Tazio Nuvolari, el piloto sin miedo que dejó sin palabras a Enzo Ferrari

Te cuento la historia de Tazio Nuvolari, el increíble piloto admirado por Enzo Ferrari que desafió los límites del cuerpo y la máquina para convertirse en leyenda.
Me encuentro en Mantúa (o Mantova, en italiano), una ciudad situada al norte del país, a un paso de Verona y a algo más de dos horas de Milán. Aunque este es un viaje de ocio, he hecho lo posible para casualmente hacer una parada en este lugar que, a pesar de su riqueza cultural, no suele figurar entre los destinos más destacados en las guías turísticas. Pero yo no he venido hasta aquí por sus monumentos, a los que también dedicaré su debida atención, sino por un gran piloto de carreras: Tazio Nuvolari.
Es muy probable que nunca hayas oído hablar de él, y es lo más normal, salvo que seas un enamorado de los coches de carreras, de Le Mans, la Mille Miglia y de la era del automovilismo previa a la Fórmula 1, donde Tazio demostró un talento sobrehumano. Llevó su cuerpo y su mente al límite, hasta el punto de convertirse en un piloto temerario: corrió lesionado sobre coche y moto, en una ocasión incluso sin volante, y Enzo Ferrari admiraba su increíble capacidad de conducción.
Nuvolari nació en Castel d'Ario, una pequeña localidad de la provincia de Mantúa, en 1892. Cuando empezó a competir, se le comenzó a conocer como "Il mantovano volante", llevando así el nombre de su tierra por todo el mundo. Hoy, como símbolo de gratitud y orgullo, la ciudad guarda su memoria en un lugar de culto: el Museo Tazio Nuvolari.
Curiosamente, este discreto pero evocador museo ocupa lo que fue la antigua Iglesia del Carmelino, a escasos quince minutos del centro de la ciudad. Desde el exterior, el edificio mantiene intacta su silueta eclesiástica, con una fachada sobria, de líneas limpias y tejado a dos aguas, como si aún esperara a sus feligreses. Pero dentro lo que se respira es pasión por la velocidad.
Al llegar, me recibe una amable señora, que nos hará una breve presentación tanto del espacio como de algunas de las piezas más destacadas de la colección, de las que podremos ir viendo su historia en una guía audiovisual.
"Oh, es usted el periodista español que nos escribió al email hace unos días...", me comenta un tanto sorprendida de que finalmente haya venido. Al mismo tiempo, la persona que me acompaña descubre que la llegada a esta ciudad no era tan casual como parecía. Así, comenzamos el viaje por la historia de un piloto simplemente espectacular.

Tazio Nuvolari, un piloto tan desconocido como épico
La primera vez que conocí unas breves pinceladas sobre la historia de Tazio Nuvolari fue en la película Ferrari. No en la que se estrenó el año pasado en el cine, sino en otra magnífica obra centrada en la figura de Enzo Ferrari (interpretado por el genial actor italiano Sergio Castellitto) estrenada en el año 2003 que llegó a mi televisión en la extinta Localia TV.
En esta película, ambientada en los últimos años de Enzo Ferrari como piloto y justo antes de fundar la Scuderia que llevaría su nombre, tenía una obsesión: comprender cómo diablos hacía Nuvolari para ser tan rápido. Le desconcertaba su estilo tan agresivo y su forma de deslizar el coche en las curvas como si controlara una bestia indomable con un control casi sobrenatural.
Tazio había nacido en el seno de una familia dedicada a la agricultura, en la que había pasión por la competición, ya que su padre Arturo era ciclista y su tío Giusseppe compartía esa misma labor con la de piloto de motos. Gran admirador de este último, fue él quien le enseñó a controlar una moto y la leyenda cuenta que con apenas 13 años comenzó a tomar prestado el coche de su padre para conducir mientras todos dormían.
Con 23 años, se sacó la licencia para competir en moto, pero el estallido de la I Guerra Mundial le hizo abandonar los posibles planes para competir. Eso sí, en el ejército optó por conducir ambulancias, camiones, coches... algo que consideraba que se le daba bien y disfrutaba. El 'mazazo' vino cuando un superior le dijo: "olvídate de conducir, porque esto no es lo tuyo".

Hizo oídos sordos: Nuvolari comenzó su carrera deportiva con 28 años
Tazio Nuvolari combinó la competición en motos y coches desde que obtuvo su primera licencia de piloto de motociclismo en 1920. Los éxitos no tardaron en llegar: ese mismo año se casó con Carolina Perina y poco después nació su primer hijo, Giorgio; años más tarde llegaría el segundo, Alberto. Mientras alternaba pruebas en dos y cuatro ruedas, Nuvolari comenzó a destacar como motociclista, proclamándose campeón de Europa en 1924 y logrando múltiples victorias con la Bianchi 350, incluso frente a rivales de mayor cilindrada.
Al término de la década de 1920, decidió enfocarse plenamente en los coches. En 1927 participó por primera vez en la Mille Miglia, donde obtuvo un prometedor décimo puesto, y en 1928 logró su primer gran triunfo internacional al imponerse en el Gran Premio de Trípoli. Ese mismo año fundó su propia escudería y, tras más victorias como la del circuito de El Pozzo, se consolidó como uno de los principales pilotos del panorama.
En 1930 se alzó con la victoria en la Mille Miglia, batiendo el récord de velocidad media, y firmó contrato con Alfa Romeo para convertirse en piloto de la Scuderia Ferrari, entonces encargada de gestionar el equipo de carreras de la marca. Enzo Ferrari, impresionado por su talento, lo convirtió en su piloto estrella.
Durante la primera mitad de los años treinta, Nuvolari encadenó victorias legendarias: ganó el Gran Premio de Mónaco, las 24 Horas de Le Mans, la Targa Florio y los Grandes Premios de Italia y Francia, lo que le valió el título de Campeón de Europa en 1932, el más prestigioso del automovilismo en aquella época.
Sin embargo, los desencuentros con Ferrari —motivados por su deseo de mayor independencia y beneficios económicos— le llevaron a correr con Maserati y MG, con los que también logró grandes éxitos. Tras un intento fallido de incorporarse a Auto Union, regresó a Ferrari en 1935.

Ese año protagonizó una de las gestas más memorables del automovilismo: su victoria en el Gran Premio de Alemania en Nürburgring, "la victoria imposible". A los mandos de un Alfa Romeo claramente inferior frente a los potentes Mercedes-Benz y Auto Union - vehículos con apoyo del régimen nazi -, Nuvolari superó a todos los favoritos con una actuación brillante. El piloto Von Brauchitsch diría que “corrió como el diablo”.
Aquel triunfo, en territorio alemán, le hizo ganarse el respeto incluso de sus rivales. No en vano, en 1938 y 1939 sería finalmente fichado por Auto Union, con quienes también cosechó importantes resultados.
Tras el parón obligado por la Segunda Guerra Mundial, Nuvolari volvió a las pistas con marcas como Maserati, Cisitalia y Ferrari. A pesar de su edad y salud ya frágil, en 1947 ganó una mítica Mille Miglia bajo un diluvio torrencial. Un año después, en 1948, y con 56 años, estuvo a punto de repetir la hazaña con un Ferrari, pero una avería mecánica le privó de la victoria tras una remontada épica.
Su última carrera tuvo lugar en abril de 1950, cuando se impuso en la Subida Palermo-Monte Pellegrino con un Cisitalia preparado por Abarth. Aquella fue su última victoria y su despedida de la competición.
Tazio Nuvolari falleció el 11 de agosto de 1953, a los 61 años, tras un año de convalecencia a causa de un derrame cerebral y afectado por divesas dolencias respiratorias. No murió al volante, como muchos pronosticaban, sino en su cama en Mantua. En su tumba puede leerse: “Correrás aún más rápido por las carreteras del cielo”.

La locura de Nuvolari: se rompió dos piernas y aún así corrió; pilotó sin volante...
La leyenda de Tazio Nuvolari no puede entenderse sin sus hazañas casi sobrehumanas, a medio camino entre la temeridad y el mito. En 1925, durante el Gran Premio de Monza, corrió con un corsé de cuero tras haberse fracturado tres costillas en una carrera anterior. Apenas podía moverse y, aun así, pidió a sus mecánicos que lo subieran a la moto y lo ataran para no caer. No sería su única proeza de ese tipo: tiempo después ganó una carrera con las dos piernas enyesadas tras romperse ambas en un entrenamiento.
Era ese tipo de piloto que convertía lo imposible en posible. En 1933, durante las 24 Horas de Le Mans, una rotura en el depósito provocó una fuga de combustible al amanecer. Parecía inevitable la retirada, pero Nuvolari y su compañero Raymond Sommer improvisaron una solución surrealista: pidieron a varios asistentes que reunieran todo el chicle posible por los alrededores del circuito. Con los bolsillos llenos, Sommer selló el depósito con chicle, y así, vuelta tras vuelta, ganaron la prueba tras completar 233 giros, superando al Alfa Romeo rival de Luigi Chinetti y Philippe Varent.
Un año antes, en la Mille Miglia de 1932, Nuvolari firmó una de sus victorias más célebres. A los mandos de un Alfa Romeo 8C 2300 Monza de la Scuderia Ferrari, libró una batalla legendaria con su eterno rival Achille Varzi.
En los compases finales, ya caída la noche, Nuvolari apagó las luces de su coche para adelantar a Varzi sin ser visto. Solo cuando Tazio cruzó la línea de meta en Brescia - con una media récord de más de 100 km/h - su adversario entendió lo que había ocurrido. Fue el primer piloto en lograr tal promedio en la Mille Miglia, consolidando su lugar en la historia.
Su arrojo no decayó con la edad. El 3 de septiembre de 1946, con 54 años y después de la Segunda Guerra Mundial, protagonizó una escena que dio la vuelta al mundo. En una carrera en Turín con un Cisitalia D46, el volante se desprendió durante la segunda vuelta. Sin detenerse, Nuvolari lo sostuvo en la mano y siguió pilotando el coche girando la columna de dirección con una pequeña llave inglesa. Completó dos vueltas más ante un público enloquecido hasta que se detuvo en boxes, desvelando el truco.
Su valentía en la pista contrastaba con la tragedia personal fuera de ella. Perdió a sus dos hijos, Giorgio y Alberto muy jóvenes por la tisis y la nefritis. A pesar de ello, encontró fuerza para seguir compitiendo. También sufría una enfermedad pulmonar, atribuida a la exposición continuada a los gases de los motores, que le impedía respirar con normalidad, por lo que al final de su carrera deportiva solía tratar de sacar la cabeza del habitáculo tanto como fuese posible para respirar mejor.
En Nürburgring, tras su mítica victoria de 1935 frente a las temibles flechas plateadas alemanas, un militar nazi se le acercó y le advirtió: “¿Sabe que por su forma de pilotar podría morir un día en la pista?”. Nuvolari, sin pestañear, respondió: “¿Y usted dónde cree que morirá?”. El militar replicó: “Espero que en la cama, tranquilo”. Tazio remató: “¿Y no se pone nervioso cada noche cuando se va a dormir?”.
Después de esta inmersión en la vida e historia de Tazio Nuvolari en el Museo Nuvolari de Mantúa, y de una buena mañana alrededor de Mantúa (reitero la recomendación de visita), me dispongo a continuar mi camino hasta Milán. No sin antes pasar - de nuevo casualmente - por antiguas carreteras de la Mille Miglia y pasar por el trágico punto en Guidizzolo donde Alfonso de Portago perdió la vida en 1957. Pero esa historia ya te la conté otro día.