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De Mongolia al borde ruso

De Mongolia al borde ruso

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21/10/2014 - 14:53

Salí desde Ulán Bator hacia el norte. Mi misión era cruzar cuanto antes la frontera con Rusia por un pequeño paso, Shubaatar. Un pueblecillo inmundo como todos los fronterizos de este mundo (aún no he encontrado una frontera con un pueblo bonito al lado). El GPS marca 400 kilómetros y siete horas de camino, no cuadra, ¿verdad? Pero como no estamos en occidente, todo es así; la carreta dispone de asfalto durante unos cientos de kilómetros, asfalto que en muchos casos está destrozado, en otros las máquinas están trabajando para asfaltar, por lo que cierran el paso y se comienzan a abrir docenas de pistas paralelas sobre un terreno de polvo muy fino que me impide la visión cuando me cruzo o si voy detrás de algún vehículo. No veo nada, literalmente. Pongo las luces de emergencia y la larga. El miedo que tengo es a ser embestida por otro vehículo, circulan demasiado deprisa sin tener una visión clara. Es como estar metido en una nube de niebla, pero de polvo. Otras veces la carretera se corta y el camino a elegir está lleno de arena, otras de barro…realmente son más de seis horas las que necesitaré para llevar a la frontera. Me acompaña una Africa Twin del año 96, espero que no tenga ningún problema mecánico.

 

Llegamos por la tarde a la frontera, a las 18h la cierran y aún nos queda tiempo. Cambiamos dinero a rublos y nos dirigimos sin miramientos hacia el cruce. Documentación, todo en orden. Pero algo pasa cuando Daniel entrega sus papeles, la moto la ha comprado en Ulán Bator y lleva matrícula mongola, no puede salir del país sin un papel específico. Es jueves, por la tarde. Dudamos mucho que el viernes nos lo envíen. Tenemos que retroceder y buscar donde dormir. En este pueblo hay dos “hoteles” de paso. El primero está al lado de la frontera. Nos quedamos. Es una habitación con dos catres y el baño en el mismo piso. El wáter está fuera del edificio. Es un agujero inmundo.

Dormimos fatal con la espalda rota, pero tenemos que volver a intentar el paso…así hasta el lunes siguiente, cambiamos de hotel, paseamos por el pueblucho, intentamos comunicarnos y cada día probar una nueva comida que elegimos a voleo, está todo escrito en mongol y nadie habla inglés.
Poco a poco la desesperación se hace dueña de mi mente y volvemos a intentar el paso. Por mail nos han enviado cinco papeles más, escrito en ruso, inglés y mongol. En las oficinas de la aduana acabo llorando, funciona. Se apiadan de dos extranjeros locos que llevan tres días allí y nos dejan pasar. Lo peor es que el lado ruso es compicado. Vuelven a echar hacia atrás la moto de Daniel y tenemos que regresar, pagando las tasas de entrada de Mongolia, país del que acabábamos de salir diez minutos antes. Vuelta al hotel o lo que sea eso, vuelta a comer cosas raras a voleo… Y vuelta a llmara a Ulán Bator y a pedir un papel que la borde de la funcionaria rusa nos enseña. Al día siguiente tenemos ese paoel y conseguimos pasar, han cambiado el turno y el joven que nos atiende es mucho más simpático. Le contamos el viaje y alucina, haciendo los papeles rápido y dejándonos marchar.

 

Según salimos, la funcionaria rubia y antipática entra a trabajar. La saludo con la mano, por fastidiar un poquito. Hace como que no me ve. Nuestro destino: Ulán Udé.

De esta ciudad a la que llegamos tarde salimos temprano a Chita, unos 650 km de carretera destrozada. Trozos de pista en mal estado, cientos de kilómetros de baches y agujeros, parece que haya caído una lluvia de meteoritos en este camino. Tras unas siete horas largas llegamos a Chita, desde aquí a Mogocha el camino es mejor, una carretera perfecta y nueva entre bosques de pino que me recuerda a el norte de Europa. Estamos en plena Transiberiana, no hay nada de nada excepto algunas gasolineras antiguas cada 300km. Parece que hoy avanzamos, aunque tras unas horas de relax y música en el casco veo por el retrovisor que la Africa (a la que hemos bautizado como “fukinmoto” no está. Doy la vuelta y veo a Daniel desesperado en el arcén. La moto casi se gripa y de milagro no se ha matado. Le falta aceite. Llevamos más de 1500 km desde Ulán Bator y se ha secado. El aceite lo suelta por el escape, mi ropa de Touratech está llena de gotitas oscuras.

 

Bromeo diciendo que me pagará el tinte y doy la vuelta en busca de una gasolinera, a unos 70 km pasamos la última población.

Llego a el pueblo sin problemas y pregunto por el aceite adecuado, consigo cuatro latas, en realidad no se cuantas necesitará. Llenamos y salimos pitando, se nos hace de noche y esto es lo peor para encontrar un lugar. Pero nuestro camino sigue siendo accidentado, la maleta derecha de mi moto sale despedida justo delante de un gran camión, este la esquiva y Daniel también. Los anclajes debido a un golpe han cedido y esta mañana no los revisé. Afianzamos con una eslinga y continuamos.  Aquí los pueblos que en realidad son apeaderos del tren están metidos en el bosque y hay que acceder a ellos por pistas que sin luz no me gusta circular. Encontramos un gran cruza y unas casas. Dormimos en un hotel y cenamos con unos armenios, al final, el día ha sido divertido.

Llegamos a la penúltima ciudad Jabarovks, lo mejor de todo es encontrarse con españoles y gracias a un buscador de hoteles lo conseguimos. Cena con “amigos” ellos son  una pareja peculiar. Ella hija de rusos que emigraron durante la guerra fría y han vivido en España hasta la crisis como refugiados políticos y con dos hijas, Kristina es la que ha vuelto a Rusia a montar una casa de huéspedes acompañada de su recién estrenado marido, Pablo, ambos valencianos de nacimiento.  Nos explican cómo se pasa el invierno en un lugar en el que dura seis meses y cuales son sus esperanzas. Lo pasamos bien, pero debemos continuar camino, Vanino es nuestra meta. El camino hacia allí, complicado como la primera parte del viaje desde Mongolia. El paisaje en estas pistas es tan increíble que no dejo de disfrutar sobre la F700GS, que se comporta perfectamente pese a su carga. Son los momentos en los que una piensa que lo que hace merece la pena, viajar entre bosques espesos de pinos, cruzando viejos puentes de madera, esquivando grandes baches entre la tierra, apartándome de los camiones gigantes que se cruzan en el camino, observando los grandes lagos y algunos pescando en ellos. Es la sensación de libertad de la motocicleta.

 

Vanino es una pequeña población frente a la isla de Sajalín, la única que posee Rusia y que continúa el conjunto insular de Japón. Desde allí es más fácil entrar en el país del Sol Naciente sin el carnet de passage. Pero como nada es fácil en este viaje, sufro el primer pinchazo de mi vida en una moto. Parada y arreglo rápido, era un clavo de más de 5 cm incrustado en mis TKC 80. La verdad que ha sido por llevar las ruedas gastadas y el mal mantenimiento del firme en Rusia.

Tras unos contactos por Internet cruzamos a la isla, de allí y rápidamente a buscar los billetes para el barco que nos dejará en Hokkaido, Japón. Y aquí, comienza otra historia.

 

Recordar que este viaje es para recaudar fondos para ayudar a unos niños del pueblo de Nalah, en Ulán Bator.  Puedes hacerlo en el botón de Donar en mi página web: www.aliciasornosa.com.

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