La psicología dice que somos más agresivos al volante que en la vida real

Conductor agresivo al volante
Conductor agresivo al volante

Un nuevo estudio psicológico pone en evidencia los grandes cambios de humor de los conductores al volante.

La psicología del comportamiento humano ha encontrado en las carreteras un laboratorio fascinante y, al mismo tiempo, preocupante. Según revelan diversos estudios sociológicos y de tráfico amparados por la DGT, un porcentaje abrumador de la población experimenta una metamorfosis radical al situarse detrás del volante

El fenómeno no es menor, ya que los datos de siniestralidad vial continúan reflejando una dura realidad en las carreteras españolas con miles de víctimas anualesLo verdaderamente alarmante es que la inmensa mayoría de estos siniestros se deben de forma directa a errores humanos fuertemente vinculados con la agresividad, la prisa desmedida y las distracciones.

Es más, los expertos en psicología vial señalan que el automóvil funciona a menudo como una suerte de armadura psicológica. Cuando una persona camina por la calle de una gran ciudad y alguien se cruza en su camino de manera inesperada, la reacción habitual suele guiarse por la cortesía, el apartarse educadamente o, a lo sumo, manifestar una leve molestia contenida. 

Sin embargo, esa misma persona, protegida por las láminas de acero y los cristales tintados de su vehículo, tiende a reaccionar con insultos, ráfagas de luces, frenazos bruscos o adelantamientos intimidatorios si otro conductor realiza una maniobra incorrecta. Esta dualidad de comportamiento evidencia que el coche genera un falso entorno de aislamiento.

Al conducir, las personas tienden a olvidar que los vehículos que las rodean no son entes mecánicos abstractos o meros obstáculos en su camino hacia el destino, sino que están tripulados por seres humanos tan vulnerables como ellos mismos fuera de la vía. 

Este distanciamiento de la realidad provoca que muchos conductores adopten actitudes abiertamente competitivas, individualistas y egoístas que jamás manifestarían en un entorno laboral, familiar o social convencional.

El impacto de esta transformación al volante no afecta a todos los usuarios de la vía pública por igual. Existe un colectivo que sufre las consecuencias de esta agresividad de un modo directo y con un riesgo vital infinitamente superior: los motoristas y los ciclistas

Al carecer de una carrocería protectora que absorba la energía de un impacto, quienes circulan sobre dos ruedas se convierten en las víctimas desproporcionadas de las maniobras temerarias de los conductores transformados. 

Un adelantamiento sin respetar la distancia lateral mínima, un cambio de carril imprevisto por no utilizar los intermitentes o el acoso pegándose a la parte trasera de una motocicleta son conductas agresivas recurrentes que para el conductor de un turismo suponen un simple susto, pero para un motorista implican un riesgo de lesiones graves o fallecimiento.

Ante este panorama, las cifras admitidas por los propios usuarios en los estudios de movilidad resultan reveladoras sobre el estado de la seguridad vial. Una tercera parte de los conductores reconoce de manera abierta que suele saltarse habitualmente los límites de velocidad permitidos o que ignora por completo la obligatoriedad de mantener la distancia de seguridad con el vehículo precedente. 

Por si fuera poco, un porcentaje significativo confiesa ponerse a los mandos de un coche tras haber consumido bebidas alcohólicas. El alcohol, combinado con la fatiga del día a día, las prisas por llegar al trabajo y el estrés cotidiano, crea un cóctel explosivo que multiplica de forma exponencial las reacciones coléricas y nubla por completo la percepción del peligro en la carretera.

La Dirección General de Tráfico y las fundaciones dedicadas a la seguridad vial insisten en la imperiosa necesidad de trabajar en la educación emocional de los conductores

Mientras el marco normativo actual no logre aumentar sustancialmente los controles en carretera o reformar los planes de formación para incidir en la psicología del tráfico, la mejor herramienta de protección para los usuarios más vulnerables, como los motoristas, radica en la prevención activa

Conducir a la defensiva, asumir de antemano el error ajeno y presuponer de manera sistemática que el resto de los vehículos no se han percatado de nuestra presencia se han convertido en pautas indispensables para sobrevivir al asfalto diario.

La transformación psicológica que sufrimos en el coche es un reflejo de una sociedad acelerada que traslada sus frustraciones a la carretera. Aprender a conectar con nuestro estado emocional antes de arrancar el motor y entender que el habitáculo no nos exime de nuestras responsabilidades cívicas es el único camino para frenar una violencia vial que destroza miles de familias cada año. 

El verdadero reto del futuro automovilístico no se encuentra únicamente en la tecnología de los vehículos, sino en lograr que los conductores mantengan la misma humanidad y respeto al volante que demuestran cuando van a pie.

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Alicia Pérez

Colaboradora

Colaboradora redacción motor Auto Bild España