El blog de Gabriel Jiménez
Gabriel Jiménez
Me gusta juntar letras (otros coleccionan cromos...), soy Piscis con ascendente Tauro (¡tremenda combinación!), aficionado del Atlético de Madrid (un auténtico 'pupas') y odio madrugar (algún defecto debía tener).
14/07/11

Oligarcas del petróleo: gracias por subirnos la gasolina

Un servidor, que es seguidor del Atlético de Madrid, está más que curado de espanto ante desgracias, penurias y atropellos varios. Cualquier sufridor como yo sabe bien a lo que me refiero: hemos desarrollado una capa extra en la epidermis que nos permite soportar carros y carretas. Sin embargo, de poco sirve ese escudo protector ante las tomaduras de pelo... que en España se han convertido en deporte nacional.

 

Hace un par de semanas fui a llenar el depósito de mi coche a una gasolinera cerca de mi barrio y se me quedó una cara de imbécil que... para qué entrar en detalles. La bofetada por llenar el depósito aún me duele: el litro de diésel es casi un ¡¡¡14 por ciento!!! más caro (1,36 euros/litro) que hace un año, que ya estaba alto. Curiosamente, coincidiendo con el comienzo de las merecidas vacaciones de millones de españoles, las principales petroleras de este país habían decidido una vez más subir el precio del litro de combustible. ¡Queridos oligarcas del oro negro: gracias por exprimirnos un poco más el bolsillo a los españolitos de a pie para que su cuenta de resultados siga arrojando beneficios extraordinarios! Luego pedirá las patronales de los empresarios  –de la que forman parte los máximos mandatarios de estas compañías energéticas– que nos apretemos el cinturón... Pero ¿qué cinturón? Si estamos casi en paños menores...

 

Tanto me dolió la bofetada que cuando el operario de turno, tras dejarme tiesa la tarjeta, me ofreció aceite de oliva, lotería, panecillos calientes o incluso dos latas de Red Bull al precio de una, le espeté iracundo: "¿Con los más de 60 euros que he pagado, encima quiere que me gaste más? Lo que quiero es que bajen el precio del litro de gasóleo. No me ofrezca nada". Sé que no fue muy diplomático por mi parte, porque ese operario es el último eslabón del gran negocio de la cadena petrolera, pero retener veneno es mucho peor, lo aseguro. El operario, a medio camino entre la incredulidad y el bochorno, solo acertó a decir: "Yo aquí soy un mandao, caballero".

 

Un mandao, sí señor. Y yo, un pringao. Porque, vamos a ver, ¿es lógico que en las gasolineras de sírvase usted mismo me cobren el litro de combustible al mismo precio que en una estación de servicio donde esa labor la tiene encomendada un operario? A fin de cuentas, las gasolineras de sírvase usted mismo se están ahorrando un sueldo, ¿no? Pues no, aquí encima de que uno es el que tiene que hacer ese trabajo, le cobran lo mismo o incluso más, dependiendo de la provincia. Esto en mi pueblo lo resumen de la siguiente manera: "ser p... y poner la cama".

 

Lo terrible del caso es que por más indignación que salga de mis poros, por mucho hartazgo que me generen las petroleras, seguimos dependiendo de ellas para seguir moviéndonos en coche. ¡Qué pesadilla! Cuánto me arrepiento de ser pobre...