El blog de Vicente Cano
Vicente Cano
Cuando salgo por las noches o me subo a un coche dentro de un circuito no permito que nadie se dirija a mí con otro nombre que no sea Huracano. Sin florituras ni medias tintas, desde aquí pienso poner a caldo todo aquello que no me guste. En verano, bebo casi exclusivamente Fanta de Naranja.
08/11/12

Literatura y automóvil

Estimulado, tras asistir a la inauguración de la VII Conferencia Internacional “Literatura y Automóvil” y a la magistral disertación sobre “La esposa del Rey de las Curvas”, obra de Alfredo Bryce Echenique, regresé a casa buscando mentalmente los momentos en los que dos de mis principales pasiones se han entrelazado. Reconozco que nunca había dedicado tiempo a pensar en cómo han podido relacionarse estos dos mundos, a pesar de que hay quien afirma que el coche ha tenido un influjo tan fundamental en la literatura del Siglo XX –de hecho, el auto es el invento que mejor simboliza la pasada centuria- como el caballo en el género del Western. 

 

Quizá, la primera referencia entre las letras españolas –por ordenarlas todas de manea histórica- fuera “El hombre que compró un automóvil”, de Wenceslao Fernández Flórez, que dedicó este delicioso y surrealista librito a las tribulaciones Jorge, un señor que pensaba que un hombre no era nada en la vida si no poseía un automóvil. Corría el año 1938, así que más que una necesidad básica, entonces el coche era el símbolo supremo de estatus -o de estatus supremo-, así que además de un relato cómico, el incomprendido coruñés compuso una de las primeras críticas al consumismo moderno de la literatura nacional. 

 

De la literatura extranjera, mientras me documentaba sobre este tema, han aterrizado varias obras en mi pila de libros por leer. “El viento en los sauces” es un popular cuento para niños escrito en 1908 por británico Kenneth Grahame, que tiene el honor de ser la primera referencia literaria de la Historia en la que aparece un coche. Ese fue el mismo año en el que Ford lanzó el Model-T, pero a pesar de ser aquél el primer modelo de masas que muchos trabajadores pudieron comprarse, el coche pasó a ser algo más que un mero modo de transporte para convertirse en un icono del éxito personal, del progreso, del lujo y, por fin, un verdadero sueño rodante. Así, es normal que además de las aspiraciones de millones de personas, el automóvil haya colmado páginas y páginas de novelas.

De regreso de la primera conferencia sobre Literatura y Automóvil, me apresuré a buscar al “Rey de las curvas”, el mítico piloto peruano en el que Bryce Echenique basó una colección de cuentos y su charla, por si en su alegato sobre la mentira como esencia del género novelístico, había decidido contarle a todo el mundo una trola monumental. No fue así, el tal Alvarado existió realmente, como puedes comprobar aquí, aunque su relación con el escritor no fue más allá que la de correr con un coche del mismo modelo que conducía el padre de Echenique.

A sus ocho años, no pudo resistirse a la tentación de asegurarles a sus compañeros de clase que su progenitor y el “Rey de la curvas” eran la misma persona. El piloto del inmortal ‘ladrillo rojo’ –apodado así por el tiempo que se pasaba mirando debajo del capó- llegó a vencer hasta al mismísimo Juan Manuel Fangio en las carreras que en los 50 se “llegaban a durar semanas, imagínense un Caracas-Buenos Aires en las carreteras de aquellos tiempos”. De hecho, Alvarado se accidentó contra un burro en una carrera en la que se disputaba la victoria con el campeón argentino y desde ese mismo día tal fue el odio que suscitó a la afición andina que se le prohibió participar nunca más en competición alguna dentro del territorio peruano.

Peor habría sido el resultado si, el día que la madre de Bryce Echenique decidió ir a recoger a su hijo al colegio a los mandos del famoso automóvil. Cuando la muchedumbre de infantes que la asaltaron al llegar a la escuela al grito de: “señora, ¿es usted la esposa del Rey de las curvas?”, de no haber sido que el amor materno que le llevó a contestar: “Si lo dice Alfredito, seguro que sí”, quizá, el bueno de don Alfredo hubiera escarmentado tanto de contar mentiras que jamás le hubiera dedicado una vida entera a esta tarea…