Reportaje

II Clásica AUTO BILD: una aventura sin prisas

Diego López

17/07/2013 - 18:35

El Renault Alpine A310 se enfrenta a cerca de 400 km de carreteras reviradas. Con 35 años a sus espaldas y un mantenimiento impecable, ha afrontado todos los retos de una aventura en la que no hay prisas. ¿O quizá sí? Sigue leyendo pero... ¡Cuidado con las curvas!

La verdad es que cuando te apuntas a un rally de regularidad nocturno como la II Clasica de AUTO BILD, uno se siente fuera de escena al acercarse con un coche moderno como el mío. Poco a poco, al aproximarme al punto de encuentro, aparecen cada vez más y más coches -de estos con solera-, que quizá no son tan cómodos, ni tan respetuosos con el medio ambiente, pero que atraen las miradas de cualquiera que pase por su lado.

En uno de esos 'clasicazos' me espera el piloto. Un hombre con sobrada experiencia en este tipo de competiciones, que ya me puso sobre aviso: “En un rally de regularidad, el copiloto es casi más importante que el que conduce”. "Ya será para menos", me digo yo para mis adentros para tranquilizarme...

Por fin llego al aparcamiento reservado para el rally de regularidad. Allí descansan desde un Seat 127 hasta un Porsche 911 Carrera. No faltan tampoco los Mini Cooper o los Golf GTI, tan populares en este tipo de competiciones. Es un placer entretenerse viendo tanto clásico junto y en tan buen estado. Al final del recinto veo asomar el morro afilado del Alpine A310, el coche en el que pasaremos las próximas horas.

A partir de aquí todo es un cursillo intensivo de navegación, porque en un rally de regularidad el copiloto se llama realmente navegante. El fantástico Alpine recién pintado de blanco tiene en su interior todo tipo de aparatos y cronómetros. Con tanta parafernalia me recuerda por dentro al famoso DeLorean de Regreso al Futuro, y no es lo único que tiene en común con aquel icono del cine.

Viajando al pasado

Eduardo, el piloto, me hace un repaso histórico del modelo. Más de 35 años, chasis tubular de acero, motor V6 de 149 CV del tipo PRV (Peugeot Renault Volvo)… espera un momento. ¿De qué me suenan esas siglas? Efectivamente, se trata del mismo tipo de motor que lleva el mítico DeLorean DMC-12 de las películas. Esto sí que va a ser un viaje al pasado.

Las lecciones continúan durante el recorrido de calibración y yo aprovecho para recrearme con el Alpine: asientos de cuero para ir bien tumbado, materiales en desuso, volante grande para ser un deportivo... “¿Te has traído Biodramina?” Me pregunta el piloto. Como para no traérmela, ya me avisaron mis compañeros que hay navegantes que acaban teniendo que parar para echar desayuno, comida y cena.

Por fin llega el momento de salir. Será un rally de regularidad, pero se respiran los nervios y la tensión de cualquier prueba de velocidad. En unos segundos nos toca. Eduardo respira profundamente y en su cara se puede ver la concentración de un jugador de ajedrez. Tres, dos, uno... nos dan la salida.

Comenzamos una carrera en la que hay que tener en cuenta muchas cosas: velocidad media, tiempos, calentamiento del motor, el tráfico de las zonas transitadas, recorrido... Lo principal es no perderse, y la hoja de ruta es secreta hasta una hora antes de la salida. Un poco más de emoción.

Siempre que hablaba con alguien de que iba a ser copiloto en un rally de regularidad me decía: “ah, tu eres el que va diciendo ¡a ras!, ¿no?”. La verdad es que no es así, pero tampoco es que uno vaya callado. Todo lo contrario. El navegante tiene que hablar continuamente con el piloto, tanto, que conviene tener una botella de agua a mano como un conferenciante. Tres metros por arriba, tres por debajo, giro a la derecha en 200 metros, cinco por arriba, motor caliente, ¡gira ahora!

Una carrera calentita

El Alpine A310 tiene el motor detrás y el radiador delate, por lo que por el túnel central que nos separa al piloto y a mí, pasan dos tuberías que se encargan de transmitir el calor a la parte delantera. Y de paso a nosotros. Por si fuera poco, me dice Eduardo que los mandos de la calefacción están algo tocados y la mantienen encendida todo el recorrido. “Hay que mirar el lado bueno”, le respondo, “algo más refrigerará el motor”. “Toda la razón”, contesta, "baja la ventanilla".

Curva cerrada a la derecha, curva cerrada a la izquierda. No hay duda de que las Biodraminas son necesarias. Pero, ¡qué cabeza la mía!, con los nervios de la carrera y el cursillo intensivo de navegación, las Biodraminas se han quedado en la mochila que dejé en los anecdóticos asientos traseros del Alpine. Y yo sin poder levantar la vista de la hoja de ruta y los aparatos para conseguir un punto de referencia y sentir algo de estabilidad. Las carreteras de mantenimiento del canal de Isabel II tampoco ayudan con tanto bache. Me doy cuenta de que mis indicaciones empiezan a perder precisión y a llegar un poco tarde.

Eduardo hace gala de su experiencia al volante y entre curva y curva me pasa la mochila al asiento que tengo justo detrás. Yo meto la mano como puedo por la derecha de mi asiento y las alcanzo. A aguantar media hora hasta que hagan efecto.

Por fin llegamos a un reagrupamiento. Todo el mundo aprovecha para beber algo y los que se atreven, a comer un bocadillo. Pero parece que la carrera no ha parado. Unos sacan los gatos y las herramientas para hacer los ajustes pertinentes. Otros dedican su tiempo a revisar los números de los aparatos de medición. Lo curioso es que, a pesar de que nadie baja la guardia, se respira muy buen ambiente. Una mezcla entre un bar de amigos y una exposición de coches clásicos llena de aficionados. Eso sí, el tiempo se acaba muy rápido. En marcha de nuevo.

Más tramos de curvas y un recorrido con un poco de truco nos mantienen alerta el resto de la carrera. Me alegro de no ser de los que optaron por el bocadillo.


¿Sin prisas?

No hay que caer en el error de pensar que en un rally de regularidad es lento. La media de velocidad puede ser de 49 km/h, pero no baja en las curvas de “a 20 por hora”. Entrada fuerte en la curva, mantener el coche bajo control y salida fuerte lo antes posible. Si no se controla bien todo eso, se puede acabar fuera del asfalto y posiblemente fuera de la carrera. En nuestro caso la diversión estaba asegurada. El Alpine tiene una zaga un poco juguetona. Con su motor posterior y su tracción trasera, puede conducirte a más de una cruzada. Algo de envidia si que le tengo, pero que remedio, ese es el terreno del piloto.

Tras una noche en vela, muchas curvas y un esfuerzo mental considerable, llegamos por fin al último tramo. El cansancio ya se deja notar, pero da igual. Lo hemos pasado en grande y hay algo dentro de nosotros que nos pide más. Ahora tengo claro que un rally de regularidad es una experiencia que hay que probar al menos una vez en la vida. Y lo mejor de todo es que todo el mundo puede participar. Yo por lo menos, ¡el año que viene repito seguro!

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Diego López

Alumno Máster de Periodismo de Motor

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