Bambi, Bebe, Pony, Amigo, Bravo, Chico o Sierra, los curiosos nombres que iba a recibir el Ford Fiesta de primera generación

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El mítico modelo de Ford vivió su primera anécdota mucho antes de que la primera unidad saliera de la planta de Almussafes.
La historia de la industria del automóvil está llena de decisiones estratégicas, despachos cerrados y debates internos que, con el paso de los años, adquieren una dimensión bastante interesante. Y una de estas historias es, cuanto menos, curiosa.
Cuando a mediados de la década de los setenta la compañía Ford empezó a gestar el que se convertiría en uno de los modelos más icónicos de todos los tiempos, el conocido Ford Fiesta, pasó por un laberinto de nombres comerciales que bien podría haber cambiado por completo nuestra memoria colectiva. Antes de convertirse en el icono que es hoy, los despachos de la directiva y los departamentos de marketing barajaron un abanico de nombres tan variopinto como sorprendente. Una lista en la que figuraban opciones como Bambi, Bebe, Pony, Amigo, Bravo, Chico e incluso Sierra, nombre que acabaría denominando con los años a otro de los grandes mitos de la marca.
El proyecto Bobcat y la gestación de un mito sobre ruedas
En su fase preliminar de diseño e ingeniería, el modelo que se acabaría llamando Ford Fiesta fue conocido bajo el código interno de proyecto Bobcat. La firma americana afrontaba el reto de idear un automóvil compacto adaptado a las necesidades de movilidad de la Europa de la época. Debía ser económico, de bajo consumo y tan versátil que pudiera motorizar a toda una generación. De forma paralela al desarrollo de la mecánica y el chasis, los equipos de mercadotecnia de la multinacional trabajaban contrarreloj para crear una identidad comercial que conectara de inmediato con los potenciales compradores.
En aquellas reuniones preliminares, el abanico de propuestas sobre la mesa reflejaba la búsqueda constante de un carácter accesible y cercano. Nombres como Bambi, Bebe, Chico o Pony competían con alternativas de un perfil más afectivo como Amigo. Del mismo modo, el término Bravo irrumpió con fuerza en las apuestas internas, y de hecho era el favorito indiscutible entre los equipos de marketing, que veían en él una declaración de intenciones dinámica y enérgica para un utilitario urbano dispuesto a plantar cara a la competencia europea.

La decisión de Henry Ford II y el guiño a General Motors
No obstante, en una estructura corporativa de la compañía estadounidense, las decisiones de última hora solían depender de la visión de la directiva. Las crónicas de la época cuentan que Henry Ford II dijo que atendería en persona el asunto y que sería él mismo quien bautizase al modelo más pequeño y estratégico de la compañía. El máximo mandatario de la marca de óvalo descartó todas las opciones y eligió el nombre Fiesta, un término dotado de alegría, sonoridad mediterránea y una gran fuerza evocadora que encajaba a la perfección con el espíritu festivo y de renovación que se respiraba en aquellos años.
La elección no estuvo exenta de pequeños obstáculos diplomáticos y comerciales. Para poder utilizar esta denominación de manera oficial, la directiva de Ford tuvo que realizar gestiones previas y convencer a Tom Murphy, por entonces presidente de General Motors, para que cediese el nombre, ya que había permanecido registrado y en desuso durante varios años en los archivos de la competencia. Una vez superado este trámite, el nombre de Ford Fiesta comenzó su camino hacia la historia.

De Almussafes al mundo: el nacimiento de una leyenda
Algo muy curioso también es que este debate coincide de forma directa con los cimientos de la producción automovilística en nuestro país. Aquel vehículo que estuvo a punto de llamarse de tantas formas diferentes se convirtió, al salir de la línea de montaje de la recién estrenada planta valenciana de Almussafes, en el primer automóvil fabricado íntegramente en España por la marca norteamericana, marcando un antes y un después en la historia industrial nacional.
Mientras los motores desarrollados para la ocasión empezaban a rugir en las instalaciones y las listas de espera de los concesionarios se prolongaban durante más de un año ante la avalancha de pedidos, el Ford Fiesta comenzó a escribir su propia leyenda lejos de los despachos de diseño. Aquellos nombres descartados quedaron como simples anécdotas de una gestación irrepetible, dando paso a un utilitario que, bajo su denominación definitiva, conquistó las carreteras y se ganó un hueco imborrable en la historia del motor.