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Sin mi cerveza no nos vamos

Sin mi cerveza no nos vamos

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29/08/2014 - 11:35

Salimos de Kaunas dirección Rusia un poco antes de lo previsto. Nuestro desayuno en el parking del hotel en cuestión ya es habitual y estamos muy bien organizados. La verdad que el ambiente pese a todo lo que hay que encajar cuando se comienza a viajar sin conocerse, está siendo perfecto. De nuevo echamos en falta la segunda moto, pero la ilusión por llegar a Rusia y cerrar una etapa, nos hace mucha ilusión.

Los primero kilómetros son rápidos; decido adelantar a los coches e ir un poco más ligera. Con la BMW puedo adelantar a los camiones con más facilidad y aunque mi GPS no ha cargado los mapas, no tengo pérdida, es todo recto. Si paso por alguna población que no tengo claro, dejo que me adelanten de nuevo y les sigo, resignada hasta la siguiente vía rápida.  Me gusta viajar sola, pero en esta ocasión no iba a ser así y aunque tengo el apoyo incondicional de mis compañeros de los coches, no llevar al lado otra moto, con el mismo ritmo, es extraño. Poco a poco me hago a la idea, poco a poco, llega la diversión. No se trata nada más que un montón de tramos en obras en la carretera hacia la frontera rusa. Kilómetros de pista que hacen que nos retrasemos mucho por los semáforos de paso, aunque a mi me alegran la mañana, un poco de tierra nunca viene mal, aunque sean obras, ¡que demonios! Pienso.

 

Llegamos pronto a la frontera. Sobre las doce del medio día. Pasar el lado europeo no tiene mucha dificultad, pero el ruso... ese no lo tenemos tan claro. Las últimas noticias hablan de bloqueos de este país con Europa y nuestros pasaportes no nos van a facilitar los papeleos.  Puestos en fila y con la ayuda de Ignasi, uno de los organizadores de este “Raid Héroes del Gobi” y su suficiente ruso, comenzamos a llenar papeles. Los que acompañan al visado hasta la salida, paso correcto y sencillo. Los que acompañan a los vehículos, la importación temporal: aquí comienzan los líos. El ambiente en esta parte no es muy bueno aunque yo no puedo quejarme: pese a tocarme una funcionaria que no hablaba en inglés y alucinar con los papeles que le presento (la moto no está a mi nombre), consigo a la segunda rellenar bien los documentos. Los coches al otro lado siguen parados.

Un ligero revuelo frente a la caseta de uno de los aduaneros me alerta, ¿Qué pasa?. El funcionario en cuestión ha revisado el coche portugués y no le ha gustado lo que ha visto: hay más de 4 litros por persona de alcohol contando las cervezas (una plancha de 20 latas) y las botellas de vino (de las cuales, dos son mías). Intentan que entienda que somos siete personas y que ese coche es el encargado de llevar el preciado líquido de todos. Pero este señor lo que quiere son las cervezas. Uno de nosotros las lleva resignado a su garita, pero Nelson, uno de los portugueses vuelve a por ella, indignado y repitiéndole por señas que eso no está bien.

Ignasi y yo pensamos que por unas cervezas no nos meteríamos en este lío, aunque el portugués tiene toda la razón, no hay que sucumbir a los sobornos y triquiñuelas de la autoridad. Las cervezas son nuestras y sin ellas no nos vamos. Por fin llega un superior: es una señora con cara de pocos amigos que hace abrir todas las cajas de ambos coches. Al final los dejan marchar. Ha sido todo un reto y lo hemos ganado.

 

Lo mejor de todo es que estamos en Rusia y aquí el viaje comienza a ser desconocido y alucinante. Paramos a unos kilómetros para dormir. Las diferencias con nuestra cultura mediterránea cada vez se notan más. Para empezar, nadie sonríe por la calle.

La habitación donde duermo la comparto con Ignasi. Es azul: pared de papel con purpurina, lámparas a juego, una foto gigantesca de una puesta de sol en una playa caribeña y un cuadro de unos delfines saltarines. La manta de su cama es de delfines, también en azul. El cuarto de baño, completo, nos ofrece hasta esponjas para la ducha. Está muy limpio y hace mucho calor. Lo más curioso es la puerta, son dos. Una acolchada y la común de una habitación. Nos reímos y no entendemos nada. Por la mañana cambiamos el parking por el desayuno en el hostal: Tortilla con salchichas (ni las pruebo) queso, el omnipresente pepino y una especia de salami. Lluis y Emma han sacado su maravillosa máquina eléctrica de café expreso y nos convidan a uno en condiciones. Partimos rumbo a Moscú, la capital nos espera y deseamos llegar temprano, es sábado y no habrá tráfico. Podremos fotografiar los vehículos casi donde deseemos.

 

Por el camino todo cambia. Los árboles, los mil lagos, ríos, la gente camina por el borde de las carreteras para llegar a algún lado... Hay vacas y cabras, pequeñas poblaciones grises con casitas de madera, algunas pintadas hace años en vivos colores. Las iglesias dan la bienvenida con sus cúpulas, y los carteles en cirílico hacen que te des cuenta de que no te vas a poder comunicar tan fácilmente.

La llegada a Moscú es espectacular; una autovía de cinco anchos carriles por cada dirección, aunque toda en obras. A cincuenta kilómetros de la ciudad estamos atascados. Decido adelantarme entre los camiones hasta llegar a un desvío. Mi GPS no funciona y debo esperar a los coches que son mi guía. Poco a poco y con la moto echando chispas por los 33 grados y la humedad, llegamos a la capital rusa. Impresiona la entrada, el río, los rascacielos a la derecha y los edificios de mil apartamentos. Pero impresionan más sus avenidas en el centro, los edificios gigantescos y al fondo, la Plaza Roja. Bajamos, nos abrazamos y a mi, como no, se me escapan unas lagrimillas de la emoción: ¡estoy en Moscú! Y he llegado en moto. Estoy en una ciudad que se me antojaba lejana e inaccesible, un país rudo y desconocido para mi. La belleza de los colores de las cúpulas, la inmensidad de la Plaza Roja (que me recuerda a la de Tiannamen en Pekín y lo pequeños que somos), la arquitectura de cuento de las basílicas ortodoxas. Todo es nuevo, Por fin los ojos se me vuelven a llenar del todo, de lo que nos diferencia y a la vez nos une a los seres humanos. Doy las gracias por compartir con gente tan distinta aunque tan parecida: viajeros. De a pie, en bici o coche, en moto o con la mochila a hombros, nos une la pasión por la aventura. Estamos contentos. Nos vamos al hotel a descansar (y a comer en el parking, como no) el domingo visitaremos la ciudad de los emperadores. La magnifica Moscú.

 

La mejor manera para moverse en una ciudad: el metro. Y si además tiene mucha historia, mejor. Y así nos vamos, poco a poco hacia el subsuelo de la ciudad. Impresionan sus estaciones gigantescas llenas de historia a base de mosaicos o estatuas. Unas estaciones cubiertas en acero que se utilizaron como búnker para la población, otras, como almacenes para el traslado de material en la guerra, otras con un libro abierto para los que no pueden leer, con solo mirar hacia sus techos lees la historia de un pueblo increíble, de Iván el terrible y sus descendientes, de las guerras contra los poderosos mongoles que controlaban esta parte del mundo y más allá. De la ruta de la seda, de la biblioteca desaparecida y de lo más reciente, Lennin y Stalin, borrado uno a otro entre piezas del mosaico y símbolos del pueblo, como la hoz y el martillo, como la paloma y el olivo, representadas por doquier. Varios pueblos forman el ruso, que en esta ciudad no es amable con el forastero y al que le cuesta sonreir, es difícil comunicarse, aunque nunca imposible. Y poco a poco, empiezo a leer algunas palabras, que de puro raras son divertidas. Mañana, salimos para continuar con las etapas, hacia el centro, hacia el sur…

 

Os recuerdo que este viaje es para recaudar fondos y escolarizar (a razón de 180 euros) a unos niños en un pueblecito de Ullan Batór, Mongolia. Podéis dejar un donativo por pequeño que os parezca en mi página web: aliciasornosa.com

 

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