He probado el Vector W8 Twin Turbo, el coche con componentes de un avión de combate y más de 600 CV que fue un rotundo fracaso

Jan Götze con el Vector W8 Twin Turbo
Jan Götze con el Vector W8 Twin TurboAUTO BILD Syndication
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Por suerte, he conducido muchos coches espectaculares, pero el Vector W8 Twin Turbo los supera a todos. Este superdeportivo gana por potencia, diseño y exclusividad, pero pierde por su comportamiento en carretera.

No estoy en una sauna de vapor, sino conduciendo el Vector W8 Twin Turbo, uno de mis sueños automovilísticos de la infancia.  Un superdeportivo con una potencia exagerada que estaba concebido para ser un F-16 para carretera, pero que quedó inacabado. 

El sudor me corre por las sienes. Estoy completamente empapado, en parte porque aquí dentro hay unos 50 grados, o al menos así lo parece.

¿Y cómo he llegado a desear tanto este modelo? Empecemos por el principio, con una pregunta trampa: ¿qué expectativas tienes cuando piensas en comprar un coche nuevo? ¿Tecnología moderna, equipamiento de todo tipo, un alto nivel de seguridad? Que un coche recién salido de fábrica sea fiable y, sobre todo, completamente funcional, se da por sentado, ¿no? Pero no con este modelo. Vamos a conocer su historia.

La absurda historia de uno de los coches más estrafalarios de la historia del automóvil

¿Nunca habías oído hablar del W8 Twin Turbo? No me extraña. Entre 1990 y 1993 solo se construyeron 17 unidades para clientes exclusivos, más dos prototipos. Decir que es raro es quedarse muy corto. En Europa solo existen tres W8 Twin Turbo. Uno está en Romanshorn (Suiza) y forma parte del museo Autobau Erlebniswelt. El chasis 008 sigue en manos de su primer propietario, y hoy tengo el honor de conducir esta “arma de alta tecnología para la carretera”, como la propia Vector lo anunciaba en su día cuando quería atraer clientes.

Antes de girar la llave, toca una pequeña clase de historia. El hombre detrás de este ovni sobre ruedas se llamaba Gerald 'Jerry' Wiegert y falleció en 2021. Wiegert era un ingeniero estadounidense y todo un visionario, pero lamentablemente no se puede decir que fuera un gran hombre de negocios. 

Como consecuencia, Vector nunca llegó a ser una empresa rentable y, tras varios cambios de propietario, desapareció por completo en 2021.

La idea de crear su propio deportivo le vino a Wiegert en 1972. El concepto para ese modelo, que se llamaría W2, era sencillo: debía montar un motor de cuatro cilindros con dos litros de cilindrada y unos 250 CV. También debía ser más barato que un Corvette, el deportivo asequible más deseado del momento. 

Pero las cosas tomaron otro rumbo. Wiegert, que en principio era delineante técnico en GM, abandonó la empresa americana tras una disputa con sus jefes y fundó junto a Lee Brown la Vehicle Design Force, que en 1978 se convertiría en Vector Motors Corporation. 

Pronto, este ingeniero empezó a planear construir el superdeportivo más rápido del mundo hecho en América. Ese mismo año, el prototipo del W2 ya era funcional, pero sobre todo por causas económicas el proyecto se estancó. Aunque el W2 se mostró durante años en los medios, se repintó varias veces y supuestamente acumuló más de 100.000 kilómetros hasta 1990, nunca se entregó ni un solo coche a un cliente, y eso que había algunos interesados.

Aun así, Wiegert no renunció a su visión. En 1987 la empresa pasó a llamarse Vector Aeromotive Corporation, y por fin consiguió inversores; tantos, que la compañía llegó a tener hasta 80 empleados. En 1990, casi 20 años después de concebir el W2, se presentó en el Salón de Nueva York el primer Vector listo para producción: el W8 Twin Turbo.

Ahora avancemos 35 años. Estoy frente a un Vector W8 Twin Turbo negro y me deja sin palabras. Si no lo supiera, jamás creería que este ovni es oficialmente un coche clásico y que su diseño tiene casi 50 años. Aunque el W8 fue desarrollado desde cero, su estética futurista procede del W2.

Vector W8 Twin Turbo tiene unas medidas muy locas

Mi primer contacto con este coche tan extraño como fascinante fue allá por el año 2000, cuando a mis nueve años pasaba horas jugando al videojuego Gran Turismo 2 en la PlayStation. 

Por eso este momento es tan especial: estoy delante de uno de mis sueños automovilísticos de la infancia, un coche tan raro que muy poca gente ha oído hablar de él, y menos aún lo ha visto. Lo observo con fascinación: tiene solo 1,08 metros de alto, pero 2,08 metros de ancho, lo que le da un aspecto aún más impresionante, imponente y amenazador. 

Las puertas y el capó están hechos en aluminio, mientras que el resto de la carrocería es una mezcla de fibra de carbono y Kevlar que pesa apenas 45 kilos. 

Por su parte, el monocasco es un chasis tubular unido a paneles de nido de abeja de aluminio. Para fabricar cada W8 se utilizaron unos 5.000 remaches aeronáuticos, lo que ya de por sí suponía un verdadero reto.

Vector W8 Twinturbo
Vector W8 TwinturboJan Goetze

A pesar del enorme esfuerzo técnico, el W8, de solo 4,37 metros de largo, pesa alrededor de 1.500 kilos, una cifra que puede no sonar a mucho en los tiempos que corren pero que en aquella época era demasiado elevada. 

Eso se debe a que Wiegert no quería renunciar al equipamiento de los mejores coches de lujo: aire acondicionado, asientos eléctricos de cuero, control de crucero e incluso un cargador de CD de diez discos formaban parte de la dotación de serie. Supuestamente también se plantearon un Head-Up Display y una cámara de marcha atrás, pero de eso no hay ni rastro, al menos en el coche que tengo ante mí. 

La única condición que se autoimponía Wiegert para llevar a cabo este proyecto era que todas las piezas debían fabricarse en Estados Unidos. Que montar lo mejor era un requisito queda claro con detalles como las salidas de aire mecanizadas a partir de un bloque macizo, procedentes por cierto de un caza de combate, o la pantalla monocroma tomada de un tanque Abrams. ¿Por qué no? ¡Qué demonios!

En ese panel, aparte de las revoluciones y la velocidad, el conductor puede consultar infinidad de datos del coche. Lo más sorprendente es que la pantalla sigue funcionando perfectamente casi 35 años después, algo que no pueden decir los poseedores de modelos de ultralujo de aquella época como los de los Aston Martin Lagonda. Pero aquí el mérito es del propietario, Alfred 'Fredy' Lienhard, un aficionado a los coches que lo ha puesto al día con máxima atención y gusto por el detalle.

Por cierto, aquí llegamos a otro giro increíble en la historia del W8. En 1990 se completaron tres unidades, y otras tres al año siguiente. Uno de los clientes fue el tenista Andre Agassi, que compró el chasis 005 y pidió recibirlo puntualmente para la celebración de su 21 cumpleaños. 

Wiegert le advirtió varias veces de que no podía cumplir ese plazo, pero Agassi insistió en recibir el coche el 29 de abril. Finalmente Wiegert cedió y entregó un coche inacabado, probablemente para no espantar a otros clientes famosos. Agassi, descontento con su W8 no funcional, llegó a decirle públicamente a Wiegert: “Constrúyeme un coche que pueda sacar del garaje sin riesgo de explosión y te lo compraré”. La reputación de Vector quedó dañada para siempre, y no precisamente por culpa del fundador de la marca...

Aunque el año 1992, con nueve unidades entregadas, fue el año más exitoso de Vector, la empresa entró en problemas financieros. Por casualidad, el empresario y piloto Fredy Lienhard estaba suministrando equipamiento industrial a Vector a través de su empresa Lista y cuando Vector no pudo pagar las facturas, se produjo un curioso intercambio: Wiegert ofreció a Lienhard un W8 Twin Turbo por una fracción del precio original. En lugar de los 489.000 dólares que se rumoreaba que costaba, Lienhard pagó 189.000 dólares.

Cuando el chasis 008 llegó a Suiza, empezó el verdadero trabajo, como me cuenta Fredy Lienhard Jr. Los primeros cinco años el coche estuvo parado en el taller, porque había que terminarlo. Hoy, tras incontables horas de trabajo, el Vector funciona de forma fiable, gracias a un laborioso trabajo de detalle.

Y por fin ha llegado mi gran momento. Abro la puerta de tijera, al estilo de los Lamborghini V12, y cuyo tirador parece que costó 800 dólares, y me deslizo en la cabina tipo cúpula. Los asientos Recaro de cuero negro están colocados muy bajos, y una vez que me desplomo en ellos disfruto de su comodidad. 

Pero la posición de conducción es, siendo amable, peculiar: el asiento está ligeramente girado hacia la derecha, y el volante, con un enorme almohadillado que parece sacado de un coche de choque, está desplazado hacia el centro. Pero nada supera la posición de los pedales: también están desplazados a la derecha y, debido a la ausencia de túnel central, incluso podrían ser accionados por el pasajero. Una locura.

Arrancar el W8 no tiene nada de espectacular. Basta girar una llave convencional para que el ocho cilindros cobre vida. Me he guardado los datos técnicos hasta ahora: el motor es un V8 de 6,0 litros con cárter seco, basado en un Chevrolet Small Block, profundamente modificado por Rodeck con pistones de aluminio, inyección electrónica y algunos detalles más en elementos clave. Además, gracias a dos turbocompresores Garrett, la potencia asciende a 634 CV, unos 200 más que en la versión estándar. 

Pero creo que más impresionante aún es el par máximo de 854 Nm, que trajo consigo un problema importante: a finales de los 80 no existía ninguna caja manual capaz de soportar semejante fuerza. Así que no hubo más remedio que montar una automática. Wiegert eligió una Turbo-Hydramatic 425 que fabricaba General Motors, y que tuvo que modificar a fondo. Solo tiene tres marchas, pero muy largas. Y a pesar de ellos Vector anunciaba un 0–100 km/h de entre 3,9 y 4,3 segundos y una velocidad máxima superior a 350 km/h. 

Vector W8 Twinturbo
Vector W8 TwinturboJan Goetze

Algunos informes incluso hablan de 389 km/h, aunque no están verificados y en las pocas pruebas de la época nunca alcanzó esas cifras. Yo tampoco puedo (ni quiero) comprobarlo hoy en las carreteras suizas por donde circulo. Lo que me importa es la experiencia de conducir un Vector, y eso empieza al engranar la marcha. Debido a la ausencia de túnel central, tuvieron que colocar la palanca del cambio a la izquierda, en el umbral de la puerta, y parece el mando de potencia de un avión. La tiro hacia arriba y luego hacia atrás. Primera engranada. Suelto el freno y no me lo creo: estoy conduciendo un Vector W8 Twin Turbo.

El display monocromo indica que el coche solo ha recorrido 2.247 kilómetros, porque el W8 no puede homologarse en Suiza. Gracias a una matrícula temporal puedo circular igualmente. Lo primero que noto es que la dirección es sorprendentemente ligera: no solo el acolchado del volante recuerda a un coche de choque. Por lo demás, el W8 se conduce de forma que se podría definir como civilizada. Y las marchas son tan largas que Fredy me recomienda manejarlas de manera manual, y así lo hago.

Cuando el motor del coche alcanza la temperatura adecuada, acelero con contundencia por primera vez y me sorprendo: no se siente como si tuviera más de 600 CV y 800 Nm. La caja automática se come buena parte de la potencia, pero mi sensación es que como mucho unos 300 o 400 CV llegan a las ruedas traseras. Más tarde Fredy me explicará que han reducido la presión de sobrealimentación porque el W8 nació con problemas crónicos de temperatura. Esto se debe a su peculiar disposición, con el V8 montado de manera transversal detrás de mí y con los intercoolers colocados de forma muy poco favorable, en el lado del pasajero. Cuestión de diseño...

Pero no tengo mucho tiempo para pensar en la potencia, porque aparece otro problema: hace un calor insoportable dentro del habitáculo. Me habían avisado de que el aire acondicionado, que por supuesto era un requisito importante cuando se fabricó, no está cargado, ya que el coche pasa meses expuesto en el museo. Y lo que no sabía es que las ventanillas no se pueden abrir. En realidad, solo se puede abrir una pequeña parte de la ventana superior, pero el mecanismo está roto. No hay aire fresco, y el techo de cristal tampoco se puede abrir, solo desmontar entero. Al principio no me parecía algo tan grave, pero tras media hora se volvió crítico. Con las superficies acristaladas y un V8 enorme detrás, en un día en el que llegamos a los 28 grados en el exterior, el sudor me cae a chorros por las sienes. Necesito una pausa y agua.

Abro el capó para ver el V8 más de cerca. El hueco está aprovechado al milímetro. Fredy me explica las modificaciones necesarias para que el coche sea utilizable. Además de la electrónica, muchas piezas carísimas se han sustituido por alternativas más baratas. Por ejemplo, abrazaderas aeroespaciales que costaban más de 100 dólares, se han cambiado por piezas de cinco euros que hacen el mismo trabajo. Hay que ser ingenioso para encontrar recambios: ni siquiera los neumáticos Michelin XGT Plus están ya disponibles, por lo que a la hora de arreglar algo o reemplazar, el ingenio es vital.

Tras refrescarme, salgo para darme una segunda vuelta. Ahora no es el sol, sino un chaparrón repentino el que me impide probar el coche de verdad. Al menos puedo usar el limpiaparabrisas... que procede de un Boeing 747. A estas alturas, seguro que ya no te sorprende. Y cuando la carretera finalmente se seca, acelero de nuevo. El sonido es espectacular, con petardeos incluidos, pero tengo que reconocer que el coche no es lo que se podría definir como rápido.

Al regresar al museo Autobau Erlebniswelt tengo sentimientos encontrados. Por un lado, me alegra bajarme, porque conducir un coche que hoy vale entre 500.000 y 800.000 euros ha sido mental y físicamente agotador. 

Por otro, la experiencia no ha sido tan espectacular como imaginaba. El Vector W8 Twin Turbo vive de su estética increíble y de sus innumerables detalles, y no sorprende que tenga una comunidad de fans, pero se cumple el dicho ese de "no conozcas a tus héroes".

Mientras me enfrío de nuevo, camino alrededor de este ovni negro, absorbo cada detalle y sigo sin palabras ante su diseño y el valor de llevar a la realidad un coche así. 

Vector W8 Twinturbo
Vector W8 TwinturboJan Goetze

Me quito el sombrero, aunque sea imaginario, ante Gerald 'Jerry' Wiegert y su visión tan particular de cómo debía de ser un deportivo de lujo en los ingenuos primeros pasos de la década de los 90. El Vector W8 Twin Turbo es y seguirá siendo uno de mis sueños automovilísticos de la infancia, aunque una vez conducido, creo que no puedo decir que sea el mejor coche que he conducido. Lo que, por otro lado, es algo que sentía que iba a ocurrir. 

Por suerte, he conducido muchos coches espectaculares, pero el Vector W8 Twin Turbo los supera a todos. Su diseño, la riqueza de detalles y su exclusividad son incomparables y compensan su comportamiento en carretera, que deja bastante que desear. En mi opinión, el Vector W8 Twin Turbo nunca ha recibido el reconocimiento que se merece.

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