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Crónica desde el paddock: “Y la F1 bajó de los cielos”

Crónica desde el paddock: “Y la F1 bajó de los cielos”

Rebeca Álvarez

16/05/2017 - 19:59

Y lo hizo en tres días. Tiempo suficiente para darte cuenta de que la resurrección de esta competición parece inminente y que trabajan para convertirla “en una de los nuestros”.

Asistir a un Gran Premio de Fórmula 1 para un
auténtico aficionado es poco menos que un regalo de Dios; sin
embargo, en los últimos años era vox populi que estaban pagando
“justos por pecadores” y que el divinismo se había apoderado del
Gran Circo de tal manera que el deporte había quedado relegado a un
segundo plano. 

Las cuotas de espectadores y
de asistencia
a los circuitos avisaban: la Fórmula 1 había
entrado en estado crítico y estaba cavando su propia tumba. El
espíritu de las carreras se había disipado y la decepción se estaba
apoderando del público. En pocas palabras: olía a rancio. 

Sin embargo, un buen día saltó la liebre: Ecclestone, “el hombre
que inventó la Fórmula 1”-como dice Tom Bower en su libro-, era
despedido. Borrado de un plumazo del que había sido su imperio
durante 39 años

En su lugar, sonaba Liberty Media, un gigante
audiovisual que trae en su mismo nombre la esperanza de cambio y de
libertad. Pero, ¿de qué manera? Modificar algo que lleva tantos
años en marcha sin jugársela no es fácil y mucho menos cuando
quieres mezclar dos culturas de carreras tan diferentes entre sí:
la europea y la americana. “Iremos poco a poco... es un plan a
largo plazo”, aseguraban. 

Sin embargo, estamos en 2017 y apenas han pasado 5 meses desde
que la nueva dirección de la F1 se
diera a conocer -si bien es cierto que su sombra se había tendido
sobre el Gran Circo mucho antes- pero llego a Montmeló y ya percibo
una atmósfera extraña. Más fresca, más amable... Ya lo había notado
durante la pretemporada de F1 2017.

Me dirijo hacia el paddock por los aledaños y tras atravesar la
zona de la F2, GP3 y Porsche Supercup -más accesible que
otros años-, llego a una alfombra de cesped artificial que me lleva
a un gran arco en el que se sitúa el control de acceso. A los
laterales hay lienzos en blanco en los que un joven artista dibuja
caricaturas de los pilotos y junto a él, numerosos aficionados
esperan la llegada de alguno de ellos, en carne y hueso. Esta
pasarela hacia el paddock es ya un escaparate de
lo que nos espera dentro... 

Heineken, nuevo patrocinador global de la F1, ha montado justo a
la entrada un chiringuito en el que sentarse a descansar y, ¡cómo
no!, beber una cerveza 0,0. Estaría bien quedarse ahí, pero lo
dejaremos para cuando llegue el momento de sentarse a asimilar lo
ocurrido durante el GP de España de F1.

Si la Fórmula 1, al menos la que está por venir, le pertenece al
público, el cuerpo me pide visitar la 'funzone', un lugar
donde cientos de aficionados pueden sentirse más cerca de las
carreras y disfrutar del fin de semana: actividades como participar
en un cambio de neumáticos, levantar una bandera a cuadros, bailar
en un concierto o firmar un McLaren junto a Mika Hakinnen pueden
marcar la diferencia entre sentirse o no parte de la Fórmula 1,
aunque en la entrada no ponga 'VIP guest'.

Por suerte, este año las carreras ayudan pues el abanico de
colores candidatos a la victoria es ahora mucho más amplio, aunque
siempre acabe siendo cosa de dos -Ferrari y Mercedes- y aunque a
pesar de esto, algunos tengan que sudar más que otros en el
asfalto, como puede ser el caso de Kimi Raikkonen. 

Mientras el finlandés suda en la pista, a algunos de sus
seguidores les toca derramar lágrimas. Silencio en la sala de
prensa, miradas clavadas en las tablas de tiempos. Iceman
abandona y de repente, un niño llora en la
pantalla.
Y los números se convierten en una cara y ya no
importa la máquina, sino la conmoción que provoca ver a alguien tan
pequeño sufrir por la misma pasión que hoy a todos nos reune aquí,
en este circuito, y seguramente a ti, que me estás leyendo.

Es entonces cuando la Fórmula 1 se torna humana. Y vemos a
los
pilotos abrazar a un niño
y estrechar las manos de sus padres;
y es entonces cuando todo se parece un poco más a eso que Liberty
defiende: una Fórmula 1 para todos los públicos. Público que puede
saltar a la pista para celebrar la victoria más cerca del podio.
Vallas abiertas. Libertad. 

Bernie abandona ya el circuito, pero no hay sobre él ninguna
cámara; están grabando como una madre explica en la televisión,
entre sollozos, que el gato de su hijo Thomas se llama Schumi.
 “Damas y caballeros, enciendan sus motores”... Parece que la
nueva era de la Fórmula 1 ha empezado antes de lo
que esperábamos. Se escucha alboroto frente al motorhome
de Red Bull. Un robot anda por el paddock, cientos de móviles lo
inmortalizan... Hemos viajado al futuro. Y me gusta. 

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