Reportaje

La historia de 52 Toyota abandonados en la isla de Chipre

Noelia López

27/09/2014 - 13:31

Desde hace 40 años, 52 Toyota ‘nuevos de fábrica’ crían polvo y óxido en medio de la isla de Chipre, en la zona desmilitarizada que se encuentra entre la parte griega y la turca. Vistamos esta fantasmagórica tierra de nadie.

En un lugar de Nicosia, permanecen cubiertos de polvo más de medio centenar de coches. Esta es la historia de 52 Toyota abandonados en la isla de Chipre.

Este lugar tiene muchos nombres: línea verde, zona de contención, tierra de nadie, zona desmilitarizada. Y solo hay una forma de visitarla: acompañado de soldados de las fuerzas de paz de la ONU que prestan servicio aquí en Chipre desde hace medio siglo.

“United Nations Buffer Zone. No Unauthorised Entry”, reza un cartel desde hace 40 años. Con la advertencia en inglés, en turco y en griego. Caminamos por una ciudad fantasma. Entre edificios devastados con paredes agujereadas por los disparos. Uno de los soldados me advierte de que no me salga de la línea marcada, que aún puede quedar alguna mina sin desactivar.

En julio, esta era una calle comercial aún llena de vida. Me refiero a julio de 1974. Desde entonces, este desolado cinturón atraviesa la capital, Nicosia, y divide la ciudad, y toda la isla, separando la zona griega de la turca. Es uno de esos lugares absurdos de este mundo. Lleva cuatro décadas aislado. 40 años con la hierba creciendo entre sus aceras. Está prohibido pisar, andar, filmar... Recuperar el lugar, en definitiva. ¿Con qué fin?

AUTOBILD.ES ha logrado acceder a un comercio abandonado. En el local se amontonan viejos televisores; a su lado hay una botella de Pepsi abierta, ampollas de medicinas, revistas viejas, cachivaches varios aquí y allá. En tiempos de libertad, tenía dos plantas con un local adyacente. Dentro, hay un Toyota Corolla Deluxe, uno de los 52 Toyota abandonados en Chipre y bajo la capa de polvo compruebo que es de color rojo. Tiene las ruedas en el suelo, pero apenas veo corrosión.

Abro una de las puertas: por dentro aún huele a nuevo; un papel protector recubre los asientos y los revestimientos de las puertas. El cuero apenas tiene marcas. Kilómetros recorridos: 32,9. Justo el recorrido desde la ciudad portuaria de Famagusta hasta este sitio. Sobre el parabrisas sigue la pegatina del fabricante: ‘Made in Japan’. Año de fabricación: 1974. Destino: Chipre.

De pronto escucho un sonido familiar. El soldado británico que me acompaña durante esta jornada chuta distraídamente un balón de fútbol contra una pared. El último niño que jugó este balón tendrá ahora, como poco, 50 años.

‘Operación Atila’

La firma Dickran Ouzounian & Co. se dedicaba al principio a vender bicis; luego fue una empresa de mantenimiento de viviendas y, desde 1962, se convirtió en agencia importadora de Toyota. Desde su fundación, en el año 1896, han tenido buenos años y otros no tanto. Pero aquel día caluroso del verano de 1974 fue sin duda el peor de todos.

El jefe del negocio, Stephan Ouzounian, acababa de hacer un pedido a Japón de 52 nuevas unidades de Toyota: varios Corolla, Carina, algún Celica y hasta varios Crown, berlinas de tamaño grande y segmento ejecutivo. Utilitarios, coupés deportivos... todos llegaban en barco hasta Famagusta y después eran conducidos durante algo menos de 50 km hasta el concesionario.

Ouzounian los había depositado temporalmente en un garaje subterráneo tan grande como un campo de fútbol. Los primeros compradores iban a recogerlos en pocos días. Pero algo sucedió entonces. La Operación Atila. La invasión de la zona norte de la isla por parte de las tropas turcas. Crisis militar en la zona. Solución: todos fuera.

Desde 1974, las tropas de la ONU controlan esta zona de contención que divide el país y la capital y ningún chipriota puede pisar esta franja desde entonces.

Los 52 coches recién comprados por Ouzounian se perdieron. También 700 bicicletas, 360 neumáticos, e infinidad de piezas de repuesto. Montante total de las pérdidas: el equivalente a unos 130.000 euros de la época actual.

En una guerra no hay seguro que valga. Este garaje se encuentra en tierra de nadie, un lugar en el centro de la ciudad que no tiene ni cien metros de ancho. “Desde entonces estamos esperando a recoger los coches”, dice el hijo, Dickran Ouzounian Junior. Algunos para el museo de Holanda, otros para Tokio, un par para quedárselos. Estos coches son, sin duda, una parte importante de la historia del automóvil.

El chiste del ‘showroom’

Un gato yace entre los coches Debe llevar muerto años. Hoy la temperatura aquí llega a los 40,2 grados. Un soldado empuja la pequeña momia con la bota y mira su móvil. Los cascos azules tienen sus trayectorias marcadas de antemano. El camino hasta el garaje pasa junto al antiguo centro comercial. Los 49 coches tienen techos abollados, ventanillas hechas añicos, piezas de motor desprendidas, óxido por todas partes. Tan solo los tres modelos que los militares trasladaron a la zona del concesionario han resistido al paso del tiempo.

El local al que los trasladaron está presidido por un cartel que reza: Showroom (sala de exposición). Un chiste, a estas alturas...

Los soldados de la ONU me cuentan que un día algunos turcochipriotas empezaron a entrar en la zona prohibida por la noche, cuando los militares desaparecen, para cometer actos vandálicos: robo de piezas, destrozos, etc. Para Ouzounian, el primer acto vandálico fue que los soldados retiraran una de sus guarniciones que operaba justo sobre el garaje, hace 20 años.

Cerca, la vida florece

Escuchamos atentamente. Llega música de una radio. Y es que esta tierra de nadie está a dos pasos de la tierra habitada. Poco más allá florecen comercios como Starbucks. Uno no puede dejar de tener una sensación extraña cuando, en un lugar congelado en el tiempo, tiene cobertura de internet en el móvil.

Me acerco de nuevo uno de los 52 Toyota abandonados en Chipre, un Corolla Deluxe Sedan, que parece que hubiera estado protegido. Un poco más allá, un Corolla SR ha tenido la desgracia de quedar aparcado bajo un lucernario. La humedad de estos 40 años ha causado más estragos en este coche que en el resto.

Un último vistazo. La combinación de polvo y suciedad convierte a estos coches en unas macabras obras de arte. El escenario perfecto para una película de esas postapocalípticas. Volvemos a subir al pick-up Isuzu blanco con las letras negras en un lateral: UN (ONU). Un soldado de Nigeria nos conduce hasta el check point. Damos las gracias, nos bajamos del vehículo, se cierra la puerta detrás de nosotros. Miro por última vez a las ruinas. Y entonces recorremos los 80 metros que nos separan de un Starbucks y nos pedimos un café.

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Noelia López

Redactora de AutoBild.es

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