Los motores más raros de la Historia: propulsor rotativo

En nuestra sección de los motores más raros de la Historia, el protagonista es el propulsor rotativo. Este motor tiene algunas ventajas e inconvenientes con respecto a uno de pistones. Te contamos su historia y evolución.
Esta vez, en nuestra sección de los motores más raros de la Historia, el protagonista es el propulsor rotativo. Una verdadera rara avis dentro de la industria del automóvil, ya que apenas se ha usado en muy pocos coches, principalmente, de la marca Mazda, aunque hubo otras que se interesaron en él.
El motor comúnmente utilizado en la automoción es el de pistones y cilindros. En los cilindros es donde se produce la mezcla de combustible y el aire, que luego se comprime, produciendo la explosión del combustible.
Esto se traduce en el movimiento alternativo, ya sea vertical u horizontal, en función de si los cilindros están dispuestos en línea o en V, o si es un motor plano, también conocido como bóxer. Los gases generados por la combustión del carburante se expulsan a través de las válvulas de escape del motor.
El movimiento que genera los pistones se trasfiere al cigüeñal que, a su vez, está unido a la caja de cambios, los ejes o el diferencial, entre otros. Finalmente, la fuerza llega a las ruedas y permite el movimiento del vehículo.
De manera muy esquemática, este es el funcionamiento de un motor de combustión normal, con cilindros. Sin embargo, el caso del motor rotativo es bien diferente.
Historia del motor rotativo

El motor rotativo se inventó mucho más tarde que el de ciclo Otto. Fue en 1951, de la mano de Felix Wankel, de ahí que también se le conozca como motor Wankel.
Presentaba un diseño innovador y un modo de funcionamiento completamente diferente al motor de cilindros y pistones. Rápidamente, llamó la atención de algunas marcas, especialmente, Mazda. Una compañía que, históricamente, se ha caracterizado por ir a contracorriente. Una característica que conserva en la actualidad.
Desde su invención, el motor rotativo ha evolucionado constantemente, incorporando mejoras como el turbo, que permite mejorar la eficiencia y aumentar la potencia. En la actualidad, esa mejora ha llevado a utilizar un motor rotativo como extensor de autonomía en un coche eléctrico, como el Mazda MX-30 R-EV.
Durante los años 50 y 60, el motor rotativo empezó a ganar popularidad y muchas empresas se interesaron por él, entre ellas, la alemana NSU. De hecho, muchas otras compañías, la mayoría del sector de la automoción, firmaron acuerdos de licencia con la alemana para desarrollar motores rotativos.
Una de esas marcas fue Citroën que, a principios de los 70, trabajó en una versión de su modelo GS con motor Wankel con más de 100 CV, que mejoraba notablemente las prestaciones de las otras versiones con motor de cuatro cilindros bóxer, con potencias que oscilaban los 60 CV.
Sin embargo, el lanzamiento del Citroën GS Birotor, como se denominó, coincidió con la crisis del petróleo de 1973, lo que unido a su elevado precio y consumo excesivo, hizo que fuera un absoluto fracaso.
Así funciona un motor rotativo

Este tipo de propulsor cuenta con una cámara de combustión y un rotor que está en constante movimiento. El rotor tiene forma triangular y en su movimiento giratorio genera tres cámaras estancas donde se producen diferentes fases del proceso de combustión.
Mientras en una cámara se produce la admisión, en la segunda ya se está realizando la combustión del combustible y en la tercera el escape de gases. La fuerza que produce el rotor, que siempre está en contacto con las paredes de la cámara de combustión para generar las mencionadas cámaras estancas, se transfiere a un cigüeñal que está unido a una caja de cambios, ejes y un diferencial, al igual que un motor de pistones.
Por tanto, comparado con un motor convencional, el Wankel tiene menos piezas, lo cual hace que sea más ligero y compacto. Además, tiene menos vibraciones, ofrece una entrega de potencia más suave y el sonido completamente diferente.
La parte negativa es que el consumo de combustible es claramente mayor, así como el consumo de aceite, y el mantenimiento es más caro, ya que es una mecánica algo más compleja y no todos los mecánicos tienen los conocimientos necesarios para su reparación y puesta a punto.
Mazda Cosmo Sport, el primer coche de producción con motor rotativo

Hablemos del primer coche de producción que montó un motor rotativo. Ese no fue otro que el Mazda Cosmo Sport, lanzado en 1967. Conocido fuera de Japón como 110S, también fue el primer deportivo de la marca japonesa y el creador del ADN que más tarde heredaron modelos como el RX-7 y el MX-5.
Aunque sólo se fabricaron 1.176 unidades, el Cosmo Sport fue un hito para Mazda, ya que marcó su transformación de fabricante de camiones y automóviles pequeños a una marca caracterizada por su enfoque de ingeniería y diseño.
La estrella del 110S es su motor rotativo, aunque su desarrollo no fue nada sencillo. Los ingenieros de Mazda superaron numerosos obstáculos para hacer que fuera comercialmente viable, probando prototipos del Cosmo Sport a lo largo de cientos de miles de kilómetros antes de su lanzamiento al mercado.
El Mazda Cosmo Sport se comercializó en dos generaciones: Serie I y Serie II. El primero montaba un motor de dos rotores de 982 centímetros cúbicos y 110 CV, gracias a un carburador de cuatro cuerpos Hitachi, combinado con una transmisión manual de cuatro relaciones.
El segundo llegó en 1968 y mejoró hasta los 130 CV. Ahora estaba ligado a una caja de cambios manual de cinco relaciones. El aumento de potencia le permitía alcanzar una velocidad punta de 193 km/h.
El motor rotativo en la competición

Tras haber aprovechado el potencial del motor rotativo para ofrecer niveles de rendimiento equivalentes a motores de pistón alternativos mucho más grandes y pesados, Mazda fabricó casi dos millones de vehículos con motor rotativo, logrando también un considerable éxito en competición.
Un ejemplo fue el Mazda RX-7, que dominó su categoría en las carreras de la IMSA durante la década de 1980. Pero el mayor triunfo de Mazda en la pista llegó en 1991, cuando un Mazda 787B equipado con un motor de cuatro rotores de 2.6 litros y 710 CV ganó las 24 Horas de Le Mans.
El coche japonés ganó tras completar 362 vueltas al circuito de La Sarthe, un total de 4.932 kilómetros, a una velocidad media de 205,38 km/h. Aquella fue algo más que una victoria en una prestigiosa carrera. Por primera vez, un coche con motor alternativo ganó la prueba de resistencia y fue también la primera victoria de una marca asiática.
Igualmente, fue una demostración de fiabilidad, ya que sólo 12 de los 38 coches que tomaron la salida completaron la carrera y el 787B conquistó la primera y la sexta posición.
