En qué puede afectar al automóvil un supuesto fin de la guerra entre Rusia y Ucrania

El fin de la guerra entre Rusia y Ucrania podría tener consecuencias positivas para la industria del automóvil, aunque, en realidad, estamos lejos de ese escenario.
Mientras mucha gente disfruta de sus vacaciones de verano y permanece desconectada del mundo, los actores que dirigen la geopolítica mundial no descansan. Uno de los asuntos candentes es el supuesto fin de la guerra entre Rusia y Ucrania (si es que finalmente llega). ¿En qué puede afectar al automóvil?
Desde hace unos días, el foco de la información internacional está puesto en el histórico encuentro que mantuvieron el pasado fin de semana en Alaska los presidentes de Estados Unidos y Rusia, Donald Trump y Vladímir Putin.
En dicha reunión, los máximos mandatarios de ambas potencias trataron diversos temas, entre ellos, la guerra entre Rusia y Ucrania que lleva más de tres años enquistada. Aunque éste no fue el asunto trascendental, como sí otros como el Ártico o los intereses geoeconómicos en el Cáucaso.
Como recordarás, el conflicto inició a finales de febrero de 2022, cuando Rusia inició la llamada Operación Militar Especial para invadir una parte del este de Ucrania.
Explicar por qué se llegó a esta situación implicaría escribir un ensayo que no es el objetivo en este artículo, como el Euromaidán en 2014, el golpe de estado que acabó con el derrocamiento del presidente electo ucraniano, Viktor Yanukóvich, partidario de mantener buenas relaciones tanto con la Unión Europea como con Rusia. Este fue el origen de la guerra ruso-ucraniana.
Pero lo que realmente nos interesa a nosotros es la parte que tiene que ver con la industria del automóvil y cómo le afecta. Y, sobre todo, cómo quedaría el sector en un hipotético escenario con la guerra finalizada.
¿Cómo afectaría le fin de la guerra entre Rusia y Ucrania a la industria del automóvil?

En las semanas sucesivas al inicio de la guerra, algunos fabricantes decidieron abandonar el mercado ruso. Volvo y General Motors fueron de los primeros fabricantes en anunciar el cese de su actividad en el país ruso. Luego le siguieron más.
Como te contamos en su momento, el Grupo Renault era uno de los más expuestos, ya que es propietario de la marca rusa Lada. El fabricante tuvo que paralizar su actividad, pero fue debido a la falta de suministros, lo que le obligó a cerrar la planta que tiene en Moscú, donde se producían las versiones locales de los modelos Arkana y Captur.
Stellantis también tiene una fábrica en Rusia donde tenía previsto fabricar furgonetas de las marcas Peugeot, Citroën y Opel con destino a Europa Occidental, pero decidió parar estos planes.
BMW anunció en un comunicado que "debido a la situación geopolítica había decidido interrumpir la producción local en Rusia y las exportaciones". También forman parte de la lista de fabricantes que han parado toda su actividad en el país ruso a consecuencia de la invasión de Ucrania Hyundai, Land Rover y Aston Martin (aquí te dejamos todas las marcas de coches que se han ido de Rusia desde que empezó la guerra).
En principio, un supuesto fin de la guerra podría suponer el regreso de estas marcas a Rusia. De hecho, el panorama geopolítico cambió radicalmente con la llegada de Trump a la Casa Blanca e inició un acercamiento a Rusia, así como su deseo de acabar de una vez por todas con la guerra.
En este contexto, el que todavía era CEO del Grupo Renault, Luca de Meo, consideró la opción de volver a Rusia, según publicó el diario alemán Auto motor und sport, aunque nunca lo comunicó de manera oficial.
En cualquier caso, el director general de Avtovaz, Maxim Sokolov, ya se encargó de dejar claro a Renault que no le saldría barato volver a Rusia, ya que tendría que desembolsar 1.250 millones de euros “para recuperar sus antiguos activos rusos”.
¿Recuperar los lazos energéticos con Rusia?

Por otro lado, el fin de las hostilidades en el Este de Europa podría traducirse en la recuperación de los lazos energéticos con Rusia, una carencia que está acusando, particularmente, la industria alemana. Y no sólo en el sector automotriz, sino en general.
Hasta el inicio de la guerra, Alemania estaba conectada con Rusia a través de dos gasoductos por el Mar Báltico, el Nord Stream 1 y el Nord Stream 2. El primero entró en servicio en 2011, mientras que el segundo se terminó de construir en 2021, pero nunca llegó a operar.
Por ese gasoducto, Alemania recibía el gas ruso, abundante y a un precio ventajoso. Pero en septiembre de 2022, siete meses después del estallido del conflicto ruso-ucraniano, el Nord Stream 1 fue saboteado mediante una serie de explosiones submarinas que provocaron graves daños en algunos tramos de la infraestructura.
Qué o quién causó esas explosiones no se ha confirmado todavía oficialmente. En febrero de 2023, el legendario periodista estadounidense Seymour Hersh publicó un artículo en su blog en el que acusaba a Estados Unidos, concretamente, a la administración Biden, de sabotear el gasoducto.
En cualquier caso, desde entonces Alemania ha tenido que recurrir a otros mercados para comprar gas, entre ellos, a Estados Unidos. Eso sí, a un precio mucho más caro que el que compraba a Rusia. Esto explica la caída de la industria alemana en estos tres años (también de la automovilística) y de su economía en general.
A esto hay que añadir los tropecientos paquetes de sanciones de la Unión Europea a Rusia, sanciones búmeran en realidad, porque ha sido la propia UE (empezando por Alemania, como se ha dicho) la que ha sufrido los efectos.
La economía rusa no ha parado de crecer, mientras la europea se parece cada vez más a esa escena de la película Titanic cuando la orquesta decide seguir tocando, mientras el barco se va a pique.
Y las sanciones no han hecho daño a Rusia, porque ha seguido vendiendo su gas y su petróleo, pero a otros, como China y la India. Gas y petróleo que los europeos hemos seguido comprando, indirectamente, a través de intermediarios.
España, por ejemplo, ha incrementado notablemente la compra de gas y petróleo rusos en los últimos años, en parte, motivado por la decisión del Gobierno de dejar de comprar gas argelino, que era nuestro principal proveedor. Sigue siéndolo, pero menos que antes, y el resto lo compra a países como Estados Unidos, Rusia o Marruecos.
Francia, que ha sido uno de los países que más se ha mostrado a favor de apoyar a Ucrania y sancionar a Rusia, se ha convertido en el principal comprador de gas ruso, un gas que luego revende a países como… Alemania, como explica el periodista y analista económico, Lorenzo Ramírez.
Con el petróleo ruso ocurre tres cuartas partes de lo mismo. Rusia se lo vende a la India, donde se refina, y luego llega a Europa a través de países como Turquía o, incluso, Marruecos. Es como si el crudo perdiera el DNI ruso por el camino. Así es la geopolítica y así funciona el mundo.
Y sin embargo… la guerra no va a terminar
Podemos lanzar hipótesis sobre como afectaría a la industria del automóvil el fin de la guerra entre Rusia y Ucrania. Pero, lamentablemente, la guerra no va a terminar. Al menos, a corto plazo.
Y no va a terminar por la sencilla razón de que hay muchos intereses en juego. La guerra es un negocio muy rentable y hay muchos a los que les interesa que continúe, empezando por la industria armamentística estadounidense, pero también ciertas élites y grupos de poder a uno y otro lado del Atlántico.
Hace unos meses la Unión Europea anunció un plan de rearme que prevé gastar 800.000 millones de euros en defensa y, recientemente, la presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, firmó un acuerdo comercial con Donald Trump en Washington.
Dicho acuerdo implica que Bruselas comprará energía a Estados Unidos por 750.000 millones de dólares, invertirá otros 600.000 millones en industria militar estadounidense y establecerá 0% de aranceles a los productos norteamericanos. A cambio, Washington impone aranceles del 15% a los productos europeos.
Por supuesto, todo este gasto se hará a través de dos vías: endeudamiento de los estados (más aún) e impuestos. ¿Qué justifica todo este gasto mastodóntico? La guerra y la supuesta amenaza de Putin al resto de Europa. Si no hay guerra, no hay gasto. Es decir, no hay negocio.
