Reportaje

Así se conduce en la India

Rebeca Álvarez

27/03/2014 - 16:23

AUTO BILD vuelve a recorrer en coche India, uno de los países más caóticos en lo que a tráfico se refiere, para comprobar si algo ha cambiado en este futuro gran mercado del automóvil. Así se conduce por la India.

En otra ocasión, ya te contamos lo que era la conducción por la India: una verdadera jungla de asfalto. Ahora, AUTO BILD vuelve al país de los maharajás para que veas todo lo que supone conducir por India. Es un auténtico infierno.

India no es Bangalore, el conocido como Silicon Valley indio, donde se halla la industria del software y en donde abundan los 'call center' de atención al cliente de muchas empresas a nivel mundial. India tampoco es Goa, la otra meca de hippies y jóvenes en busca de experiencias psicodélicas y ahora destino turístico familiar gracias a sus paradisiacas playas, y donde los amigos de lo ajeno tienen la mano muy larga…

No, India es Farrukhabad, una ciudad situada al sudeste de Nueva Delhi a ocho en horas en coche, donde me encuentro atrapado en un atasco de 80 metros de longitud desde hace dos horas. Sí, has leído bien: 80 metros, no 80 kilómetros. No puedo avanzar al frente, pues delante de mi Ford EcoSport está parado un cromático camión Tata con seis personas montadas en la cabina y una carga que sobresale por todos los lados y amenaza con caerse encima de mi vehículo. Tampoco puedo moverme hacia atrás, pues detrás hay un minibús cargado con 16 pasajeros y tan pegado a mi zaga que no podría pasar ni un mosquito.

Bocinazos, ambiente apestoso y suciedad por doquier

Y todo son bocinazos. Y todo apesta. Y todo está infestado de suciedad. Y la calle es casi un desguace al aire libre, donde se almacenan vehículos roídos por el óxido y animales en estado de putrefacción, además de contar con socavones tan profundos como el río Ganges y escombros por doquier. Y entre medias de todo este caos de desechos y vehículos, juguetean niños, algunos de ellos, incluso acaban de aprender a andar.

Tengo dolor de cuello, la cabeza parece que me va a estallar y los ojos me escuecen como si me hubiera echado sal. Lo tengo claro: no me encuentro en medio de un atasco, sino en el mismísimo infierno sobre cuatro ruedas. Y de pronto parece que se mueve un poco el atasco... a la misma velocidad que se mueven los continentes. Tras media vuelta de rueda, mi coche vuelve a estar parado. Si me pusiera en marcha, me encontraría a 377 kilómetros de la capital de India, Nueva Delhi, según indica mi Google Maps. Y es que lo más curioso del caso es que Internet aquí, en medio de tanta porquería, va como un tiro. Pero circular, lo que se dice circular, ná de ná. Los indios que tengo a mi alrededor se parten de risa cuando les preguntó sobre conducir en la India.

Yo toco la bocina; no, realmente aporreo mi volante. Es la reacción más primaria del mundo y también la más estúpida; no hay nada más sin sentido que tocar el claxon en India. Todo el mundo lo hace y no sirve para nada. Y es que en este país, por ejemplo, los intermitentes se mueren de aburrimiento porque nadie los utiliza. Aquí para avisar de que vas a adelantar a otro vehículo se toca el claxon, mientras estás realizando la maniobra de adelantamiento sigues accionando la bocina y después de finalizarla, vuelves a dar bocinazos para dar las gracias. Aunque para un occidental como yo, se pierde la cuenta de qué bocinazo es para qué...

Delante de mi Ford irrumpe una vaca –animal sagrado donde los haya, y ojito con atropellar a este rumiante, porque en India te pueden linchar hasta la muerte en el caso de suceder un accidente de estas características– que me mira con cierta arrogancia. Y es que según me explica mi traductor, Sanjeev Anand, se trata de una suerte de norma automovilística no escrita y basada en este orden de preferencia en la vía: 1. la vaca sagrada; 2. ciclistas y tuc-tuc; 3. motoristas; 4. coches y camiones. Con toda sinceridad, esto es de locos...

El aire en Nueva Delhi está más contaminado que en Pekín

Hace siete años estuve en India y regresé convencido de que aquí estaba el futuro de la industria automovilística. Y lo sigo pensando, pero a decir verdad, nada ha mejorado. La calidad del aire en Nueva Delhi es peor que en Pekín. Los valores de contaminación de la UE se superan en 20 veces. Echo un vistazo a mi móvil para ver la temperatura y me arroja este resultado: Nueva Delhi, 25 grados, y humo, humo y más humo, como si la ciudad estuviera en llamas.

Ahora existe una autopista de seis carriles hacia Agra, la ciudad en la que se halla el Taj Mahal, una de las siete maravillas del mundo, que está sufriendo un gravísimo deterioro debido a la contaminación. Tengo la carretera para mí solito, porque ningún indio se puede permitir el coste del peaje, unos tres euros al cambio. La mitad del recorrido hacia Farrukhabad la cubro en 90 minutos; luego me vuelvo a encontrar con las vacas. ¡Mierda sagrada!

Cuando oscurece, todo el mundo enciende las luces... de carretera. ¡Todos! ¿El motivo? Así todos pueden ver mejor, pero yo tengo que cubrirme los ojos con una mano, porque el deslumbramiento es continuo. Niños irrumpen delante de mi coche. Sin querer, rozo con el espejo retrovisor izquierdo a un peatón y este se solivianta. Sanjeev, mi traductor, me sugiere que lo deje pasar, porque por nimiedades así también te pueden terminar linchando, te queman el coche y, si te he visto, no me acuerdo.

Miro a los niños indios que aspiran a tener un coche nuevo en cuanto crezcan. El Tata Nano, el coche más barato del mundo, ha sido un fracaso total, pues los indios no quieren automóviles baratos (de hecho, aquí puedes ver cuáles son los coches del maharajá de la India); para eso, prefieren viajar cuatro en una motocicleta, con un bebé en brazos que crezca entre humo y conciertos de bocinas. Y que cuando sea mayor activará las luces largas en ciudad, tocará el claxon como un descosido y se tirará media vida en un atasco.

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