Quizá pueda parecer una tontería, pero la DGT se ha puesto seria y ha mostrado su preocupación

La DGT avisa del riesgo que implica esta práctica al volante. Analizamos cuáles son sus consecuencias y los efectos que tiene para la seguridad vial.
A la hora de conducir, el estado físico y mental de la persona que se pone tras el volante es clave para garantizar la seguridad en cualquier viaje. La Dirección General de Tráfico (DGT) ha alertado de una de las conductas más habituales durante la conducción y avisa de que manejar un coche en ayunas es tan peligroso como hacerlo tras haber ingerido alcohol o sustancias estupefacientes.
Ponerse al volante implica mucho más que arrancar el coche y comenzar a circular. La conducción exige un nivel de atención constante, en el que todos los sentidos deben estar centrados en la carretera para evitar cualquier imprevisto.
La DGT avisa acerca de conducir en ayunas
En este contexto, la DGT insiste desde hace tiempo en la importancia de adoptar hábitos adecuados antes y durante los desplazamientos, como descansar correctamente, mantenerse hidratado y, especialmente, no conducir en ayunas.
Este último aspecto, que a menudo pasa desapercibido, tiene más relevancia de la que muchos conductores creen. No ingerir alimentos antes de conducir puede provocar una serie de efectos que inciden directamente en las capacidades necesarias para una conducción segura.
Entre ellos, destacan los mareos, la fatiga, la pérdida de reflejos o la dificultad para mantener la concentración, factores que incrementan el riesgo en la carretera. Por eso, evitar conducir en ayunas es clave para evitar un posible accidente de tráfico, tal como alertan desde Tráfico.
Uno de los principales problemas asociados a conducir sin haber comido es la bajada del nivel de azúcar en sangre. Cuando el organismo no recibe la energía necesaria, los niveles de glucosa pueden disminuir de forma notable, lo que se traduce en síntomas como mareos, visión borrosa o una sensación general de debilidad. Esta situación resulta incómoda y compromete la capacidad del conductor para reaccionar con rapidez ante cualquier imprevisto.
A esta falta de energía se suma otro aspecto clave como es el funcionamiento del cerebro. Este órgano necesita un aporte constante de energía para mantener un rendimiento óptimo, algo especialmente importante durante la conducción.
Si se conduce en ayunas, la capacidad de reacción se reduce y los movimientos se vuelven más lentos, dificultando la respuesta ante situaciones habituales del tráfico. En la práctica, esto implica una menor eficacia a la hora de tomar decisiones rápidas o realizar maniobras con precisión.
La fatiga es otro de los efectos directamente relacionados con la falta de alimentación. Iniciar un trayecto sin haber comido puede favorecer la aparición de cansancio e incluso somnolencia, especialmente en viajes largos. Este estado incrementa el riesgo de distracciones, uno de los factores más comunes en los accidentes de tráfico. A medida que disminuye la atención, aumentan las probabilidades de cometer errores al volante.
Además, el hambre también puede influir en el estado de ánimo, un aspecto que a menudo se pasa por alto, pero que tiene un impacto directo en la conducción. La irritabilidad o la falta de claridad mental pueden dificultar la toma de decisiones, algo fundamental en situaciones que requieren rapidez y precisión. En carretera, una decisión tardía o incorrecta puede tener consecuencias graves.
Por todo ello, evitar conducir sin haber comido es tan importante como hacerlo evitando una ingesta excesiva y pesada de alimentos. Son dos extremos en los que un conductor puede estar durante un largo viaje por carretera, y saber los efectos que causan es igual de importante que conocer las normas de tráfico.
¿Cómo afecta una comida copiosa a la conducción?
Si nos vamos al extremo opuesto, conducir tras una gran ingesta de alimentos puede ser igualmente peligroso. Comer en exceso provocará una digestión pesada, la cual deriva en somnolencia, fatiga y pérdida de concentración. Estos efectos son comparables a conducir bajo la influencia de alcohol y/o drogas, ya que disminuyen el estado de alerta y ralentizan los tiempos de reacción ante imprevistos
Además de aumentar la somnolencia, la fatiga y el aletargamiento, ponerse al volante tras una comida copiosa también disminuye la concentración e incrementa el riesgo de mareos y malestar físico, como acidez o dolor abdominal. Por ese motivo, lo mejor es evitar comer en exceso y optar por alternativas más ligeras.
En este caso, y al igual que la DGT no recomienda conducir en ayunas, tampoco cree conveniente hacerlo tras una comilona. En lugar de ello, puedes optar por comidas con alimentos ligeros, como verduras, frutas o pescado. Evita, los fritos, las grasas y los hidratos de carbono.
También es aconsejable mantenerse hidratado para ayudar a hacer la digestión y, si es posible, descansar después de comer. No siempre es posible hacer esto, especialmente si estás en mitad de un largo viaje por carretera, pero no es mala idea tomarse una hora de relax para aclimatarte después de haber comido y antes de volver a ponerse al volante del coche.
