Reportaje

Coches clásicos

Ford T, el coche de los tiempos modernos

Rafael García

20/12/2012 - 12:33

En 1908 nació el Ford T, el coche de los tiempos modernos. Además, fue el primer modelo en el mundo en construirse medante la fabricación en cadena, toda una revolución en el mundo del automóvil.

Hace un siglo que Henry Ford hizo historia con el Ford T, el coches de los tiempos modernos. Conocido familiarmente como Tin Lizzie, al introducir la producción en cadena inspirada en los mataderos de Chicago. Así decidió trasladar el trabajo de la cadena de montaje de Detroit a sus hangares y fabricar el primer coche para la gran masa.

Al principio, Ford y sus ingenieros comenzaron fabricando 19 coches, nombrados con las letras de la A hasta la S. Algunos sólo se quedaron en el papel y otros llegaron a ser una realidad como el modelo N, uno de los más reconocidos. Este coche en concreto tenía cuatro cilindros que salió a la venta al precio de 500 dólares.

Ford con el Ford T

Henry Ford junto al coche de los tiempo modernos

Sin embargo, el Ford T se convirtió en el más famoso y utilizado en 1908. El éxito llegó gracias a su facilidad para repararlo, la robustez de sus materiales y su bajo coste. Incluso redujo su precio inicial (825 dólares) hasta los 260 dólares, una cifra que los trabajadores de Ford eran capaces de amasar en poco tiempo para comprarse el suyo propio (cobraban 5 dólares la hora).  Además era un modelo que no sólo servía para viajar, también se usó como vehículo comercial e, incluso, agrícola como bomba de agua o cosechadora. ¿Quién no querría uno?

Con los sistemas de conducción actuales, cualquiera pensar que conducir un Ford T es sencillo. ¿Sencillo? Las dificultades aparecen al arrancar. Primero hay que abrir el grifo de combustible. Para ello, Wolfgang Laufer, jefe de clásicos de Ford, tiene que meterse debajo del coche de los tiempos modernos. Hay que tirar de la bobina de choke (fuera, al lado de la manivela) darle al contacto, subir la palanca del encendido a la izquierda del volante, apretar la palanca del gas hacia abajo y sujetar el freno de mano. Luego, hay que volver a salir y darle a la manivela hasta que el brazo no pueda más.

Publicidad con los precios del Ford T

Un folleto publicitario del Modelo T con versiones y precios

El motor tartamudea. No está por la labor de arrancar. “Fractura Ford”, pienso: así es como le llamaban a la rotura de brazo que algunos propietarios del modelo T sufrían tras darle a la manivela. De pronto suena un estallido y se pone en marcha: con un tremendo estruendo. Laufer sonríe aliviado y salta rápidamente dentro del coche, cambia el encendido de la batería a bobina y acciona la mezcla de combustible y aire.

Me pongo al volante del Ford T. Cinturones de seguridad inchables como los del Mondeo, intermitentes, calefacción, palanca de cambios... No hay. El puesto de conducción es bastante claro, sólo hay un sencillo reloj que indica los amperios. Abro todas las ventanas, incluida la parte superior del parabrisas partido.

Miro hacia abajo: “A la derecha, donde normalmente se sitúa el acelerador, está el freno”, grita Laufer intentando combatir el ruido. “El pedal del medio es la marcha atrás”. Si te equivocas de pedal al pisar el freno, puedes romper el motor. “A la izquierda del todo, donde habitualmente está el embrague, si pisas hasta el fondo metes primera; soltándolo metes segunda”. “¿Y el acelerador?” “Es aquella palanca a la derecha del volante”. ¡Ay, Dios mío!

Mis manos se agarran a la redondeada madera de cerezo. “Pie en el pedal de la izquierda y mantenlo en esa posición”, grita Laufer. “Suelta poco a poco el freno de mano, pisa con cuidado el pedal de la izquierda hacia adelante y da gas con la mano derecha”. Mi mitad lógica del cerebro tiene problemas para procesarlo. Suelto con miedo el freno de mano, piso suavemente el pedal con el pie izquierdo y logro que el Ford T empiece a andar.

El modelo T para transporte comercial

Un Ford T transformado en vehículo comercial

Mientras, pienso en no pisar el pedal del centro. “Ahora la segunda”, grita Laufer. Lizzie –y mi corazón– dan un salto hacia delante. Miro rápidamente a Laufer y, como parece no inmutarse, me tranquilizo. Los transeúntes que nos ven se ríen. Aprieto el claxon. La velocidad debe rondar los 45 km/h (un tacómetro incrementaba el precio del Ford T casi un 25%).

De repente, un semáforo. Me pongo nerviosa: bajo a primera, pero sigo yendo muy rápido. ¿Dónde estaba el freno? Mi pie derecho no se decide si es el pedal del centro o el de la derecha. ¡Dios mío, no me puedo equivocar! Lo piso con todas mis fuerzas: tarda un rato, pero acaba haciendo efecto. ¡Menos mal! Para colmo, empieza a llover. ¿Cómo voy a cerrar ahora el cristal, darle al limpiaparabrisas y acelerar con la mano derecha, y todo al mismo tiempo? ¡Socorro, Henry!   

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