La crisis en el estrecho de Ormuz traerá petróleo más barato, pero no lo vas a notar en la gasolinera. Y esta es la razón

Los conductores llevan meses pagando la gasolina y el diésel caro, pero el final del conflicto de Oriente medio no lo va a cambiar a corto plazo.
La reapertura progresiva del estrecho de Ormuz y la reducción de las tensiones geopolíticas en Oriente Medio han provocado, de manera inmediata, una caída significativa del precio del petróleo en los mercados internacionales. Tras meses de incertidumbre y de encarecimiento debido al conflicto que cerró una de las rutas energéticas más importantes del planeta, el barril de Brent ha comenzado a corregir buena parte de las subidas acumuladas durante la crisis. Sin embargo, quienes esperen que esa rebaja se traduzca en un combustible más barato en las gasolineras, mejor que lo hagan sentados.
Aunque sobre el papel es algo que tiene lógica (si cuando sube el barril, sube el precio de la gasolina y del diésel, cuando baja el precio de aquél, también deberían reducirse las tarifas de estos), la realidad es que no es así como funciona la cadena de suministro de los carburantes.
Esta opera según un fenómeno económico que ya es conocido desde hace décadas: el efecto del cohete y la pluma.
Es una manera bastante gráfica de explicar lo que sucede: los expertos utilizan esta expresión para describir la rapidez con la que suben los precios de la gasolina cuando el petróleo se encarece y la lentitud con la que bajan cuando el crudo vuelve a abaratarse. En otras palabras, los precios despegan como un cohete, pero descienden lentamente, como una pluma.
Durante los meses más duros de la crisis en Ormuz, por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo, las amenazas al suministro dispararon las cotizaciones internacionales. El cierre parcial de la ruta marítima y los problemas logísticos asociados llevaron al mercado a prever un escenario de escasez, impulsando el precio del barril hasta niveles que no se veían desde hace años.
Ahora, con un acuerdo de paz sobre la mesa y las perspectivas de reapertura de la vía marítima, el petróleo ha comenzado a caer con fuerza. El Brent ha llegado a retroceder alrededor de un 5% en apenas una jornada y el gas natural también ha registrado importantes descensos.

Sin embargo, el combustible que se vende hoy en las estaciones de servicio no se compra al precio actual del petróleo. Las compañías trabajan con inventarios adquiridos semanas antes, refinados, almacenados y distribuidos a lo largo de una cadena logística compleja.
Esto significa que el carburante que llega ahora a los surtidores fue adquirido cuando el crudo todavía cotizaba a precios elevados. De esta manera, hasta que esos stocks se consuman y sean sustituidos por combustible producido a partir de petróleo más barato, la rebaja apenas será perceptible para el consumidor.
Es algo que no tiene sentido, porque, siguiendo esa misma lógica, cuando comienza una crisis y se encarece el precio del barril, la realidad es que el combustible que está disponible en los surtidores tampoco es “actual”, si no que proviene de un momento en el que el barril tenía un precio inferior.
Entonces, ¿por qué la subida es tan inmediata? Se debe a que el del petróleo es un mercado de futuros, de manera que en cuanto la materia prima sube, lo hace el precio minorista. El resultado es que, como siempre, el que pierde es el ciudadano de a pie, que tiene que estar más tiempo pagando de más por algo que en realidad no costaba tanto.
A este factor que es propio de la crisis, se suma otro que es cuestión de ‘timing’: el incremento estacional de la demanda. El verano es tradicionalmente el periodo de mayor consumo de combustible del año en España y en buena parte de Europa.
Las vacaciones, los desplazamientos por carretera y el aumento de la actividad turística generan una presión adicional sobre el mercado que suele sostener los precios incluso cuando las materias primas comienzan a abaratarse. Algunos analistas consideran que esta circunstancia retrasará todavía más el traslado de las bajadas del petróleo a los surtidores.
Por este motivo, las previsiones apuntan a que los conductores no comenzarán a notar descensos significativos hasta bien avanzado el verano, e incluso algunas estimaciones sitúan el final de agosto o el inicio de septiembre como el momento en el que podrían apreciarse reducciones más claras en el precio de la gasolina y el diésel.
El primer motivo es que para entonces ya se habrán reducido los desplazamientos estacionales, pero la verdadera clave para ello será comprobar si la situación en Oriente Medio se estabiliza definitivamente y si el flujo de petróleo a través de Ormuz recupera la normalidad a largo plazo.


