El día en el que André Citroën contrató a un ingeniero militar francés al servicio del zar de Rusia para meter orugas a sus vehículos

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En 1922 André Citroën se propuso cruzar el desierto del Sáhara en coche. Para lograrlo, contrató a un ingeniero militar que había patentado los semiorugas.

Uno de los momentos más importante de la historia de Citroën fue cuando logró la hazaña de atravesar el Sahara en automóvil por primera vez. Para ello, André Citroën contrató a un ingeniero militar francés al servicio del zar de Rusia para meter orugas a sus vehículos.

Desde prácticamente sus orígenes Citroën ha buscado salir de calles y carreteras para conquistar nuevos terrenos, sin olvidar la fiabilidad y el confort a toda prueba que se han convertido en sus señas de identidad.

En 1922, sólo tres años después de su fundación, Citroën aceptó el reto de atravesar el Sahara en automóvil por primera vez. Para André Citroën, lanzarse a realizar hazañas y cruzar tierras vírgenes era el mejor modo de afianzar su imagen y de dotar de un aura de imbatibilidad a su gama de vehículos. 

Para lograr ese objetivo, atravesar el gran desierto de arena era el lugar idóneo. Así que, con el fin de asegurar su éxito y adaptarse a la perfección a las condiciones más difíciles, André Citroën contrató a Adolphe Kegresse.

El ingeniero militar que patentó los semiorugas para cruzar el Sahara

Kegresse era un ingeniero militar francés que había estado al servicio del zar de Rusia y que había patentado un sistema que convertía a los vehículos en semiorugas capaces de enfrentarse sin problemas a las condiciones de la estepa.

Confió la dirección de esta aventura a su hombre de confianza, Georges-Marie Haardt que, además de ser Director General de Citroën, había acumulado experiencia en vehículos blindados durante la Primera Guerra Mundial.

A su lado estaba Louis-Audoin-Dubreuil, con experiencia bélica en unidades de tanques por su condición de piloto de guerra y con un gran conocimiento del Norte de África como oficial de las fuerzas coloniales francesas, en las que estuvo a cargo de los vehículos en expediciones como la Saoura-Tidikelt, en 1919. 

Un equipo compuesto por diez hombres y cinco Citroën-Kegresse, basados en el recién lanzado Citroën B2, salieron del oasis de Touggourt, Argelia, rumbo a la ciudad de Tombuctú, situada en el actual Mali. Ante ellos, 3.500 kilómetros de desierto hostil y desconocido

20 días después, el 7 de enero de 1923, los vehículos entregaron el correo en el Palacio del Gobernador en Tombuctú. El viaje de vuelta alcanzó Touggourt el 6 de marzo de 1923. Este recorrido de ida y vuelta a través de una de las zonas desérticas más extensas del mundo generó un fuerte impacto

Este recorrido de ida y vuelta a través de una de las zonas desérticas más extensas del mundo generó un fuerte impacto. De hecho, el documental en el que se relataba esta aventura llegó a estar cuatro años en cartel en varios cines de París.

El Crucero Negro, una meta aún más ambiciosa

Pero si algo caracterizaba a André Citroën era su inconformismo y pronto empezó a preparar una meta aún más ambiciosa: cruzar África, desde Argelia hasta Madagascar. Se puso en marcha una nueva aventura, bautizada como el Crucero Negro.

El 28 de octubre de 1924 ocho autocadenas Citroën y sus remolques cargados de paquetes, avituallamientos y piezas mecánicas se dieron cita en Colomb Béchar, al sur de Argelia, preparados para lanzarse hacia la árida región de Tanezrouft, “el país de la sed”. 

Eran los primeros pasos de un raid de 24.000 kilómetros a través del Continente Negro. Al volante, una veintena de hombres comandados por Georges-Marie Haardt y Louis Audouin-Dubreuil.

Todo estaba minuciosamente previsto salvo... lo imprevisible. Y las dificultades no faltaron. Además de las enfermedades tropicales, lo más duro fue la lucha contra el terreno. 

En el empedrado desierto, había que trazar la ruta a golpe de pico y para los cruces de ríos, a menudo infestados de cocodrilos, había que fabricar balsas hechas con la ayuda de piraguas o construir puentes improvisados (el más largo de ellos llegó a medir 58 metros). 

Se abrieron pistas a machete a través de las lianas y la espesa vegetación... A todo esto, hay que añadir vuelcos, arenas movedizas, vehículos incendiados, tribus hostiles... Sin embargo, era necesario superar las dificultades para llegar a Madagascar en la fecha prevista. 

El 20 de junio de 1925, en medio de una multitud entusiasta de 60.000 malgaches, tres de los cuatro grupos formados en Kampala (Uganda), entraron en Antananarivo tras haber embarcado desde Mombasa (Kenia), Dar es Salaam (Tanzania) y Beira (Mozambique). El cuarto se unió a finales de agosto, tras haber recorrido 5.000 kilómetros extra para alcanzar Ciudad del Cabo (Sudáfrica).

Además de la proeza técnica de cruzar toda África en automóvil, el Crucero Negro dejó un importante legado en forma de 27 kilómetros de película, 6.000 fotografías y los dibujos y pinturas de Alexandre Iacovleff, que retratan la vida de los pueblos y etnias con las que se encontraron en su camino. 

Y luego... Asia: el Crucero Amarillo

Después de atravesar África, el fundador de Citroën no tenía suficiente y quiso hacer lo mismo en otro continente. Así que en 1931 volvió a reunir al tándem Haardt-Audoin-Dubreuil para poner en marcha el Crucero Amarillo, el desafío de atravesar Asia, pasando por regiones tan extremas como el Himalaya o el Desierto de Gobi. 

Tras el éxito de la expedición africana, esta nueva aventura contaría con el apoyo de la National Geographic Society y la presencia de científicos de primera fila, como el jesuita Pierre Teilhard de Chardin, que acudió en calidad de geólogo y paleontólogo. 

Esta vez, se crearon dos equipos: ‘Pamir’, que salió de Beirut (Líbano), y ‘China’, que lo hizo desde Tianjin. A los más de 12.000 kilómetros por terrenos difíciles se sumaron toda clase de dificultades políticas y burocráticas, desde la prohibición de atravesar territorio soviético hasta la situación conflictiva en China.

En la otra punta del continente las cosas no fueron más fáciles. Tras salir de la capital libanesa el 4 de abril, los semiorugas pasaron por Damasco, Bagdad, Teherán, Herat y Kandahar hasta llegar a Kabul.

En este tramo del trayecto el principal enemigo fue el calor, con temperaturas de hasta 50 grados que llegaban a evaporar la gasolina, lo que reducía la potencia de los vehículos

Pero lo más complicado llegó después, al llegar a la capital de Cachemira, Srinagar, situada a los pies del Himalaya, un territorio virgen para el automóvil. Finalmente, tras diversas peripecias, ambos equipos se encontraron en Urumchi, en el oeste de China. 

El 30 de noviembre reemprendieron la marcha con el reto de atravesar Mongolia y el Desierto de Gobi en pleno invierno. Ahora el problema no era el calor, sino el frío extremo. Las temperaturas eran tan bajas que había que verter agua hirviendo en los radiadores, para evitar que se congelen y los motores debían estar permanentemente en marcha

Por fin, el 12 de febrero de 1932, la expedición llegó a Pekín, completando la aventura asiática después de recorrer más de 12.000 kilómetros llenos de obstáculos y penalidades.

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Álvaro Escobar

Colaborador

Colaborador redacción motor Auto Bild España