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La opinión de
Mario Herráez

Que llegue ya la conducción autónoma

Nueva York test conducción autónoma
Que el coche se encargue de las partes aburridas.

Lo digo sin tapujos: que llegue ya la conducción autónoma. Cuanto antes mejor y si pudiera ser de inmediato, todavía más. Se que no es una postura muy popular ni entre los amantes de los coches ni, mucho menos, entre los periodistas del gremio pero, antes de que la gente se me tire al cuello dejad que me explique.

Yo también pensaba que los coches autónomos eran el fin, que todo se acabaría cuando ellos llegaran y que nos iban a quitar una de las cosas de las que más disfrutamos: ponernos al volante de nuestro vehículo y divertirnos en la carretera. Pero, ¿es realmente así? Podría decirse que yo he visto a luz hace poco.

VÍDEO: Prueba en vídeo de la conducción autónoma del Tesla Model X

En mi rutina la mayoría de trayectos que realizo son cortos y combinan ciudad con carreteras interurbanas, un escenario que podríamos calificar de ‘animado’ ya que hay muchas cosas que hacer, de las que estar pendiente, etc. Sin embargo, en la temporada estival, realizando viajes largos por autopistas y autovías me he tenido que hacer una pregunta: ¿realmente es divertido conducir?

La respuesta es compleja y no gustará a mucha gente. Porque es que sí y que no, a la vez. Disfruto al volante como el que más pero, ¿cuándo? En las escasas ocasiones en las que cojo una carretera secundaria con curvas y sin nadie delante que vaya a 40 km/h, cuando subo un puerto de montaña o las veces que, por mi profesión, he podido entrar a circuito.

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Ahora bien, que alguien me argumente (y si los argumentos son buenos se los compro) como se lo puede pasar bien en el atasco que se come todos los días para ir al trabajo, en el anodino trayecto de llevar los niños al colegio desde casa o a la hora de acometer un viaje vacacional, con cientos de kilómetros por delante. En este último caso todo juega en contra del conductor al que le gusta conducir, ya que las carreteras son muy aburridas y, además, los límites de velocidad son realmente soporíferos. Os pongo el ejemplo de mi último viaje.

Fueron unos 1.000 kilómetros entre ida y vuelta de Madrid al norte en los que, salvando el tramo más septentrional más revirado, fui a ‘tabla’ a 120 km/h, con el control de crucero activado y solo teniendo que preocuparme de girar el volante para cambiar de carril y de meter los intermitentes. De hecho, estoy tan acostumbrado a contar con asistentes de conducción que el vehículo que llevaba no tenía el mantenimiento de distancia de seguridad y me fastidiaba tener que frenar manualmente, que se apagara el control de crucero y tener que volver a activarlo.

Es un tipo de conducción en la que la intervención del piloto es mínima, pero aún así se necesita su total atención. ¿No sería mejor llegar a la conducción autónoma y que la despreocupación sea total? Lógicamente a la tecnología le queda tiempo para llegar a ese punto, pero yo espero con impaciencia el momento en el que pueda conducir mi coche cuando yo quiero y que se encargue él de todas las tareas tediosas e ingratas que, a día de hoy, nos tenemos que seguir “comiendo”.

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