Lo que de verdad esconde la guerra de aranceles de Estados Unidos y China tiene mucho que ver con el coche eléctrico

Ucrania, Oriente Próximo, guerra de aranceles entre Estados Unidos y China, tierras raras, el Ártico… ¿Qué tiene que ver todo esto con el coche eléctrico?
Desde que juró el cargo como presidente de Estados Unidos, Donald Trump inició una guerra arancelaria contra el mundo entero, aunque con la mira puesta en China. Una guerra comercial bajo la cual se ocultan varias claves y que guarda una relación con el coche eléctrico mucho más estrecha de lo que pueda parecer.
Sólo han pasado seis meses desde que Trump regresó a la Casa Blanca, pero han ocurrido tantas cosas en este tiempo, que parece que lleva ya medio mandato.
A lo largo de estos meses, se ha hablado de tres asuntos, fundamentalmente: el fin (que no llega) de la guerra en Ucrania, los aranceles y la cuestión en Oriente Próximo.
Sobre esto último, hemos vivido dos semanas bastante “calientes”, con el intercambio de ataques entre Israel e Irán y el bombardeo de Estados Unidos en varias instalaciones iraníes el pasado 22 de junio, lo que generó el pánico en buena parte del planeta, aunque, finalmente, esa Guerra de los 12 días fue más bien un teatro, como te explicamos aquí.
Mientras la guerra en Ucrania continúa su curso, queda el asunto de los aranceles, que permanecen suspensos desde principios de abril, tras la pausa de 90 días que decretó Trump para que los países negocien acuerdos comerciales con Washington. Si no se llega a un entendimiento antes del 9 de julio, las tasas más altas entrarán en vigor.
¿Por qué esta guerra comercial?

Donald Trump ha emprendido esta guerra comercial por varias razones. La primera es reducir el déficit comercial: Estados Unidos compra más de lo que otros le compran, por ejemplo, la Unión Europea. Pero hay más: en realidad, detrás de esta aparente guerra comercial, se ocultan otros objetivos.
En primer lugar, Trump quiere devaluar el dólar para así aumentar las exportaciones y recuperar el peso en el comercio mundial que ha perdido en las últimas décadas, en favor de China.
A comienzos del siglo XXI, Estados Unidos dominaba el comercio mundial y ahora lo hace China. Trump quiere volver a la situación anterior y, para ello, necesita atraer capital, corporaciones y cerebros (las tres ‘C’). Es decir, inversión, que las empresas se trasladen a territorio estadounidense y mano de obra cualificada.
Impulsado por el movimiento MAGA (Make America Great Again) que le ha apoyado, el presidente norteamericano busca reindustrializar el país y volver a una economía basada en la fabricación de productos y no tanto en las finanzas, en ese “capitalismo en la nube”, como algunos analistas han denominado.
Al mismo tiempo, Donald Trump presiona a los bancos centrales para que vendan sus dólares y compren deuda estadounidense. Porque este es el gran problema que tiene Estados Unidos en estos momentos: la deuda.
Este año vencen 9,2 billones de dólares de deuda, lo que está provocando una enorme presión sobre los mercados de bonos. El plan del gobierno estadounidense es aumentar el precio de la deuda para bajar la rentabilidad y conseguir una mayor demanda exterior, lo que ayudaría al tesoro a refinanciar toda esa deuda.
Estados Unidos contra China

Otro de los objetivos detrás de esta guerra arancelaria es la verdadera batalla que debe afrontar Estados Unidos: China. Ya hemos dicho antes que Trump quiere volver a tener el dominio del comercio mundial. Sin embargo, sabe que tiene todas las de perder.
China puede permitirse que Estados Unidos le imponga aranceles de hasta un 25 o 30%. Incluso así, las operaciones serían rentables para los chinos. Pero quienes sufrirían las consecuencias serían los ciudadanos y las empresas estadounidenses, que compran muchos productos chinos.
La política arancelaria de Trump está condenada al fracaso, al menos, contra China. El pasado viernes, el presidente estadounidense, junto con el Secretario de Comercio, Howard Lutnick, anunciaron que habían firmado un acuerdo comercial con el país asiático entre el martes y el miércoles de la semana pasada. Sin embargo, no ofrecieron detalles.
Por su parte, los chinos dijeron que no habían firmado nada, sólo que se habían producido reuniones en Ginebra y en Londres, pero sin llegar a ningún acuerdo.
El acuerdo entre Washington y Pekín contempla la compra de tierras raras por parte de los primeros, a cambio de que los segundos tengan libertad para adquirir chips. Pero los chinos quieren más.
Por un lado, que Estados Unidos no tenga una política arancelaria con China diferente a la del resto de países y, por otro, la garantía de que Washington no va a establecer cláusulas que perjudiquen a los intereses chinos cuando firme acuerdos comerciales con otros países.
Esta es la clave, porque el gobierno de Pekín no se fía de que Estados Unidos firme alianzas con otros países que incluyan condiciones que perjudiquen los intereses chinos.
Tierras raras, la verdadera guerra

El otro punto clave en toda esta batalla tiene que ver con las tierras raras y es aquí donde se produce la conexión con el coche eléctrico. Estas materias primas, como el litio, son fundamentales para fabricar las baterías de los automóviles eléctricos y China posee el control total.
Como hemos dicho en anteriores ocasiones, el gigante asiático domina no sólo la extracción de tierras raras, sino también su procesamiento, en un 70% y 90%, respectivamente.
Esto explica por qué los vehículos eléctricos chinos son tan competitivos: las marcas chinas no dependen de terceros, controlan toda la cadena de producción de estos coches.
Pero, y esto es importante, las tierras raras no sólo son necesarias para hacer baterías de coches eléctricos. También para la nueva economía que se está imponiendo, basada en el internet de las cosas, la inteligencia artificial, las nuevas tecnologías… Y lo más importante: la industria militar.
El desarrollo de los equipos militares, armas, software y demás elementos de última generación requieren tierras raras y Estados Unidos no las tiene. Las tiene China. Aquí está la madre del cordero en esta guerra no ya comercial, sino geopolítica, geoeconómica y geoestratégica.
Y esto nos ayuda a comprender por qué Trump quiere acabar cuanto antes con la guerra en Ucrania, para quedarse con las tierras raras que hay en la parte oeste del país, si bien la mayor parte se concentra en el este, bajo control ruso.
Igualmente, explica el interés que ha despertado Groenlandia en los últimos meses, que también tiene tierras raras y petróleo. Si se hace con el dominio de este territorio perteneciente a Dinamarca (Unión Europea-OTAN), además de Canadá, Estados Unidos pasaría a controlar casi la mitad del Ártico, otro enclave geoestratégico. La otra mitad es de Rusia.
¿Por qué es importante el Ártico y puede desencadenar una guerra en el futuro? Porque permite una ruta marítima durante los meses del año en los que hay menos hielo, una ruta alternativa a la ruta de la seda que atraviesa varios focos de conflictos (véase Oriente Próximo) y, además, mucho más corta.
China, que tiene acuerdos con Rusia, puede beneficiarse de esa nueva ruta por el Ártico, de ahí la reacción de Estados Unidos. Estamos en una situación muy parecida a la vivida durante la Guerra Fría. Hay quienes apuntan a que estamos en una Segunda Guerra Fría, con China en el lugar de la Unión Soviética.
Foto destacada: AP Photo/Andy Wong.
