Estas cámaras de tráfico que identifican matrículas también pueden rastrear dispositivos Bluetooth: ¿peligra nuestra privacidad?

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Una nueva propuesta vial de radares hace saltar las alarmas tras la posibilidad de captar datos personales o conexiones wifi.

Las cámaras de tráfico que hoy sirven para leer matrículas podrían estar dando un salto mucho más inquietante: además de registrar el vehículo, también serían capaces de detectar dispositivos Bluetooth, Wi‑Fi y RFID que viajan en su interior. La noticia abre un debate urgente sobre privacidad, porque esta combinación de datos permite asociar un coche con teléfonos, relojes inteligentes, auriculares inalámbricos o incluso chips de mascotas, creando un perfil mucho más preciso de sus ocupantes.

La tecnología se presenta como una evolución de los sistemas ALPR, es decir, de lectura automática de matrículas. En lugar de limitarse a identificar una placa, el sistema añadiría sensores capaces de escanear pasivamente el espectro inalámbrico para capturar identificadores únicos de los dispositivos cercanos. 

Esa información, cruzada con la matrícula del vehículo en el mismo instante, permitiría construir una huella digital de desplazamiento mucho más detallada que la que ofrecen las cámaras convencionales.

El funcionamiento sería sencillo en apariencia, pero profundo en sus implicaciones. Cuando un vehículo pasa junto a estas cámaras, el sistema no solo registra la matrícula, sino también las señales emitidas por dispositivos activos en el entorno inmediato, como móviles, smartwatches, auriculares o sistemas conectados del automóvil. Cada uno de esos aparatos emite identificadores que, combinados entre sí, pueden resultar casi únicos y persistentes en el tiempo.

El problema es que, una vez asociados a una matrícula, esos identificadores dejan de ser simples datos técnicos y pasan a formar parte de un patrón de movilidad personal. En la práctica, esto permitiría saber qué dispositivos viajan con qué vehículo, con qué frecuencia aparecen juntos y en qué lugares se repite esa coincidencia. Para expertos en privacidad, ese cruce de información convierte una herramienta de tráfico en una infraestructura potencial de seguimiento masivo.

La capacidad de rastreo no se limitaría a los teléfonos móviles. Los sistemas descritos por estas publicaciones podrían detectar auriculares Bluetooth, relojes inteligentes, pulseras de actividad, sensores de presión de neumáticos, tarjetas de acceso RFID, localizadores y hasta chips de identificación de mascotas.

Radar de tráfico IA
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Eso significa que la tecnología no solo identifica un vehículo, sino que puede acercarse a la identificación indirecta de la persona que lo utiliza. Y ahí aparece la principal preocupación legal: aunque la matrícula por sí sola ha generado debate sobre su consideración como dato personal, la combinación con identificadores electrónicos multiplica claramente el riesgo para la intimidad. El resultado es una trazabilidad mucho más fina y, para muchos observadores, difícil de justificar sin una base jurídica muy sólida.

En la Unión Europea, el marco de protección de datos plantea serias dudas sobre una implantación de este tipo sin consentimiento expreso o sin una habilitación legal clara. El RGPD considera que los identificadores de dispositivos pueden ser datos personales cuando permiten distinguir o seguir a una persona, de modo que su captura masiva no puede tratarse como una simple medición técnica del tráfico. 

Algunos expertos ya han advertido de que las cámaras de lectura de matrículas almacenan grandes volúmenes de información sensible y que, si no se protegen adecuadamente, pueden ser utilizadas para rastrear movimientos de conductores sin su conocimiento. A ello se suma el riesgo de ciberataques, porque estos sistemas también pueden convertirse en objetivos atractivos para atacantes que busquen acceder a datos de localización o hábitos de desplazamiento.

La gran pregunta es si esta clase de herramientas mejora realmente la seguridad y la gestión del tráfico o si abre una puerta desproporcionada a la vigilancia. Sus defensores pueden argumentar que ayudan a estudiar flujos de movilidad, detectar patrones de tránsito y optimizar infraestructuras. Pero sus detractores alertan de que el coste en privacidad es demasiado alto si los ciudadanos no saben que sus dispositivos están siendo rastreados junto con su matrícula.

La preocupación se intensifica porque el seguimiento no depende de acciones voluntarias del usuario. Basta con llevar activado el Bluetooth o tener un dispositivo conectado en el coche para que pueda ser captado por este tipo de sistemas. Eso convierte a cada trayecto cotidiano en una posible fuente de datos explotables, algo que amplía de forma notable el alcance de la vigilancia vial.

El avance de estas tecnologías coloca a las administraciones y a los reguladores ante una decisión compleja. Si se autorizan sin límites, podrían erosionar la confianza pública en los sistemas de control de tráfico. Si se restringen demasiado, en cambio, se frenaría una herramienta que podría ser útil para la gestión de la movilidad y la seguridad vial.

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Alicia Pérez

Colaboradora

Colaboradora redacción motor Auto Bild España