Los científicos coinciden: nos gusta el olor a gasolina por uno de sus componentes

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El benceno es uno de los responsables del olor característico de la gasolina, pero no es el único motivo por el que nos gusta. La psicología también tiene algo que decir.
Hay una sensación común en todos: llegar a una gasolinera, bajarnos del coche, coger la manguera y disfrutar del olor del carburante. Pero, ¿por qué ocurre esto? La respuesta la tienen la ciencia y el benceno, un líquido incoloro con olor dulce.
Es cierto que no a todo el mundo le gusta el olor tan particular de la gasolina. Sin embargo, no deja a nadie indiferente: lo amas o lo odias. Lo raro del primer grupo es que adora el aroma de un combustible fósil compuesto por una compleja mezcla de sustancias químicas altamente tóxicas e inflamables.
Precisamente esta dualidad es lo que ha fascinado durante años a los científicos y psicólogos hasta el punto de querer estudiar el porqué de este particular gusto por la gasolina.
El principal responsable de este placer es uno de los compuestos que incorpora la gasolina. Aunque en principio no es perjudicial para la salud, lo cierto es que hay que tener cierto cuidado.
El benceno tiene un efecto en el cerebro
El principal responsable de que la gasolina huela de esa manera tan particular es el benceno, un hidrocarburo líquido que se añade a los combustibles para mejorar el rendimiento del motor y aumentar el octanaje.
A diferencia de lo que se podría esperar de un producto industrial tan potente, el benceno posee de manera natural un aroma dulzón y penetrante que estimula con gran facilidad nuestros receptores olfativos.
Junto con el benceno, la gasolina contiene una mezcla de otros compuestos químicos conocidos como BTEX (tolueno, etilbenceno y xilenos).
Debido a sus estructuras moleculares en forma de anillo, estos elementos se evaporan con extrema rapidez a temperatura ambiente, liberando moléculas volátiles al aire que entran en contacto directo con nuestra nariz en cuestión de segundos.
La ciencia también apunta a una explicación fisiológica relacionada con cómo procesa nuestro sistema nervioso estos vapores. Cuando inhalamos pequeñas cantidades de benceno, como ocurre de forma totalmente inofensiva al llenar el depósito del coche, estas sustancias llegan rápidamente a los receptores olfativos y de ahí al bulbo olfativo, conectado directamente con el sistema límbico, la zona del cerebro que procesa las emociones.
Algunos especialistas señalan que los hidrocarburos pueden ejercer un leve efecto depresor temporal en el sistema nervioso central, lo que genera una fugaz sensación de euforia o bienestar que el cerebro interpreta, erróneamente, como una experiencia placentera.
La gasolina de Proust
Sin embargo, desde el lado de la psicología, el motivo por el que nos gusta el olor a la gasolina es algo mucho más profundo. Buena parte de esta sensación tiene que ver con los recuerdos, como refleja el efecto Proust.
Este filósofo francés explicaba cómo un estímulo sensorial, en este caso un olor, tiene la capacidad instantánea de transportarnos a vivencias pasadas y evocar recuerdos intensos de la infancia.
Es decir, el olor a la gasolina nos gusta porque lo relacionamos con viajes familiares por carretera, vacaciones de verano, excursiones o momentos compartidos con seres queridos en el coche.
El cerebro archiva estas vivencias positivas junto con el telón de fondo olfativo del momento, de modo que cada vez que percibimos ese rastro químico, revivimos de forma inconsciente aquella sensación de seguridad y aventura.
Aunque exponernos de forma puntual a este olor no es perjudicial, sostenerlo en el tiempo sí puede serlo. La exposición prolongada o intencionada a los vapores de la gasolina es altamente peligrosa.
El benceno está clasificado como una sustancia cancerígena y su inhalación excesiva puede provocar daños neurológicos graves, mareos y problemas respiratorios.



