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Así nació la Guía Michelin: 105 años de viajes y aventuras

Así nació la Guía Michelin: 105 años de viajes y aventuras

Gabriel Jiménez

03/02/2015 - 10:38

Hace 105 años los chóferes eran los profesionales del automóvil. Eran conductores, mayordomos y hasta mecánicos según la situación. Eso sí, contaban con una Guía Michelin que les hacía el viaje más sencillo. Todavía hoy sigue presente en la vida del viajero para consultar y planificar rutas. Descubre la historia de la Guía Michelin.

A la hora de hablar de la historia de la Guia Michelin hay que remontarse a hace 105 años, cuando viajar en coche era toda una aventura ya que no había navegadores ni aun siquiera carreteras. Para ser sincero, puedo imaginarme perfectamente esta situación: no, no es que haya tenido el privilegio de montarme en una máquina del tiempo, sino que hace unos años, recorriendo la Ruta 40 argentina, que atraviesa la Patagonia de norte a sur, pude experimentar lo que es viajar en coche sobre pistas de tierra, sin indicaciones de ningún tipo, sin señal de radio ni GPS, sin cobertura de teléfono, obviamente. Más de 2.000 kilómetros de trayecto a la aventura, con sólo la ayuda de una brújula. Pero también es cierto que ese inolvidable viaje lo llevé a cabo a bordo de un todocamino nuevecito, con aire acondicionado y toda una batería de dispositivos de seguridad activa, pasiva y de confort para que la aventura no lo fuera tanto.

Por eso, aunque me lo pueda imaginar, viajar en coche hace 100 años por las extensas y –por aquel entonces– inexploradas tierras de la piel de toro debía ser una aventura con mayúsculas, además de un recorrido lento, incómodo y aburrido. O quizá no tanto.

 

apertura viaje hace 100 años

En esa primera década del siglo XX, inmersa aún en la crisis del 98, en un estado general de melancolía por la pérdida de las últimas colonias de ultramar, España, con el rey Alfonso XIII a la cabeza, era la viva imagen de un imperio decadente.A pesar de este taciturno estado de ánimo, surgió una corriente regeneracionista para que el país recobrase el pulso, para que España se modernizara.

Sin embargo, paradigma como ha sido siempre del quiero y no puedo, los únicos focos de modernidad que se podían encontrar en España se hallaban en Cataluña, País Vasco y Madrid, precisamente los lugares donde empezaban a verse los primeros automóviles.

Un lujo que causaba envidias y molestias

En líneas generales, quien poseía un automóvil en aquellos tiempos era un tipo con bolsillo desahogado, porque se trataba de un bien de lujo, lo que ocasionaba envidias y molestias a partes iguales. Lo primero es evidente, mientras que lo segundo hay que achacarlo al hecho de que su presencia en la vía pública generaba conflictos por el ruido y por los sustos que provocaba entre los peatones, con oídos nada preparados a estos nuevos artefactos mecanizados.

Lo normal en aquella época es que este tipo de propietarios pudientes contara con un conductor profesional, también llamado chófer o mecánico, pues eran pocos los afortunados propietarios que se aventuraban a ponerse a los mandos del automóvil.

Estos conductores profesionales, a los que se les exigía además de lealtad, una buena salud y gran fortaleza física –para cargar maletas hasta el piso que fuese de un edificio sin ascensor, cambiar ruedas y demás menesteres–, eran una suerte de 3 en 1 personificada, pues además de conducir, reparaban sobre la marcha las posibles averías que pudieran surgir y, claro está, adecentaban el coche las veces que hiciera falta para que estuviera limpio como una patena. Y, cómo no, estos conductores profesionales tenían que estar disponibles día y noche para salir de viaje sin preguntar absolutamente nada.

 

Primeros coches

A los chóferes se les reconocía por su gorra –que debían llevar siempre puesta, hiciese un calor infernal o un frío polar, a no ser que el señor se lo autorizara– y su uniforme. Si se tenía la mala suerte de sufrir una avería –a pesar de haber revisado la presión de los neumáticos y el nivel de todos los líquidos, amén de otros repasos generales–, tocaba enfundarse el mono azul de faena, guardado en el maletero, coger las herramientas y, ¡manos a la obra!

A falta de automatismos, testigos luminosos u ordenadores de abordo que lo controlan todo, hace 100 años eran el fino oído del chófer y su experiencia las que desempeñaban las labores de una máquina de diagnosis actual. Y, claro, talleres, lo que se dice talleres, no había muchos más allá de los arrabales de las grandes ciudades.

El conductor profesional, chico para todo

No obstante, además de las funciones inherentes a su cargo, el chófer era, además, un chico para todo. Pues en el maletero del automóvil, auténtico cajón de sastre, guardaba un botiquín para, si la ocasión lo requería, curar heridas y vendarlas, porque se suponía que el conductor profesional también contaba con conocimientos básicos de primeros auxilios. Entre sus funciones se incluía igualmente el de desplegar el mantel y colocar las viandas, en perfecto orden de revista, para una merienda en el campo. Cuado el viaje era una aventura había que estar preparado para todo.

 

sidecar en la sierra

Pero, sin duda ninguna, la cualidad que mejor hacía honor a su profesionalidad era su experiencia al volante. Hay que tener en cuenta que hace 100 años los automóviles no eran tan fáciles de conducir como en la actualidad. El chófer tenía que saber hacer extraordinariamente bien el doble embrague, sin rascar ni una marcha, conducir con suavidad y sin abusar de la bocina para no alterar al pasaje y, sobre todo, dominar el arte del aparcamiento, evitando bordillazos, pero sin tener que darse un paseo hasta la acera.

Acera, bordillos, vías adoquinadas… Bendita circulación la de las ciudades, con todos sus inconvenientes, porque la verdadera prueba de fuego comenzaba en el mismo momento en que se abandonaba las por entonces incipientes junglas de asfalto.

Ni carreteras ni reglamentación

Y es que al igual que ocurría en el resto de Europa, los primeros automovilistas en España se encontraban con la paradoja de que sus vehículos motorizados les permitían alcanzar velocidades impensables en aquellos tiempos y desplazarse con libertad por donde quisieran, pero el país no estaba preparado para recibir aquellos automóviles.

Si en la actualidad protestamos sin ton ni son por el estado de las vías, por las sempiternas congestiones de tráfico o la obsolescencia de las mismas, imagínate hace cien años cuando las carreteras no eran más que caminos o pistas de tierra, llenas de polvo en verano y embarradas en épocas de lluvia, lo que las hacía a menudo intransitables incluso para los carros. Como las pistas carecían de desagües y puentes, había que atravesar los regueros y los riachuelos con ayuda de animales.

 

Coche de caballos

Además, no existía ningún tipo de reglamentación, ni señalización, ni talleres ni gasolineras. Por este motivo, todo conductor profesional que se preciara contaba con una Guía Michelin, eminentemente práctica, pues incluía información de suma utilidad para el chófer, desde cómo cambiar una rueda a elegir el mejor itinerario en medio de la nada.

 

anuncio michelin cambiar rueda

Y es que hacerse a la carretera en automóvil hace 100 años, más que un viaje era una aventura. Porque en eso consistían los viajes a principios del siglo pasado: en aventurarse por terreno desconocido, sin saber a ciencia cierta qué te podrías encontrar por el camino, sin hora/fecha de llegada, sin prisas –la velocidad máxima en aquella época era 28 km/h–, alejado de la mano de Dios y de la civilización, desconociendo en todo momento en qué punto exacto del país te hallabas, con la incertidumbre de si el coche aguantaría todo el trayecto… o no, parar cuando se hiciera de noche o donde hubiese una pensión o posada, etc.

Y si la fortuna no acompañaba y el motor decía basta o se pinchaba una rueda, no había servicio de asistencia en carretera, sólo el saber hacer del chófer quien, con suerte, podría subsanar la incidencia en unas cuantas horas o un día entero.

El viaje no es viaje
 sin aventura

Si analizamos estas variables desde la perspectiva de hoy en día, causa escalofríos aventurarse en un viaje en coche del siglo pasado, pero ¿qué emoción tiene un viaje en el que todo está previsto, como ocurre hoy en día? O mejor dicho: ¿puede catalogarse como viaje un desplazamiento del punto A al punto B carente de ese toque de aventura? Por mi experiencia he de reconocer que la vida moderna nos ha hecho más vulnerables, comodones y, lo que es peor, ha convertido los viajes en un puro trámite. Lástima.

La primera Guía Michelín (1910): amarilla y práctica

A diferencia de la Guía Michelin que se comercializa en la actualidad, la primera edición española, que data de 1910, era de color amarillo en vez de roja, y gratuita (se distribuía en talleres y puntos de venta de neumáticos).

 

Guias michelin antigua y actual

A lo largo de sus 164 páginas, aparte de incluir información de 61 hoteles y 159 localidades de España, Portugal y Francia, la primera edición de la Guía Michelin era eminentemente práctica. Y es que el objetivo de la era proporcionar un servicio al automovilista y el viajero, por lo que incorporaba información sobre neumáticos, recomendaciones de uso, conservación, mantenimiento y reparación.

Asimismo, en la primera Guía Michelin el usuario podía encontrar datos útiles sobre ciudades, itinerarios para que el automovilista conociese en detalle las incidencias de los recorridos más señalados y talleres donde reparar el vehículo, alquilar otro o comprar ‘esencia’, que es como se denominaba por aquel entonces la gasolina. Como en aquella época la mayoría de los viajeros iba acompañada de chófer –quien, además de conducir, desempeñaba funciones de mecánico y se encargaba de arreglar y mantener el vehículo–, en la Guía Michelin de 1910 se incluían los precios del alojamiento y la pensión completa de éste.

 

Guia michelin cambio de neumáticos

Cabe destacar que la edición de la Guía Michelin de España y Portugal ha experimentado tres etapas distintas. La primera, que abarca desde su aparición en 1910 hasta 1938, y se caracterizaba por el color amarillo de la cubierta y la información que se explica líneas más arriba. Desde la edición 1936-1938, en plena contienda nacional, hubo que esperar hasta 1952 para la siguiente edición. Era bianual con un formato más estrecho y alto que el actual y se editaba en Francia. El tercer y último periodo data de 1973 hasta la actualidad (aquí puedes ver la toda la info de la Guía Michelin 2015), en que vuelve a imprimirse en España.

Guía Michelin: la ‘biblia’ del buen yantar

Aunque la edición española apareció en el año 1910, la primera Guía Michelin surgió en Francia en 1900. Por aquel entonces había poco más de 3.000 vehículos circulando por el país galo, pero los hermanos Michelin creían firmemente en el futuro del automóvil. Con el fin de apoyar el desarrollo del coche y, al mismo tiempo, proporcionar a los automovilistas una pequeña guía que facilitase el viaje, surgió en agosto de 1900. En el prólogo, André Michelin escribió: “Esta obra aparece con el siglo y durará tanto como él”.

 

Foto antigua michelin

Acertó Michelin en su apuesta por el desarrollo del automóvil, pero no con respecto a la guía. Ha superado el siglo con una salud de hierro pues se ha convertido en la ‘biblia’ de la gastronomía mundial. Un éxito logrado gracias a su riguroso proceso de selección, que es aplicado en todo el mundo de manera independiente.

La selección de los mejores restaurantes la realizan inspectores anónimos y asalariados de La Guía Michelin, quienes determinan dónde se come mejor. Tiene todo lo necesario para disfrutar al máximo de la aventura de viajar.

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Gabriel Jiménez

Director del Área de Motor de Axel Springer España

Soy Piscis, sufridor del Atleti y me gusta juntar letras, a poder ser relacionadas con cualquier artefacto que lleve del punto A al punto B

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