Reportaje

Coches 4x4

El Desierto de los Niños 2015, una aventura solidaria

Vicente Cano

05/09/2015 - 08:11

Viajar a Marruecos para recorrerlo en todoterreno es una aventura inolvidable, pero si además lo haces en familia y con un fin solidario, la experiencia es suprema. Esto es lo que propone el Desierto de los Niños cada Semana Santa desde hace once años.

Hace once años, unos amantes del desierto y de la conducción todoterreno decidieron empezar a organizar un viaje en grupo al sur de Marruecos, que tendría lugar cada Semana Santa. Desde entonces, el Desierto de los Niños no ha dejado de crecer y hay algunas familias que han llegado incluso a participar en todas y cada una de sus ediciones. ¿Familias? Sí, porque lo original de este viaje es que está pensado para que puedas hacerlo con tu pareja y tus hijos, siempre que dispongas de un coche con tracción total y mínimamente en condiciones de hacer 3.500 km por carreteras, pistas y hasta algunas dunas.


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Además, desde 2009, Nacho, Federico, Inma y otros organizadores del Desierto de los Niños 2015 crearon la asociación ADN para canalizar ayuda a los niños de las zonas de Marruecos que visitan habitualmente. Así, durante el viaje se entregan varias toneladas de ropa y material deportivo y la Fundación Alain Afflelou -que se unió a este viaje hace varias ediciones- desplaza un equipo de personas que revisan la vista a cientos de locales y entregan cerca de 500 gafas cada año. Así, a la experiencia de conocer el país y hacer algo de conducción por pistas y caminos poco transitados, el Desierto de los Niños añade un fin solidario a esta experiencia. 

Este año, AUTOBILD.ES acudió invitado por Hyundai, patrocinador principal de la edición 2015 del Desierto de los Niños. A pesar del carácter familiar de este viaje, tras la primera reunión preparatoria, decidí no lleva a mi hijo por ser todavía un poco pequeño (3 años y 11 meses). Aunque allí no sería el único de su edad: Salva y Ana, unos de los veteranos que apoyaban a la organización, estaban allí con sus hijos Manuel y Guillermo, este último con apenas cuatro años.

En todo caso, para los niños no había momento para el aburrimiento, porque cuando la caravana de 56 coches llegaba al hotel por la tarde, un grupo de animadores de la organización del Desierto de los Niños les esperaban para proponerles actividades hasta la hora de la cena. Digo esto porque el amigo Salva es un tío que en su vida hará lo que sea, pero una vez en Marruecos, es capaz de saltar como un ninja desde su Land Cruiser para ayudar a sacar otro coche del lecho de un río con la mayor cara de felicidad del mundo, pero no es necesario estar hecho de su pasta para disfrutar plenamente de un programa así. Si la logística funciona correctamente, y lo hizo, todo lo demás para que la experiencia pueda ser inolvidable lo pone Marruecos.

Después de un primer día que dormimos en Tánger, tras la tediosa experiencia de pasar la surrealista frontera del país magrebí, la segunda jornada transcurrió en un plácido –y plagado de radares y peajes- viaje de 567 km por autopista hasta Marrakech. Sorprende la calidad y la magnitud de las infraestructuras y lo verde que es la costa del Atlántico en el país vecino. La caravana del Desierto de los Niños la 'ciudad de la muralla roja' llegó algo más tarde de lo previsto, lo que no impidió la más que obligada visita a la kasbah de la ciudad.

El tercer día empezaba lo bueno: atravesar el Atlas por una de las zonas más bellas de la cordillera hacia Ouarzatate, acortando por pistas para pasar por Ait-Benhaddou, 217 km.  Los 409 km del día siguiente se harían largos porque la parada en Fezzou, donde se hizo la primera entrega de ayuda, tenía que alargarse por fuerza. Esto produjo uno de los mejores momentos del viaje para mí porque, camino a Ouzina –donde habríamos de dormir en un campamento de jaimas a los pies de grandes dunas- se hizo de noche y paramos todos los coches del Desierto de los Niños para disfrutar de la vista, inolvidable.

Los camiones de minas habían horadado los caminos. La caravana del Desierto de los Niños 2015 se iba cruzando con ellos -y haciéndose a un lado- mientras, en el horizonte, todo era polvo y nubes de color naranja, rojo, granate y carmesí, mientras los coches iban rebotando sobre los agujeros de la pista hacia la puesta de sol. En los últimos kilómetros, de noche, nos orientamos por la tenue luz que llegaba del campamento donde nos preparaban una fiesta. La paliza hizo que muchos se fueran pronto a su tienda.

Los días siguientes fueron más reposados, con excursiones por los alrededores de Merzouga y Erfoud. Afortunadamente no había ya tantos kilómetros que cubrir, porque sufrimos un problema habitual que te puede complicar la vida: el desabastecimiento en las gasolineras. Esto no nos impidió hacer una pequeña incursión a las dunas, varios viajes más a entregar ayuda a asociaciones locales, visitar 'La momia' o una mina de fósiles de dinosaurios, entre otras cosas. De todas las experiencias, sin embargo, la mejor es el trato con los habitantes de esta zona de Marruecos, de mayoría beréber. Una gente con una vitalidad y un sentido del humor muy similares a los ibéricos, pero con la capacidad de detener el tiempo frente a una taza de té o Whisky beréber, como les gusta definirlo entre sonrisas mientras te acercan una taza a la maño. Irrechazable.

También, me quedo con los ratos compartidos con los otros participantes en la aventura. Durante seis días se establece una especie de hermandad en la que todo el mundo te ofrece su ayuda, el contenido de sus tupper ware y los niños van cambiándose de coche constantemente para darles un respiro a sus padres. Como las otras docenas, quizá incluso centenares de españoles que esos días estaban por la zona, el fin de semana fue para regresar a la Península. Menos de 1.000 km y un estrecho que separan dos mundos, que ahora parecen mucho más familiares que antes gracias al Desierto de los Niños.







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