Visito 'Goodwood Festival of Speed', y ahora puedo confirmar, me acompañe o no la ciencia, que el cielo sí existe

El 'Goodwood Festival of Speed' es el templo del motor donde se reúnen los mejores coches de la Historia y el único del mundo donde puedes verlos en movimiento y deleitarte con el sonido de sus propulsores. Uno de los sitios donde todo amante de la gasolina debe ir una vez en la vida. Y así lo he hecho.
Decía Calderón de la Barca en su obra 'La vida es sueño': "Los sueños, sueños son". Esta tan conocida frase pasó a los anales de la Historia porque el bueno de Calderón llevaba 312 años nutriendo las plantas del cementerio cuando Charles Gordon-Lennox, hijo del noveno duque de Richmond, creó el Goodwood Festival of Speed en 1993 y, por desgracia para él, no pudo hacer realidad este sueño que yo sí he podido vivir en primera persona.
Después de más de 17 años como periodista del motor, por fin he podido acudir a esta cita desarrollada durante cuatro días en el condado de West Sussex (Inglaterra) para confirmar, me acompañe la ciencia o no, que el cielo existe.
Y es que la pequeña área de 12.000 hectáreas de tierras y bosques que componen la finca donde se celebra es el sitio perfecto de reunión para los integrantes de esta secta de los que amamos y veneramos todo lo que rodea al automóvil, independientemente de la edad, porque allí también se agrupan tanto pequeños, como muy pequeños y mayores, como muy mayores.
Bajo un sol abrasador, más propio de tierras andaluzas en agosto, los más de 200.000 asistentes hemos podido disfrutar de los coches clásicos más importantes de la Historia, tanto de calle como de competición, así como de las últimas novedades de la gran mayoría de marcas que componen el mercado, tanto generalistas (Honda con su Prelude Prototype, que he podido probar, Hyundai con su Ioniq 6 N, Alpine con su A290 Rallye...) como las que venden joyas de cuatro ruedas al alcance de algún amigo que otro del duque y de pocos afortunados -tanto en el sentido literal como figurado- más.

Con las piezas en estático, podría compararlo, perfectamente, con el Salón de Ginebra de hace diez años, donde ninguna marca se ausentaba, pero multiplicado por tres en expositores de alto calibre: Koenigsegg, Pagani, McLaren, CZinger, Gordon Murray Automotive, Lamborghini, Ferrari, Porsche, Rimac, Maserati o Aston Martin son solo unos pocos de los fabricantes que exhiben sus vehículos más novedosos.
Pero también guardan metros cuadrados para sus antepasados. Por eso no es raro ver el Porsche 963 RSP, el monoplaza de calle que recientemente ha creado la firma de Stuttgart utilizando como base el bólido del WEC, junto al 917 que el caprichoso, pero con muy buen gusto, Conde Rossi de Montelera pidió a Porsche que homologara para poder circular en tráfico abierto.
O el Fiat S76 de 1910, La bestia de Turín, que equipaba un motor de cuatro cilindros, pero con una cilindrada de 28,4 litros para, "disparando llamas en las caras de peatones inocentes y ensordeciéndolos", como mantenía Michael Sedgwick en su libro 'The old motor', alcanzar los 212,87 km/h. Historia del automóvil al alcance de la mano.
Tirar del sentido de la vista para ver y guardar estas imágenes estáticas en tu memoria es impresionante. Y si lo maridas con unas dinámicas con el sentido del oído recibiendo el sonido, la experiencia es inolvidable.
Claro, que también puedes usar el del tacto, porque, increíblemente, en la gran mayoría de los casos no hay un cordón de separación que los proteja, lo que te permite estar entre bambalinas como si fueras un mecánico más.
Estamos hablando de coches que cuestan millones de euros y algunos de ellos, más que el valor económico, es el histórico el que los hace tener un precio incalculable.

Por último, para complementarlo, entra en juego el sentido del olfato, porque el olor a gasolina y goma quemada que impregna el ambiente consigue que tus mejillas, al día siguiente, tengan agujetas de esbozar continuamente una sonrisa.
¿Cómo puede ser que con 37 grados, a pleno sol, sienta escalofríos? La gran culpable es la estrecha pista de asfalto de 1.890 metros de longitud, con nueve curvas y una pendiente media del 4,9%, que está escoltada por hileras de balas de paja y serpentea por toda la ladera. Por ella pasan atronando los bólidos más rápidos del planeta como el Koenigsegg Sadair's Spear, que el sábado se convirtió en el coche de producción más rápido en subir la colina en 47,14 segundos.
Incluso oír el zumbido de los coches eléctricos más deportivos, entre tanto motor de combustión, tiene su magia. No, es broma.
Como templo de la velocidad, por allí pasean sus dioses. Alain Prost, Emerson Fittipaldi, Nigel Mansell, Sir Jackie Stewart, Mario Andretti, Mika Häkkinen, Jacques Villeneuve, Felipe Massa o David Coulthard, entre otros muchos, son los que se han dejado ver por la finca del duque de Richmond. Alguno, incluso se ha enfundado los guantes para conducir los coches con los que grabaron su nombre en la Historia.
Goodwood Festival of Speed es uno de esos sitios de peregrinaje, como el TT de la Isla de Man, el circuito de Nürburgring Nordschleife o las 24 Horas de Le Mans, al que todo amante del motor debería asistir al menos una vez en la vida. Eso sí, te recomiendo que tengas un peine a mano, porque el 99% del tiempo que inviertas allí tu vello estará de punta. He vivido un sueño del que no quiero despertar.
La historia
En 1948, el antiguo aeródromo de la Real Fuerza Aérea fue convertido por el noveno duque de Richmond en pista para competiciones de motor. Allí, en esta finca de unas 12.000 hectáreas de tierras de labranza y bosques construyó una carretera que la atravesaba, subiendo la colina hasta la histórica casa de campo 'Goodwood House', construida alrededor del año 1600.

Fue el hijo y sucesor del duque, Charles Gordon-Lennox, Lord March, quien posteriormente se convirtió en el nuevo duque de Richmond, el que quiso traer de vuelta el automovilismo al 'Circuito de Goodwood'. Ante la negativa de las autoridades, en 1993 decidió organizarla en sus propios terrenos, creando 'Goodwood Festival of Speed', el único evento del motor capaz de reunir los mejores coches de calle y de competición, tanto actuales como del pasado, para que en cuatro días, los más de 200.000 asistentes vivan una experiencia única.
La escultura
Como todos los años desde 1997, la creación de Gerry Judah luce enfrente de la entrada principal de la mansión de Lord March. En esta edición se ha querido rendir homenaje a los 60 años de carrera de Ian Gordon Murray, uno de los mejores diseñadores e ingenieros del mundo, artífice de algunos de los coches más importantes de la Historia como el McLaren MP4/4 de Fórmula 1, monoplaza que dominó la temporada 1988, o el McLaren F1, uno de los superdeportivos más venerados.

Por ese motivo, la escultura presenta la silueta del rostro de la sirena, emblema que Murray eligió como logo de la compañía de diseño e ingeniería que fundó en 2017, y soporta el Brabham BT52 de 1983 con el que Nelson Piquet fue campeón del mundo de Fórmula 1, el primer título de Murray, y el T.50, uno de sus últimos vehículos de calle.



