucho más exageradas.
El LP650-4 Roadster, una auténtica rareza
Mientras sigo admirando sus innumerables detalles, aparece Enrico y me pone una llave en la mano. Es una llave de Audi ligeramente modificada y pertenece a uno de los apenas 50 Lamborghini Murciélago LP650-4 Roadster fabricados, una de las últimas unidades que salieron de la planta de Sant'Agata. Al parecer, de los 50 ejemplares previstos solo llegaron a fabricarse 31.
A lo largo de mis muchos años como aficionado a localizar y fotografiar coches por la calle, he visto y, sobre todo, oído numerosos Murciélago. Sin embargo, mi único contacto directo con uno de ellos se limitaba a un breve paseo de tres minutos como pasajero en un LP640 Roadster. Hoy, por fin, ha llegado el momento: voy a conducir otro de los coches con los que soñaba de joven.
Abro la puerta de tijera, todo un espectáculo por sí mismo. Por suerte, la capota de lona ya está desmontada, así que entrar en el coche no supone ningún problema. Conviene recordar que el Murciélago Roadster, comercializado a partir de 2005, es EL coche para disfrutar del buen tiempo. La capota de lona no solo arruina la línea de la carrocería, sino que también resulta extremadamente engorrosa de montar y limita la velocidad máxima a 160 km/h. Menos mal que el tiempo en Italia suele ser fiable.
Busco el cinturón de seguridad, pero mi mano no encuentra nada. Claro, los cinturones del Murciélago están instalados en el centro, entre los dos asientos. Un error de principiante. Introduzco la llave en el contacto y giro hasta la posición de encendido. En el cuadro de instrumentos analógico se iluminan todos los testigos. Unos segundos después se apagan y arranco el V12 de 6,5 litros que llevo a la espalda. Se me pone la piel de gallina.
Un V12 atmosférico: como debe ser
Las primeras versiones del Murciélago, conocidas internamente como LP580, montaban un V12 atmosférico de 6,2 litros que enviaba 580 CV y 650 Nm a las cuatro ruedas. Con la actualización LP640, presentada en 2006, la última evolución del legendario V12 diseñado por Bizzarrini aumentó su cilindrada hasta los 6,5 litros. El resultado: nada menos que 640 CV y 660 Nm. Los clientes podían elegir entre un cambio manual de seis velocidades con la característica rejilla abierta de la palanca o una caja de cambios manual automatizada denominada E-Gear.
Como ya he mencionado, estoy al volante de un Murciélago LP650-4 Roadster, disponible exclusivamente con el cambio E-Gear. Sin embargo, a diferencia del Gallardo presentado en 2003, su hermano mayor no dispone de modo automático. Eso significa que tengo que tirar de la leva derecha, de un llamativo color naranja en esta edición especial, para engranar la primera marcha. Después, hace falta un buen pisotón al acelerador para poner en movimiento los aproximadamente 1.700 kilos del Lamborghini. Por cierto, el embrague no lleva nada bien las maniobras a baja velocidad.
Miro a la derecha y veo reflejado el Murciélago, bautizado tradicionalmente con el nombre de un toro de lidia, en los cristales del Museo Lamborghini. Es justo en ese instante cuando tomo conciencia de lo que está pasando.
Pero la escena todavía se vuelve más irreal: circulo en caravana junto a otros dos Murciélago. Los dos LP580 pertenecen a Emilio, que se define a sí mismo como un auténtico fanático de Lamborghini. Además de varios Murciélago, posee unos cuantos Diablo, un Countach e incluso un Gallardo de competición GT3. Cuando se enteró de que estaba preparando un reportaje con motivo del aniversario, se ofreció inmediatamente a poner dos de sus coches a nuestra disposición.
Una posición de conducción peculiar
Encabezados por un Urus, los tres Murciélago recorremos los alrededores de Sant'Agata Bolognese. Apenas hemos avanzado unos metros cuando me llama la atención la peculiar posición de conducción. Tanto el volante como los pedales están ligeramente desplazados hacia la derecha, de modo que no me siento exactamente centrado al volante. Además, con mis 1,83 metros de estatura, llevo ya la cabeza completamente expuesta al viento.
Los mandos requieren más fuerza de la esperada. Algo de lo que probablemente se reirían los conductores de un Countach o un Diablo, pero, en comparación con un Aventador, el Murciélago resulta mucho más tosco y rudimentario. Exactamente la experiencia de conducción que espero de un Lamborghini insignia.
A esto se suma una estética inconfundible. En el retrovisor interior veo la cubierta acristalada del motor, mientras que en el exterior puedo observar cómo las tomas de aire laterales se despliegan automáticamente para suministrar aire fresco adicional al V12. La visibilidad, en cambio, deja bastante que desear: salvo hacia delante, la visión está muy limitada en todas las direcciones. Pero, sinceramente, en este momento me da exactamente igual.
Hora de activar el modo Corsa
Nuestra caravana ha llegado a las carreteras de montaña. Es el momento de seleccionar el modo Corsa, que activo en la consola central, también pintada de naranja. Reduzco dos marchas y piso el acelerador a fondo por primera vez. El empuje del V12 que llevo a la espalda es brutal, siempre que se mantenga el motor a un régimen elevado. El doce cilindros desarrolla su par máximo a partir de las 6.000 rpm y, cuando supera las 7.000 vueltas, empieza la verdadera fiesta. Y lo digo literalmente: lo que sale del escape trapezoidal es sencillamente para ponerse de rodillas.
Las reducciones de marcha suenan especialmente brutales. Hablando del cambio, mientras que el E-Gear no brilla precisamente en ciudad, sobre todo durante las maniobras, esta caja manual automatizada funciona sorprendentemente bien cuando se exige al motor. Basta con levantar ligeramente el pie del acelerador para que los cambios de marcha sean mucho más suaves. Aun así, yo elegiría la caja manual con su característica rejilla abierta antes que el E-Gear.
Los manuales son más cotizados y caros
Más tarde, durante el almuerzo, Emilio me cuenta que su Murciélago negro con cambio manual se conduce mucho mejor y transmite una experiencia más intensa que su ejemplar naranja. La lástima es que las versiones manuales, especialmente las del LP640 —se calcula que solo se fabricaron 88 coupés y apenas 16 roadster—, son extremadamente raras y cotizadas. Como consecuencia, en Estados Unidos se piden precios de siete cifras, claramente superiores al millón de dólares, por los Murciélago manuales de fábrica. No obstante, ya hay varios preparadores que ofrecen conversiones posteriores del cambio E-Gear a una caja manual.
Ya que hablamos de precios, el Murciélago también gana popularidad en Europa. Por menos de 250.000 euros ya no se encuentra ninguno. Los LP640 parten de unos 300.000 euros, mientras que uno de los escasos LP650 Roadster se anuncia actualmente por 650.000 euros. Por eso, el valor de 300.000 euros que figura en el contrato de préstamo que he firmado para un ejemplar prácticamente nuevo, con apenas 3.500 kilómetros en el cuentakilómetros, me parece bastante bajo.
Sorprendentemente ágil
Basta de cifras: ahora lo que importa es la experiencia al volante. La mayor sorpresa para mí es lo fácil que resulta conducir el Murciélago. Sinceramente, no esperaba que este Lamborghini de 4,61 metros de longitud se sintiera tan a gusto en las sinuosas carreteras de montaña. El Murciélago, con sus casi 1,7 toneladas de peso, es más ágil de lo que imaginaba. Contra todo pronóstico, se deja colocar con precisión en las curvas, dispone en todo momento de suficiente tracción gracias a la tracción total de serie y, pese a ello, permite pequeños derrapajes de potencia gracias a su reparto de par, claramente orientado al eje trasero (30/70).
Y luego está el aura del Murciélago. Seguramente no soy imparcial, pero, cuando regreso atravesando un pueblo italiano y un niño pequeño sale entusiasmado de una tienda, saludando y agitando los brazos, me acuerdo de aquel niño rubio del Renault Laguna. Aquel niño era yo, en 2004, durante unas vacaciones en Italia con mi padre.
Conclusión
Nunca olvidaré esta experiencia al volante del coche de póster de mi juventud. El Lamborghini Murciélago ha superado mis expectativas en todos los sentidos. Sí, desde un punto de vista objetivo, se conduce peor que muchos superdeportivos modernos, pero esa no es la cuestión. Porque, en materia de emociones, hay muy pocos coches hoy capaces de hacerle sombra.


