Reportaje

Estilo de vida

Conducir por Islandia: un paraíso para los amantes del 4x4

Conducir en Islandia: un paraíso para los 4x4

Gabriel Jiménez

24/05/2011 - 11:46

Islandia es un regalo para los sentidos y los amantes de la conducción todoterreno, pues ésta es la única manera de acceder a muchos de sus lugares. AUTOBILD.ES ha recorrido esta isla de impresionantes estampas, pero tambíen de territorios hostiles. Además, las nubes de ceniza procedentes de sus grandes volcanes (actualmente, del Grimsvötn) son capaces de interrumpir el tráfico aéreo en Europa.

Aparte de la cantante Björk y algún que otro detalle más, yo lo desconocía absolutamente todo acerca de Islandia, hasta que hace unos años un amigo me regaló el libro de ensayos Los rastros kármicos, del escritor neoyorquino Eliot Weinberger. De entre todos los artículos que incluía, hubo uno que me llamó la atención por su título, Paraislandia, en el que el autor contaba sus vivencias en ese país. Y hasta tal punto me fascinó lo que leí, que quise comprobarlo por mí mismo.

 

Imágenes de ensueño: unos de los mayores atractivos de Islandia son los bellos paisajes y los fuertes contrastes, desde glaciares hasta mesetas de tierra volcánica.

Y es que un país ultraseguro, donde la naturaleza está en estado puro, ya sea en forma de volcán, catarata o glaciar; donde es posible toparse con un lugar que nadie antes ha atravesado; donde la meteorología caprichosa propicia que el tiempo cambie cada 5 minutos; donde se puede contemplar la aurora boreal o avistar ballenas; y donde al abrir el grifo sale agua caliente de forma natural –de las fuentes termales del subsuelo–sin que medie caldera alguna, es lo más parecido al paraíso. O al menos según mi visión del mundo...

 

El gran Reykjavik: de día, la capital de Islandia presenta la clásica estampa de cualquier otra ciudad escandinava, pero por la noche se convierte en el lugar más marchoso de Europa, sin duda.

Islandia es un paraíso para los sentidos, pero no es una quimera ni el mundo feliz, pues además de la falta de rayos solares –a los que estoy tan acostumbrado–, la gastronomía paupérrima y los precios prohibitivos –es uno de los países más caros del mundo–, se une el frío imperante –incluso en verano–, por lo que sólo se puede vivir durante la época estival. Pero estar en el paraíso bien vale un sacrificio...

Ficha técnica de Islandia

 

Población: 305.000 habitantes (enero 2006).
Capital: Reykjavik (117.074 habitantes).
Otras ciudades: Kópavogur, Akureyri, Hafnarfjördur y Reykjanesbaes.
Lengua: Islandés (oficial), inglés, otras.
Geografía: la isla tiene unos 4.970 km de costas con muchas irregularidades. Hay más de 200 volcanes y más de 100 glaciares. Tiene también infinidad de géiseres, más de 250 fuentes termales alcalinas, y ríos y lagos pequeños.
Moneda: Corona islandesa. 1 euro = 86,65 coronas.
Formalidades aduaneras: pasaporte o DNI. No es necesario visado.
Consulado General Honorario de España en Reykjavik: Höfdabakka, 3-7, 110 Reykjavik. Tel. 354 515 50 00.
Teléfono de emergencia: 112.
Más información: http://es.visiticeland.com/

Día 1. Llegada a Reykjavik

A Islandia llegamos por la mañana, después de casi cinco horas de vuelo desde Madrid, vía Londres. Lo primero que hicimos fue alquilar un coche. Si quieres conocer bien la isla, lo más recomendable es que optes por un todocamino, como el Hyundai Santa Fe 2.4 de 173 CV automático (casi 700 euros, incluido un seguro adicional muy recomendable, para una semana) que alquilamos.

Nada más ponerme al volante, lo primero que me impresionó fue el paisaje, completamente volcánico, como un desierto, sin un árbol. Como estábamos cansados, optamos por ir directamente a los baños termales Blue Lagoon, a pocos kilómetros del aeropuerto, en Kevlavik, para reponernos. Se trata de una laguna situada junto a una central geotérmica, cuyos sedimentos de azufre le dotaron de un atractivo color azul turquesa. En sus aguas ricas en sulfatos y a una temperatura de 37 grados, mientras afuera sólo hay 10º, uno se recupera de uno y mil viajes.

 

Uno de los mayores placeres es darse un baño en las aguas termales de la Blue Lagoon, en Keflavik, muy cerca del aeropuerto.

Tras engañar al estómago nos dirigimos a la capital. El paisaje gris y volcánico dio paso a la vegetación y la civilización. Reykjavik es una encantadora ciudad en la que se concentra casi el 50 por ciento de la población total de Islandia, y su fisonomía de casas unifamiliares y pintadas en colores vivos o edificios de pocas alturas recuerda mucho a otras ciudades escandinavas. Sobre las 18:00 horas de la tarde, en pleno mes de septiembre, comenzó a anochecer, por lo que dejamos el hotel para conocer la vida nocturna de la capital. Pero antes fuimos a hacer la compra a Bonus, una cadena de supermercados baratos.

 

Reykjavik es una ciudad bella y encantadora para pasear por el día y también por la noche.

Día 2. Reykjavik-Pingvellir-Geysir

Mientras Reykjavik amanecía, visitamos la ciudad, que, iluminada con luz natural, adquiere un aspecto diferente. Después nos encaminamos al Parque Nacional de Pingvellir, donde se fundó Islandia como nación, pues es allí, al lado del lago Pingvallavatn, es donde se reunieron los primeros pobladores de ese país y establecieron el Alping, la asamblea. El parque encierra otra joya natural: la falla Almannagjá, que separa la plataforma norteamericana de la euroasiática. Es como estar en el centro del mundo...

Después cambiamos el asfalto por las características vías de grava islandesas para proseguir el camino hasta Geysir, donde se hallan las fuentes de agua termal del mismo nombre. Ésta es una visita imprescindible si se quiere sentir bajo los pies la fuerza de la naturaleza. Antes de que el gigantesco chorro de agua salte como un misil, el suelo tiembla. Tras el estallido hídrico, todo se torna en silencio y una cortina de vapor invade todo el ambiente.

 

En la localidad de Geysir se encuentran las fuentes de agua termal del mismo nombre.

La última parada fue la catarata Gullfoss, que, alimentada por el deshielo del glaciar Langjökull, escupe millones de litros del líquido elemento con violencia ensordecedora.

Día 3. Reykjavik-Dyrholay

Esta jornada empezamos a explorar la isla. Para ello accedimos a la Ring Road, que circunvala Islandia. El destino era Dyrholay (180 km).

Tras atravesar una zona de tierra roja humeante, producto de las centrales geotérmicas allí ubicadas, nos encontramos con una pequeña cascada, Sellfoss. De ahí partía un camino pedregoso y atravesado por decenas de riachuelos que conduce a un valle rodeado de tres glaciares. En unos carteles se advertía de la dificultad del camino. Recorrimos unos 10 km hasta hallar con un río de cierta profundidad. El corazón me pedía que siguiera adelante, pero la constatación de que además de los nubarrones que se cernían en el horizonte tampoco había cobertura telefónica, me hicieron desistir. En Islandia la precaución es una sabia consejera.

 

En medio de la nada: puedes tirarte horas conduciendo si cruzarte con nadie.

Tras visitar la cascada Skogarfoss, donde se dibujan enormes arcoiris, nos adentramos en una pista en estado lamentable, lo que se dejó notar en la espalda. Pero el esfuerzo tuvo su recompensa: estar a escasos metros de la lengua de un glaciar. Impresionante.

El resto del recorrido transcurrió entre cascadas y montes surgidos de la nada. Cuando estaba atardeciendo, alcanzamos Dyrholay, que cuenta con una playa de arena negra y en lo alto de una peña, un faro, desde donde se divisan los atardeceres más bonitos de Islandia.

Día 4. Dyrholay-Vik-Höfn

El día se presentó con un sol pobretón y un aire frío cortante. Pero ello no fue obstáculo para bajar a la playa y contemplar mejor las tres rocas (véase abajo) que, según la leyenda, son tres trolls a los que sorprendió el sol y quedaron petrificados.

 

Playa solitaria en Dyrholay: al fondo, las rocas que, según la leyenda, son tres trolls a los que sorprendió el sol.

Nuestra siguiente parada era Vik. Allí repostamos e iniciamos el viaje hasta Höfn (270 km), entre extensas llanuras de desierto de lava, tierras negras con montañas nevadas, rocas ígneas cubiertas por un manto de musgo y amplias praderas con ovejas pastando. Pero lo más espectacular aún faltaba por llegar: el glaciar Vatnajökull, que con sus 8.100 km2 es el más grande de Europa y ocupa el 8 por ciento del país. Sus lenguas son perceptibles desde varios kilómetros de distancia.

 

Espectáculo para los ojos: el lago Jökulsarlon, a los pies del glaciar Vatnajökull.

Pero nada se puede comparar con el lago Jökulsarlon, que bebe directamente del Vatnajökull, cuyas lenguas bordean la laguna. Icebergs de distintas tonalidades, por efecto de la incidencia de la luz, invaden unas aguas sólo surcadas por focas y peces. Con un todoterreno se puede acceder a varias de sus orillas.

Con estas espléndidas imágenes en la retina, ya nada podía superar lo vivido, hasta que llegamos a Höfn y contemplamos cómo se ponía el sol detrás del glaciar Vatnajökull.

Día 5. Höfn-Egylsstadir

Como en todo viaje que se precie, esta jornada fue de transición. En esta jornada pusimos rumbo al norte a través de la Ring Road, que en el tramo del este se convierte en una vía endiablada, pues discurre por los denominados fiordos, al mismísimo borde del mar, sin guardarraíles ni ningún otro tipo de protección. Para colmo, todo el tramo del este de la Ring Road está sin asfaltar –se marcha sobre grava– y las lluvias son la tónica general. Toda una prueba de fuego para el conductor.

 

Con frecuencia tendrás que vadear riachuelos o atravesar grandes charcas.

Como la carretera a través de los fiordos resulta aburrida y pesada, decidimos acortar por el interior. La decisión no fue la más acertada, pues en el interior, la carretera estaba repleta de socavones y charcos, un terreno ideal, eso sí, para la conducción offroad. A ello se unieron la niebla, cambios de rasante abruptos y estrechamientos de vía sin previo aviso, que no tendrían mayor trascendencia si no hubiese habido tráfico.

A media tarde llegamos a Egilsstadir, una ciudad importante que cuenta con un gran lago y uno de los pocos bosques existentes en Islandia.

Día 6. Egylsstadir-Myvatn

Lo primero que hicimos fue repostar y luego proseguimos la marcha hacia el lago Myvatn. A mitad de camino, en un puerto de montaña semicubierto por la densa niebla, de pronto nos encontramos con un vehículo detenido. Se había parado, porque una manada de renos estaba cruzando la vía. Fue todo un espectáculo.

 

Los otros habitantes: hay casi más ovejas que islandeses.

Tras este feliz encuentro proseguimos el camino hasta el área volcánica de Krafla, donde se halla el volcán del mismo nombre y cuya última erupción se produjo en 1984. En esa área, donde el olor azufre invade todo el ambiente y hay humeantes riachuelos de color azul turquesa por doquier, es muy recomendable la visita de un cráter convertido en laguna así como el mar de lava en una de las laderas. No todos los días se tiene la oportunidad de estar tan cerca de un volcán.

De ahí nos desplazamos al lago Myvatn, rodeado de cráteres de volcanes de todos los tamaños y donde habita todo tipo de especies de aves. El frío aquí es muy intenso; se nota que nos estamos acercando al Círculo Polar Ártico.

Día 7. Myvatn-Husavik

Esta jornada comenzó con la visita de una gruta a la que sólo se puede acceder en todoterreno y que esconde en su interior una pequeña bolsa de agua a 44º.

Posteriormente pusimos rumbo a la cascada de Dettifoss, la más grande de Europa. Para llegar hasta allí la mejor manera es una pista (la F862) en muy mal estado y sólo apta para todoterrenos.

 

Cuando nieva, Islandia se convierte en un lugar intransitable, a no ser que cuentes con un todoterreno.

Tras casi 40 kilómetros de baches, socavones, charcos inmensos, rocas inoportunamente situadas en el centro de la pista y lluvias intermitentes, llegamos a una zona parecida a un desierto volcánico. Tras andar un cuarto de hora nos topamos con la megacascada Dettifoss, donde el ruido es ensordecedor y el espectáculo de agua, indescriptible. De ahí nos movimos hasta el Parque Nacional de Asbyrgi, donde se puede ver el cañón río Jökulsa.

Tras la excursión, rumbo a Husavik, a escasos kilómetros, mar adentro, del Círculo Polar Ártico. El camino hasta allí, unos 65 km, antes de que una profunda oscuridad, se adueñara de todo, transcurrió entre vertiginosos acantilados y pequeñas islas frente a la costa.

Día 8. Husavik-Akureyri-Reykjavik

El viaje llega a su fin. Por delante quedan 480 kilómetros. Primera parada, la catarata de Godafoss ("cascada de los dioses", en islandés). De allí a Akureyri, la tercera ciudad más importante de la isla. Tras una visita de unas cuantas horas emprendimos el viaje de regreso a Reykjavik.

 

Además de glaciares y volcanes, en Islandia hay centenares de cataratas. En la imagen, la de Godafoss, la catarata de los dioses, en islandés.

Durante las seis horas que duró el viaje salió el sol varias veces, llovió otras tantas, se nubló y se volvió a despejar. A unos 40 kilómetros de la capital volvimos a encontrarnos un larguísimo fiordo que de haberlo recorrido nos hubiera supuesto una hora más de viaje. En vez de eso optamos por tomar un túnel de peaje (10 euros) que pasa de una orilla a la otra por debajo del mar. Excelente decisión, sin duda.

Llegamos de noche cerrada a Reykjavik. En el hotel nos preguntaron si habíamos visto la aurora boreal. Nos quedamos atónitos, pues desconocíamos que se pudiera contemplar en Islandia. Como era una noche clara, nos recomendaron ir a verla a las afueras de la ciudad. En el trayecto, por una zona oscurísima, mi novia me comentó: "No te pongas nervioso, pero sin apartar las manos del volante, mira a tu izquierda".

Y allí estaba, esa luz desgarrada de color verde. Aparcamos en un páramo, y pesar del frío reinante (5º C), estuvimos largo rato maravillándonos ante la esplendidez de la aurora boreal. Qué final de viaje...

Alegres como niños con zapatos nuevos, regresamos a Reykjavik, donde lo celebramos en el Kaffibarin, un local nocturno cuyo propietario es el vocalista del grupo musical Blur, Damon Albarn.

Máxima precaución al volante

En Islandia sólo una mínima parte de las vías que no son urbanas está asfaltada, para lograr que el impacto sobre el entorno sea el mínimo posible. De hecho, la única carretera como tal es la Ring Road, que circunvala toda la isla. El resto son pistas de grava y aglomerado que, cuando llueve, se convierten en auténticas trampas para los coches. A ello se une el hecho de que la señalización fuera de poblado es escasa y las carreteras no están iluminadas.

Por este motivo, a la hora de recorrer Islandia en coche, conviene extremar las precauciones al volante. En los últimos años decenas de extranjeros han sufrido accidentes de tráfico, en un país donde una veintena de muertos –la cifra de víctimas que, por ejemplo, arrojó la carretera en 2006– es toda una catástrofe.

 

Aunque en las gasolineras cierran muy temprano, se puede repostar, previo pago en el cajero automático anexo. Arriba, imagen de una típica vía islandesa.

Para evitarte un susto o incluso una multa, sigue estos consejos:

-Es Islandia es obligatorio circular con luces por el día.

-Los límites de velocidad en Islandia son 50 km/h en ciudad, 80 km/h en carreteras de grava y 90 km/h en vía asfaltada.

-Practica una conducción tranquila pues en cualquier momento puede irrumpir un animal en la calzada.

-Está prohibido conducir fuera de las zonas indicadas para la circulación; puedes causar un daño medioambiental, lo que implica una multa.

-Algunos puentes son muy estrechos por lo no pueden pasar dos vehículos al mismo tiempo.

-Aunque conduzcas un todoterreno de gran potencia, no es recomendable aventurarse por ríos y caminos si no se va acompañado por otro vehículo.

-En la página web http://www.us.is/id/2695 se explican en español otras recomendaciones útiles sobre cómo conducir en Islandia.

-Por otro lado, si en vez de alquilar prefieres viajar con tu todoterreno hasta allí, tienes que presentar el libro de registro del vehículo, un seguro internacional (carta verde) y un permiso de conducir válido.

-Las gasolineras cierran por las noches, pero se puede repostar, pues cuentan con una especie de cajero automático con el que se puede pagar con tarjeta de débito o de crédito.

Fotos: AUTOBILD.ES

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Gabriel Jiménez

Director del Área de Motor de Axel Springer España

Soy Piscis, sufridor del Atleti y me gusta juntar letras, a poder ser relacionadas con cualquier artefacto que lleve del punto A al punto B

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