Horizonte 2035 en duda: las razones por las que cada vez es más probable que se alargue la vida de los coches de combustión en Europa

A continuación, te explicamos cinco razones por las que es bastante probable que el coche con motor de combustión siga en Europa más allá de 2025.
Hay razones por las que cada vez es más probable que se alargue la vida de los coches de combustión en Europa. "Tenemos que hacer una revisión de la realidad. De lo contrario, nos estrellaremos a toda velocidad contra la pared", dijo Ola Källenius, CEO de Mercedes-Benz, en una entrevista recientemente, refiriéndose a ese horizonte 2035 fijado por la Unión Europea.
El sector de la automoción está preocupado. No son pocos los que se han dado cuenta del idealismo en el que estaban sumergidos, cuando hace unos años anunciaron sus planes de electrificación, impulsados por la agenda verde de la Unión Europea, una agenda que tiene más de intereses políticos y económicos que de preocupación por el medioambiente (“¿Sólo medio?”, diría Homer…).
Muchos fabricantes marcaron una fecha, a partir de la cual dejarían de vender coches de combustión y sólo ofrecerían vehículos eléctricos. Por lo general, el horizonte fijado era el año 2030 (algunos antes, otros después), al tiempo que la Unión Europea aprobaba la prohibición de vender coches nuevos con motores de gasolina y diésel en 2035.
A partir de ese año, todos los vehículos nuevos vendidos en la Europa comunitaria deberán ser eléctricos, aunque se podrán comprar de segunda mano con motores térmicos.
Todo parecía que iba bien, hasta que el castillo se vino abajo el año pasado y la realidad puso a cada uno en su sitio. Ya Cervantes nos enseñó en el Quijote, hace más de cuatro siglos, que no se puede luchar contra la realidad.
Esa realidad no fue otra que la desaceleración en las ventas de vehículos eléctricos. 2024 puso en evidencia que los tiempos para ejecutar la transición al eléctrico eran irreales y había que reaccionar. Inmediatamente, casi todas las marcas corrigieron su hoja de ruta.
Si bien la Unión Europea no ha dado su brazo a torcer en lo referente a la prohibición de los coches de combustión en 2035, hay razones para pensar, a día de hoy, que es cada vez más probable que se alargue la vida de los coches de combustión en Europa más allá del horizonte fijado.
Lenta adopción del coche eléctrico

El primer motivo lo acabamos de deslizar y es que el coche eléctrico no termina de cuajar. Es cierto que han mejorado mucho en los últimos años, que dependiendo del modelo te puedes plantear viajes más o menos largos, que algunos han bajado de precio… Pero sigue planteando dudas.
Pese al marketing, pese a todas las campañas para promocionar el vehículo a batería, pese todos los incentivos para comprarlos y ayudas de todo tipo, apenas representan el 15% de las ventas totales en Europa (9% en el caso de las furgonetas). Y en el momento en el que quitaron las ayudas, la gente dejó de comprar, como pasó en Alemania.
Este dato demuestra la lenta adopción del coche eléctrico y, a este ritmo, es imposible cumplir los objetivos que se marcaron tanto las autoridades europeas como los fabricantes.
De hecho, la patronal de los fabricantes de coches europea, ACEA, ha pedido formalmente a través de una carta a la presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que se revisen estos objetivos porque en la realidad actual "ya no son factibles".
"Cumplir los rígidos objetivos de CO2 para automóviles y furgonetas para 2030 y 2035, en el mundo actual, simplemente ya no es factible. Los mandatos legales y las sanciones no impulsarían la transición", expresa en la carta.
Y piden los vehículos eléctricos convivan con otras tecnologías: "Los vehículos eléctricos liderarán el cambio, pero también debe haber espacio para los híbridos (enchufables), los extensores de autonomía, los vehículos con motor de combustión interna de alta eficiencia, el hidrógeno y los combustibles descarbonizados".
Bandazo de los fabricantes

Como hemos dicho antes, las marcas anunciaron ambiciosos programas de electrificación y pusieron fecha a la muerte del motor de combustión. Sin embargo, la mayoría han dado marcha atrás.
Mencionábamos al principio al CEO de Mercedes, Ola Källenius, que también es presidente de ACEA. El año pasado hizo un comentario que refleja la situación: “Quizá, fuimos demasiado ambiciosos”. Igual habría que sustituir el adjetivo ambicioso por idealista.
La propia Mercedes no sólo modificó el año pasado sus planes sino que, además confirmó que iba a seguir fabricando motores de combustión interna después de 2030, tras de haber anunciado lo contrario.
Igual que la marca de la estrella hicieron todas las demás, recularon y reconocieron que todavía habrá vida para el motor de combustión.
Las marcas siguen invirtiendo en motores de combustión

Relacionado con lo anterior está el hecho de que los fabricantes siguen invirtiendo en motores de combustión. Stellantis está desarrollando una nueva familia de motores, después de los problemas con el PureTech y el 1.5 BlueHDi.
Ya hemos dicho que Mercedes seguirá produciendo motores térmicos. Mazda está inmersa en una nueva generación de motores rotativos para que puedan convivir con los coches eléctricos.
Lo mismo podemos decir de Toyota. De hecho, el año pasado, su presidente Akio Toyoda dijo durante el Salón del Automóvil de Tokio que “por más que avancen los coches eléctricos, creo que sólo tendrán una cuota de mercado del 30%. El 70% restante se lo repartirán los híbridos, híbridos enchufables y motores de hidrógeno. Creo que los coches con motor de combustión permanecerán definitivamente”.
¿El fin de la industria del automóvil europea?

Hay un asunto sobre el que todo el mundo que se interesa por los coches debería reflexionar y, sobre todo, los políticos y las distintas autoridades: ¿queremos acabar con la industria del automóvil europea?
Está en juego uno de los pilares de eso que algunos llaman la ‘identidad europea’. Si hay algo que une a los europeos es la industria del automóvil. Los europeos siempre hemos sido muy europeos en cuanto a coches. Preferimos las marcas locales, sin menospreciar otras, sobre todo, japonesas y algunas estadounidenses.
Europa es la cuna del automóvil y de los motores de combustión, al calor de la segunda revolución industrial en el último cuarto del siglo XIX. Los mayores estándares en cuanto a calidad de construcción, seguridad, motores, etc. se han alcanzado en Europa. Pero parece que Bruselas ha decidido acabar con todo eso.
El sector se ha pegado un tiro en el pie, al seguir los designios de los políticos y abandonar una tecnología donde era el número uno para apostar por otra donde ya no es el mejor; lo es China, que es quien controla la extracción y el procesamiento de las tierras raras necesarias para fabricar baterías.
El resultado es que un pilar clave de la economía europea está al borde del precipicio y debajo no hay ninguna red que lo proteja. Y estamos hablando de alrededor del 7% del PIB de la comunidad europea y millones de puestos de trabajo.
La descarbonización de la economía es imposible

Otra razón por la que los coches de combustión seguirán después de 2035 es que el petróleo no se acabará y seguirá siendo una fuente de energía fundamental en el mundo.
Por muchas teorías ecologistas que nos vendan, por mucho que nos hablen de la descarbonización de la economía, por muchos objetivos de neutralidad de carbono que nos cuenten, la realidad es que el oro negro seguirá siendo necesario por muchas décadas. Igual que el gas.
Prueba de ello son los múltiples conflictos que hay en el mundo, curiosamente, en el área geográfica donde se concentra la mayor cantidad de esos recursos energéticos, lo que se conoce como área pivote o ‘Heartland’ (corazón de la tierra), como la bautizó el geopolítico inglés Halford John Mackinder, quien plantea que, quien domine ese espacio, dominará el mundo.
Esa área pivote se extiende, aproximadamente, desde el Este de Europa, desde el río Volga, hasta el centro de Asia, el río Yangtze, y desde el Himalaya hasta el Ártico.
Las fuentes de energía fósiles siguen condicionando las relaciones entre los estados. Recientemente, Marruecos ha concedido permisos a Israel para hacer prospecciones en aguas del Sáhara Occidental, un territorio cuya soberanía España ha cedido a la monarquía alauita, en contra del derecho internacional.
Y, finalmente, tenemos la cuestión del Ártico, que ha adquirido relevancia desde la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Esta fría región del planeta es, sin embargo, uno de los puntos más calientes actualmente. ¿Por qué? Hay varias razones.
La primera es que hay unos meses del año, cuando hace menos frío, en los que es posible abrir rutas marítimas, es decir, transportar mercancías por barco. Esto interesa mucho a China, que podría evitar zonas conflictivas como el golfo Pérsico y el Mar Rojo para acceder al Canal de Suez. Además, le permitiría acortar distancias y ahorrar costes.
El 55% del Ártico está en poder de Rusia, así que China no tendría ningún problema. Pero Estados Unidos quiere su parte del pastel y controlar la otra parte del Ártico. El problema es que sólo toca un pequeño trocito, con Alaska. De ahí que Trump quiera controlar Canadá y Groenlandia.
De esta forma, junto con la parte del Ártico que corresponde a los países bálticos (que están perfectamente controlados por Estados Unidos, como el resto de Europa), Washington tendría el 45% aproximadamente de la zona.
Pero, además de las rutas marítimas, el Ártico interesa también porque hay recursos para extraer. Groenlandia tiene tierras raras y petróleo.
Mientras tanto, los políticos, las diferentes autoridades, las ONGs, etc. pueden entretenernos con el ecologismo y el medioambiente, pero la realidad es que los combustibles fósiles seguirán siendo imprescindibles para mover la economía. Es imposible la descarbonización. Quizá, dentro de muchas décadas o un siglo, pero no en 2035 ni en 2050.
