Mi reina tiene su trono. Y no uno, sino dos que serán tres si algún día le hace falta. Su asiento real no es de oro, ni de plata, no está tejido en terciopelo rojo como el de las princesas de los cuentos que tanto le gustan, ni la eleva por encima de los demás. Mi reina viaja segura, porque hace 18 meses la vida me hizo el mejor regalo y yo ahora tengo que cuidarlo con todo lo que tengo.
Pero ¿y si algún día no lo tengo?