Reportaje

Estilo de vida

Camino por la Ruta 66 alemana con el Shelby GT 500

Javier Gomara

11/08/2013 - 05:44

Nos ponemos en camino por la Ruta 66 alemana con una leyenda sobre ruedas: el Shelby GT 500 en su versión moderna. ¡Vaya bestia con más de 600 CV! Pura adrenalina.

No puedo estar más feliz, voy a conducir un Shelby GT 500 ¡este coche me vuelve loco! Lástima que mi compañero el fotógrafo no opine lo mismo. Le veo inquieto, no para de moverse en su asiento de cuero y todo le parece incómodo.

Ignoro por completo su mirada inquisidora y me entrego en cuerpo y alma a lo que he venido a hacer: pisar a fondo el acelerador del Ford Shelby GT 500. ¡Yiiiiha! Madre mía que cantidad de caballos desbocados... Para ser exactos, 662. Ni uno más ni uno menos.

Escucho una risa de placer y enseguida me doy cuenta de que es la mía. Este coche es realmente adictivo por su forma de acelerar y su sonido endemoniado. Casi sin darnos cuenta entramos en un pequeño y apacible pueblo. Es de lo más tranquilo, y nosotros hemos llegado para romper la paz con el V8 del Shelby GT 500, un coche que cuesta unos 59.000 euros. ¡Poco, poquísimo! No intentes buscar semejante caballería en Europa a un precio parecido, porque no existe.

Como se trata de icono americano de la legendaria Ruta 66, lo hemos puesto a galopar sobre la B 66 alemana. Es casi tan larga como la original (49,9 en vez de 3.939,67 kilómetros) y tiene muchas cosas en común con la madre de todas las carreteras: límite de velocidad, rectas, curvas, camiones, hostales...Es momento de darle caña a este 'mega-Mustang' de tracción trasera.

Meto primera, piso el acelerador, suelto el embrague y...¡oh Dios mío! Que alguien controle la zaga del Shelby GT 500, es brutal lo que se mueve hacia los lados. Meto segunda de lo mismo; tercera marcha: increible, ¡sigue deslizando! Este potro hace honor a su nombre, es un animal salvaje totalmente desbocado (por supuesto hace tiempo desactivé el control de tracción).

Stefan el fotógrafo, cada vez lo ve todo más oscuro. Entre otras cosas porque solo puede mirar la alfombrilla negra que hay bajo sus pies. En qué momento decidió el pobre acompañarme a esta prueba.

Yo sigo a lo mio, dando gas como si se fuera a acabar el mundo, por los cuatro tubos de escape sale fuego del mismisimo averno, mientras las ramas de los árboles se mecen a nuestro paso. Por cierto 'cowboy', muy cool ese detalle de las pinzas de freno de seis pistones pintadas de azul. No se le escapa una a este Shelby GT 500.

Sinceramente, está siendo un verdadero placer pasar el día a sus mandos. Quein piense que un deportivo americano no es más que un hierro debería probar este Mustang Shelby GT 500, porque puede que no sea tan fino como un Porsche (no lo es ni de lejos), pero te aseguro que tiene un alma y personalidad a raudales.

Toca parar a repostar. Azulejos blancos, surtidores rojos y un taller. Bajo su techo de cemento puedes encontrar joyas como un KS 601 de 1951 o un BSA Golden Flash de 1953. "Me falta un Opel Kaptain", suspira el señor Seisberg junto a una taza de café, mientras mira de reojo al Shelby GT 500. Lo veo interesado, así que abro el capó y disfrutamos de las vistas.

Un 'Big Block' con una cilindrada de 5.8 litros, desnudo, completamente de aluminio, fabricado en Romeo (Michigan). Tiene cuatro válvulas por cilindro y un compresor volumétrico y también algunas piezas de plástico muy blandas: "en el original también era así", asegura Zeisberg. "Lo importante es que tiene buena pinta".

Me despido de él y sigo haciendo trabajar los 662 CV a pleno rendimiento, mientras los tractores siguen haciendo su trabajo en el campo y los niños pasean por las calles. No son pocos los chicos que abren sus ojos de par en par al ver pasar el bólido azul con la cobra en el morro. Ahora si que nos sentimos unos auténticos 'cowboys'.

Mientras tanto, el hambre empieza a hacer acto de presencia. Es momento de darnos un festín al borde de la carretera B 66. El chef del bar nos atiende cálidamente y nos trae lo que necesitamos, es decir, pura grasa en forma de carnaza. En este momento nos sentimos americanos hasta la médula y estamos dispuestos a representar este papel hasta las últimas consecuencias.

Por cierto a estas alturas a mi amigo fotógrafo le ha cambiado la cara, tiene otro brillo en la mirada. Parece que empieza a hacerse amigo de mi querido Shelby GT 500. Pisale, grita el maestro de los objetivos y las lentes, al tiempo que piso el acelerador sin piedad. Mientras alcanzo 88 km/h en primera, pregunto qué harán los americanos con las otras cinco marchas restantes, ya que allí los límites de velocidad son realmente estrictos.

Ponemos rumbo a nuestra meta: Bielefeld, el fin del camino, en unos extremos de la B 66. Allí encontramos un aparcamiento tranquilo, una de esas grandes explanadas que invitan a hacer el mal sin que uno pueda remediarlo. Y por si fuera poco, mi compañero me reta a hacer deslizadas que deberá capturar con su cámara.

Marcha, acelerador...¡Vamos! Los neumáticos giran y chirrían en el asfalto mientras levantan una nube de humo que parece formada por alguen que se acaba de ventilar un paquete entero de tabaco sin filtro. El Shelby GT 500 deja la cuenta en 30 donuts por minuto. ¿Otra petición señor fotógrafo?

Pues sí que la tiene: ¿cuánta gasolína hemos quemado en la Ruta 66? Le echo un vistazo al indicador del depósito, otro al cuentakilómetros parcial y me pongo a silbar como el que no quiere la cosa. Nada más y nada menos que 30 litros cada 100 kilómetros. Una pasada, no cabe duda. Pero es que una bestia así siempre tiene hambre.

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